Los gatos han sido admirados por grandes escritores y pensadores a lo largo de la historia. Julio Cortázar veía en ellos seres libres, dueños de una independencia y dignidad envidiables. Charles Bukowski los consideraba maestros salvadores. Darío Jaramillo los exalta en sus poemas cuando afirma: “Cuando el espíritu juega a ser materia entonces se convierte en gato”.
Un legado sagrado y cultural
En el Antiguo Egipto, los gatos eran venerados como animales sagrados. En Japón, simbolizan buena suerte, armonía y prosperidad; en algunas regiones, incluso hay más gatos que personas. Las tradiciones chinas cuentan que los dioses, tras crear el mundo, designaron a los gatos como guardianes del orden de la creación. No es de extrañar que se diga: los hombres sueñan con ser dioses, los gatos son dioses.
En Estambul, miles de gatos viven en libertad, integrados como vecinos en una tradición que los respeta. Sin embargo, no siempre fueron bien recibidos. A principios del siglo XVI, el rey de Portugal, movido por la superstición, ordenó expulsar a todos los gatos del reino. Como consecuencia, los ratones se multiplicaron sin control y la peste negra, que había asolado Europa en el siglo XIV, regresó con fuerza.
Lecciones de los gatos
A los gatos no les gusta bañarse ni obedecer órdenes. Mucho menos les agrada que una persona les ponga voladores para demostrar que no siempre caen parados en cuatro patas. Arthur Schopenhauer decía que “el amor por los animales está íntimamente asociado con la bondad del carácter y puede ser afirmado que el que es cruel con los animales no puede ser una buena persona”.
Una tarde, mi madre encontró a una pequeña e indefensa gata abandonada y asustada en un rincón del patio. La llamó ‘Pachis’, la adoptó, y desde entonces vivió rodeada de gatos, en una relación de adoración mutua. Era común verla dormir la siesta arrullada por el ronroneo tranquilizador de estos seres, a quienes Baudelaire describió como grandes amadores y sabios austeros. Mi hermana heredó ese amor por los gatos, de los que recibe amor incondicional.
Los gatos disfrutan mirar las cosas que trae el viento o pasar horas asomados a la ventana. No les gusta bañarse, ni las caricias excesivas, ni las comidas picantes, ni obedecer órdenes. De ellos, además de su independencia y dignidad, quisiera aprender el don de la paciencia y, desde luego, un poco de su gracia.
El movimiento Miau
Estamos resucitando el Movimiento Independiente Autónomo Unitario, Miau. Somos cuatro gatos. Marxistas-lenonistas, pero de la línea de Groucho Marx y John Lennon. Somos pocos, porque como decía Groucho: “Jamás sería miembro de un club que me aceptara a mí como socio”. No hay que subestimar a los gatos.



