María Fueyo (Llanera, Asturias), 5 jun (EFE).- “Beneficios: todos los del mundo”, afirma Roberto Martín, de 45 años, quien desde hace semanas comparte su vida con más de cincuenta personas de ocho nacionalidades en una pequeña aldea del centro de Asturias. Es una de las primeras cooperativas intergeneracionales puestas en marcha en España, concebida como un modelo contra la especulación y para fomentar una vida comunitaria y sostenible.
En un terreno de 9.000 metros cuadrados de zonas verdes y 1.000 metros cuadrados de espacios comunes en el pueblo de Caraviés, en el municipio asturiano de Llanera, Roberto ocupa una de las 36 viviendas de dos o tres habitaciones que pertenecen a la cooperativa ‘Axuntase’. El modelo es en cesión de uso, una alternativa al alquiler o la compra tradicional.
Crecimiento de las cooperativas en España
Las cooperativas de vivienda en cesión de uso han aumentado en España en los últimos años. Actualmente existen unos 200 proyectos en marcha, de los cuales más de 50 están habitados, principalmente en Cataluña, País Vasco y Madrid, según la Red de Vivienda Colaborativa.
Los residentes de estas viviendas colaborativas o ‘cohousing’ en Caraviés pagan una entrada inicial de 10.000 euros para ingresar como nuevos cooperativistas. Además, abonan una cuota mensual que cubre la vivienda de uso privado —que no se puede vender, alquilar ni escriturar a nombre del socio, pero sí es heredable— y los gastos de luz, agua e internet.
Financiación responsable y criterios ecológicos
Este modelo apuesta por una financiación “responsable”, ya que la cooperativa trabaja con una banca ética para las cuestiones económicas en las que no es autosuficiente. También aplica criterios de cercanía, ecológicos y de comercio justo en las compras comunes.
“El ‘cohousing’ se ha convertido en una solución habitacional de futuro. Aquí no va a haber especulación, que es el problema más grave de la vivienda hoy”, señala en una entrevista con EFE la presidenta de la cooperativa, Asunción Rodríguez, una de las fundadoras de esta iniciativa “extrapolable” al conjunto de España, que comenzó hace doce años. Ella vendió su casa, junto a otras personas, para obtener financiación y promover este proyecto, que necesitaría, en su opinión, más ayuda de las administraciones públicas.
Ventajas económicas y sociales
“Económicamente sale mejor y mensualmente está todo incluido”, apunta Roberto, quien paga una cuota de unos 350 euros, menos de lo que costaría un piso en Oviedo, según ejemplifica. Tras su separación, decidió buscar este nuevo hogar, donde se siente “arropado” y “siempre entretenido”, y donde convive los fines de semana con su hija. “Me hubiera encantado vivir de niño aquí”, señala sobre los beneficios de residir en un entorno rural con un grupo tan heterogéneo.
Infancia y diversidad generacional
“Los niños se crían como en los años 70 y 80, como en el pueblo”, añade David Acera, otro habitante de este ‘cohousing’ con residentes de entre 3 y 80 años (edad media de 46 años) procedentes de España, Argentina, Estados Unidos, Brasil, Luxemburgo, Francia, Inglaterra y Polonia. El modelo fija cupos por franja de edad, lo que garantiza el relevo generacional y asegura que convivan personas de diversas edades.
“En España hay muchos prejuicios de gente joven que piensa que esto es una fórmula para viejos, pero estamos demostrando que es lo contrario”, recalca Inmaculada Franco, de 70 años, otra residente del complejo, que aún tiene cuatro pisos disponibles. Como muestra de esta diversidad, en el espacio, construido con materiales sostenibles, viven 13 menores, entre ellos Chloe, de 11 años, y Maya, de 10, que se han hecho amigas y valoran que este entorno permita conocer a mucha gente y no aburrirse “nunca”.
Espacios comunes y actividades compartidas
Los impulsores del proyecto destacan que los espacios comunes “van mucho más allá del garaje y el portal”, ya que cuentan con biblioteca, salón comedor, salón de actos, salas de música y para actividad física, zonas de juegos, sala para teletrabajar y espacio de lavadora y secado de ropa. Además, trabajan para tener un huerto propio. Los residentes participan en actividades como ganchillo, yoga, taichí o ejercicio de fuerza, impartidas por ellos mismos, y han establecido una “unidad de intercambio básico”, lejos del euro, que contabiliza de manera simbólica el valor de lo que cada uno aporta a la convivencia.
El día a día está gestionado por grupos de trabajo, coordinados por un consejo rector, y todos los lunes se celebra una reunión para abordar las cuestiones que surjan durante la semana.



