Durante 25 años, Cristian Hernando Herrera Nariño hizo periodismo mientras esquivaba balas y amenazas. Caminó por la frontera colombo-venezolana, reportó la guerra entre grupos armados en el Catatumbo, investigó a políticos de Norte de Santander y denunció casos de corrupción. Se convirtió en una voz incómoda para los poderosos y necesaria para la democracia. El sábado 6 de junio, cuando llegaba a un almuerzo familiar en Cúcuta, un sicario en moto le disparó nueve veces, segando su vida.
Una carrera forjada en el peligro
Cristian Herrera, de 50 años, construyó una prestigiosa carrera en el periodismo de Cúcuta. Su padre, Hernando Herrera, fue fotógrafo de La Opinión, y a su sombra aprendió a investigar y contar la verdad. Estudió Comunicación Social en la UNAB, pero se retiró en noveno semestre para ejercer el periodismo. A inicios de los 2000 entró a La Opinión, donde pronto recibió las primeras amenazas.
En 2003, tras publicar “La delincuencia azota a Cúcuta”, donde reveló que la Policía manipulaba estadísticas de seguridad, fue amenazado de muerte. “Llegaron a mi casa a buscarme para matarme”, relató en 2017. En 2004, durante un operativo, un agente de la Dijín le advirtió: “Hijueputa, si saca alguna foto, los pelamos”. Los paramilitares llegaron al diario para decirle que se fuera del país. “Le pedimos que se vaya porque lo van a matar y nos van a echar la culpa”, recordó.
Exilio y regreso
Herrera se exilió en Chile con su esposa por casi un año. Regresó en agosto de 2005 por la enfermedad de su padre y se reintegró a La Opinión en noviembre. “Cristian fue el periodista más informado de Norte de Santander en el siglo XXI”, dijo Jorge Cardona Alzate, exeditor de El Espectador. En 2014, los Rastrojos lo declararon objetivo militar por publicar información sobre operativos contra ellos. También recibió amenazas por entrevistar a jefes guerrilleros del Eln. Denunció y recibió protección estatal.
El 12 de enero de 2017, mientras se dirigía a la cárcel de Cúcuta, seis motocicletas rodearon su vehículo y dispararon, rompiendo el vidrio trasero. Sobrevivió y la UNP le asignó un vehículo blindado, dos escoltas y un chaleco antibalas, que tuvo hasta el día de su muerte.
El crimen
El 6 de junio de 2026, un sicario le disparó nueve veces en la cabeza y la espalda mientras llegaba a almorzar a casa de su suegra, en el barrio Quinta Oriental. Ya no trabajaba en La Opinión; había renunciado en octubre de 2024 para dedicarse a medios digitales. “Seguiré adelante en el periodismo, investigando. Vendrán cosas bellas”, escribió en X.
Su colega Camilo Picón lo recordó como un apasionado: “Si lo llamaban a las 2 de la madrugada por un ataque, se levantaba e iba. En 2025, cuando empezó el conflicto en Catatumbo, alquiló un carro y nos fuimos”. Las amenazas continuaron en los medios digitales. Sufrieron seguimientos, pero las autoridades no investigaron. “En Cúcuta hay una falsa percepción de que el periodista denuncia para obtener esquema de la UNP. Las denuncias se engavetan”, dijo Picón.
Reacciones
El asesinato de Herrera es el tercero de un periodista en Norte de Santander en dos años, tras Jaime Vásquez (2024) y Jorge Méndez (2024). “Su muerte simboliza que debemos seguir adelante, los micrófonos no se pueden apagar”, expresó Picón. Jorge Cardona afirmó: “Deja a Norte de Santander sin una voz crucial. Es grave su silencio forzado”.
La ONU en Colombia pidió investigar y sancionar a los responsables. La CIDH instó a agotar todas las hipótesis criminales. La Defensoría del Pueblo señaló: “El asesinato de un periodista es una forma grave de censura, genera miedo y autocensura”. La FLIP dijo: “Cada periodista silenciado es una pérdida irreparable para la democracia”.
Para Picón, el crimen es un motivo para seguir: “Hay que ser valientes, nuestras regiones nos necesitan”.



