Mural: la película del Palacio de Justicia que todos deberían leer
Mural: la película del Palacio de Justicia

Nos gustan las películas que no necesitan efectos especiales para hacer vibrar, sino personajes reales atrapados en situaciones imposibles, sin salida, con el reloj corriendo. Como los que Ricardo Silva Romero describe en Mural, su reciente trabajo sobre la toma y retoma del Palacio de Justicia en el centro de Bogotá.

El cine ha desarrollado una gramática para la tragedia. A menudo comienza con la visión del paisaje: la ciudad normal, los personajes en su día a día, la calma que el espectador ya sabe que es engañosa. Luego vienen los detalles: la mano que tiembla, el ojo que intuye, el segundo antes de que todo cambie.

Con una precisión que intimida, el escritor bogotano construye una arquitectura donde vemos lo que ocurre dentro de cada persona mientras el país se quema. El propio texto lo anuncia desde sus primeras páginas, con una transparencia que es casi un manifiesto: “Si uno se fija como una cámara que va del primer plano al plano general, nota que nada, salvo el cielo, es indiferente a lo que viene.” No es una metáfora; es su método.

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El narrador, que escribió este libro en seis meses, pero sabemos que lo estuvo preparando desde los 10 años sin saberlo, no pretende ser un cronista; es un director que mueve su lente con intención, que elige cuándo acercarse al rostro de un magistrado y cuándo tomar distancia para mostrarnos desde el cielo el edificio condenado.

La bomba debajo de la mesa

Las grandes películas de suspenso saben que el horror no está en la explosión, sino en los segundos antes. Hitchcock lo entendió mejor que nadie: si muestras la bomba debajo de la mesa, todo lo que ocurra encima –una conversación ligera, un café, un chiste– se convierte en angustia. Mural opera con esa misma lógica.

El lector sabe cómo terminará todo. Sabe que casi un centenar de personas van a morir y solo 68 serán identificadas. Sabe que once magistrados van a quedar sepultados bajo los escombros. Y, sin embargo, el autor lo obliga a acompañar a los hombres y mujeres que llegan esa mañana al palacio a cumplir con su rutina; algunos, incluso, contrariando su rutina. Nos hace intimar con los muertos antes de ser muertos. Esa es la bomba debajo de la mesa. Y es insoportable. Y es triste hasta las lágrimas.

Esta es una obra que lastima, incomoda. Es una obra que pesa.

Los protagonistas de la tragedia

El drama en este libro no está en un diálogo filosófico o melancólico; es el celador que esa mañana no llega a la hora precisa, la empleada que cambió de turno, el guerrillero que en algún momento fue un joven con convicciones.

Las tragedias –las griegas, las shakespearianas, las que el cine perpetúa– tienen una característica que las distingue de la simple desgracia: nadie en ellas es completamente inocente y nadie es completamente culpable. Pero aquí vemos los colores de quienes, de forma miserable e injusta, murieron por culpa de fanatismos y todas sus estúpidas consecuencias.

Colombia llevaba muchas décadas sin ver la película completa. La ha observado en fragmentos: el que favorece a una orilla ideológica o a la otra, el fragmento de la impunidad, el del heroísmo. Mural parece ser, por fin, la versión con menos cortes. Y esa es quizás la razón más profunda para leerlo: no para saber qué pasó –eso ya lo conocemos, casi–, sino para entender, de una vez por todas, a quiénes les pasó, y seguir lamentándonos por vivir en un país al que le toma 40 años reconocer a sus muertos.

Este no es un libro de esos que uno no puede parar de leer. Todo lo contrario. La cabeza obliga a detener la lectura, a respirar, levantarse y darse una vuelta, contener la frustración, el sufrimiento, y coger fuerzas para arrancar desde el último grito, el último dolor. Esta es una obra que lastima, incomoda. Es una obra que pesa.

Para el autor debió de haber sido una purga emocional, una catarsis completa. Debió de haber revivido ese espiral de violencia cada vez que revisaba las noticias, el reporte del Tribunal Especial de Instrucción, el informe de la Comisión de la Verdad (no deja de ser risible que debamos ponerle ese nombre a una institución para recordarle su objetivo), los documentos organizados por la Corte Suprema de Justicia, y quién sabe cuántos recuerdos más.

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Si se lo encuentran por ahí, agradézcanle por rescatar del olvido las vidas, puestas en un primer plano, que el tiempo había borrado: las de los soldados, los porteros, las aseadoras, los magistrados, los jóvenes que fueron usados para tan torpe crimen. Todos ellos, protagonistas de sus propias escenas que solo cobran sentido cuando se ve la secuencia completa. La película del año está en las librerías. Tiene 400 páginas, 94 muertos y se llama Mural.