Bocadillo de guayaba: el dulce tradicional que dio energía a los escarabajos colombianos
Bocadillo de guayaba: energía tradicional de los escarabajos colombianos

El bocadillo de guayaba es uno de los dulces más tradicionales de Colombia y está ligado a la historia gastronómica de Vélez y Ricaurte. Antes de que el ciclismo hablara de geles, bloques energéticos y barras para la ruta, en Colombia ya existía un alimento pequeño, dulce, firme y fácil de cargar. El bocadillo de guayaba no nació en un laboratorio deportivo ni fue pensado originalmente para una competencia. Su historia viene de la fruta madura, del azúcar, de la cocción lenta, de la hoja de bijao y de una tradición regional que convirtió la guayaba en uno de los dulces más reconocibles del país.

Por eso, en el Día Mundial de la Bicicleta, que se conmemora cada 3 de junio, vale la pena mirar esa relación entre ciclismo y gastronomía, la de un dulce tradicional que terminó acompañando largas jornadas de ruta. La conexión tiene sentido desde lo más básico. El bocadillo se puede guardar, partir, llevar en el bolsillo y comer sin preparación. Lo que para muchos ha sido un dulce de tienda, lonchera o carretera, para los ciclistas se convirtió en una forma práctica de tener energía a la mano en medio de una subida, una etapa larga o una jornada de entrenamiento.

Origen y producción del bocadillo veleño

Según Fedeveleños, organización vinculada a la promoción del bocadillo veleño, en las provincias colombianas de Vélez y Ricaurte se desarrolló desde hace más de un siglo la principal agroindustria de la guayaba en Colombia. Al comienzo, su producción artesanal buscaba abastecer mercados locales con un alimento que pudiera almacenarse en épocas de escasez, conservar valores nutricionales y mantener el sabor de la guayaba regional.

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El bocadillo veleño es una pasta que resulta de mezclar guayabas regionales maduras y azúcar. Mediante cocción, esa mezcla alcanza una textura firme y un color rojo brillante. El producto tradicional tiene forma de pequeños bloques rojos, con dos bandas delgadas de guayaba blanca en los extremos, y se empaca en hoja de bijao. La hoja de bijao hace parte de la identidad visual y práctica del producto, pues lo protege, lo diferencia y refuerza esa idea de alimento portable, pensado para salir de la cocina y viajar.

El bocadillo en el ciclismo colombiano

La relación entre el bocadillo y el ciclismo colombiano no nació de una estrategia de mercadeo. Empezó en la carretera, cuando los corredores entrenaban y competían con alimentos cercanos: panela, frutas, arepas y bocadillos que podían guardar en el bolsillo del maillot y comer durante jornadas largas. Esa despensa se volvió parte de la historia entre los años setenta y ochenta, cuando los escarabajos colombianos empezaron a ganar espacio en las competencias del país y luego en Europa.

Señal Memoria (archivo audiovisual y sonoro de RTVC Sistema de Medios Públicos) recuerda que ciclistas como José Patrocinio Jiménez, Alfonso Flórez, Lucho Herrera y Fabio Parra quedaron asociados a las grandes subidas europeas y también a la panela, uno de los productos artesanales más reconocibles del país. El antecedente europeo empezó a tomar forma en 1975, con la participación de Martín Emilio “Cochise” Rodríguez en el Tour de Francia, y ganó fuerza en 1980, cuando Alfonso Flórez conquistó el Tour de l’Avenir. Tres años después, en 1983, el equipo Colombia-Pilas Varta llevó por primera vez una formación nacional colombiana al Tour de Francia.

Panela y bocadillo: los ladrillos de energía

Durante esos primeros años en el viejo continente, la prensa deportiva europea y parte del pelotón hablaban con sorpresa de los “ladrillos” o “piedras” que consumían los escarabajos colombianos. En realidad, se trataba de panela: jugo de caña convertido en bloques dulces de energía. Pero la panela no estaba sola. Junto con el bocadillo, hizo parte durante varios años de las raciones de entrenamiento y competencia de muchos deportistas colombianos.

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Con el tiempo, esa costumbre empezó a circular en otros mercados. Lucho Dillitos lo presenta como “la barra energética original de Colombia” y Saborty lo ofrece en Europa como un snack de guayaba para personas activas, vegano, sin gluten y de ingredientes simples. Al final, el bocadillo se quedó en el ciclismo porque resolvía algo simple como alimentar el camino sin complicarlo. No era una fórmula secreta ni un producto diseñado para el alto rendimiento. Era una comida conocida, dulce y resistente, capaz de acompañar largas jornadas de ruta y de cargar, en cada bloque, una parte de la historia de los escarabajos colombianos.