Del hashtag a la marcha: así evolucionó el activismo digital de la Gen Z
Del hashtag a la marcha: activismo digital de la Gen Z

En el universo de la generación Z, la protesta no solo se manifiesta con pancartas, sino con hashtags. Antes de alzar el puño, entonar consignas y marchar, los jóvenes publican su inconformidad mediante emojis, memes o canciones virales que se han convertido en auténticas armas políticas.

Danah Boyd, investigadora de It’s Complicated: The Social Lives of Networked Teens, señala que los Z —nacidos entre 1995 y principios de la década de 2010— son una generación que utiliza Internet no solo para comunicarse, sino para existir socialmente, construir identidad y buscar autonomía frente a los adultos y las instituciones.

A pesar de las críticas de las generaciones mayores por el tiempo excesivo que pasan frente a las pantallas, esa conexión permanente se ha convertido en su principal herramienta de cambio. Las protestas de 2025 en Hong Kong, Lima, Teherán y Katmandú reforzaron la idea de que las redes sociales son su plaza pública y su megáfono.

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Del ciberactivismo de los 2000 al lenguaje político digital

El activismo digital no nació con la generación Z. Sus raíces se remontan a los primeros años del siglo XXI, cuando movimientos como la Primavera Árabe y Occupy Wall Street demostraron que Internet podía ser una herramienta de movilización global.

Las protestas iniciadas en 2010 en varios países del norte de África y Medio Oriente, conocidas como la Primavera Árabe, enseñaron que las redes sociales —especialmente Facebook y X (antes Twitter)— son el espacio ideal para difundir imágenes y convocar movilizaciones. De aquel movimiento nacieron símbolos que aún persisten: el teléfono móvil como “arma del pueblo”, los carteles con la frase “Upload the revolution”, las banderas convertidas en emblemas populares, el puño levantado como signo universal de resistencia y la rosa como metáfora de la belleza y el costo humano de la revolución.

Quizá su símbolo más relevante es la consigna “Ash-sha‘b yurīd isqāṭ an-niẓām” (“El pueblo quiere la caída del régimen”), nacida en Túnez en 2010 y convertida en grito universal contra la opresión. La frase se tradujo a múltiples idiomas y fue estampada en banderas y pantallas, recordando que cualquier pueblo puede reclamar el derecho a decidir su destino.

De las protestas de 2011 en Nueva York, convocadas por el movimiento Occupy Wall Street contra la desigualdad económica, la corrupción política y el poder desmedido de las élites financieras, quedó el lenguaje visual y digital, así como el lema “We are the 99 %” —mientras el 1 % concentra la riqueza y el poder, el resto del mundo carga con las consecuencias—, que se convirtió en un hashtag global. Asimismo, la máscara blanca con bigote, inspirada en V for Vendetta, sigue marcando una identidad colectiva en las redes digitales.

De la denuncia personal a la identidad colectiva

El legado de aquella primera ola de ciberactivismo continúa. La diferencia es que entonces las redes eran solo un medio, mientras que para la generación Z se han convertido en el espacio de existencia misma del movimiento. “Cada gesto, cada meme o cada canción viral es una declaración”, apunta Boyd.

El movimiento #MeToo es una muestra de dicha transformación. A través del hashtag, replicado millones de veces desde 2017, principalmente mujeres —pero también hombres— convirtieron sus experiencias personales de acoso y abuso sexual en una forma colectiva de denuncia y reivindicación. El emoji del puño y el corazón morado se volvieron símbolos de empatía y apoyo entre víctimas. Frases como “Silence Breakers”, “Time’s Up”, “Believe Women” o “My Body, My Choice” se transformaron en consignas globales. En América Latina, el lema #NiUnaMenos amplió el debate sobre la violencia de género y la desigualdad estructural.

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Más allá de estos antecedentes, el fenómeno que consolidó el poder simbólico del activismo digital fue el movimiento Black Lives Matter (BLM). Nacido en 2013 como hashtag tras la absolución de George Zimmerman —el voluntario de vigilancia vecinal que mató al afroestadounidense de 17 años Trayvon Martin—, el movimiento alcanzó su auge en 2020 con el asesinato de George Floyd. Durante 9 minutos y 29 segundos, el agente de policía Derek Chauvin presionó con la rodilla el cuello de Floyd, causándole la muerte. En cuestión de días, #BlackLivesMatter fue usado más de 80 millones de veces en Twitter y TikTok, convirtiéndose en el mayor fenómeno de protesta online de la historia reciente.

Las plataformas se transformaron en plazas públicas virtuales donde usuarios de todo el mundo compartieron el video de la detención, crearon murales digitales con el lema “I can’t breathe” e inundaron Instagram con la campaña #BlackoutTuesday, donde millones publicaron cuadrados negros como símbolo de duelo y resistencia. En TikTok y Spotify, canciones como Alright de Kendrick Lamar o This Is America de Childish Gambino se convirtieron en himnos. Las protestas que tomaron las ciudades de Estados Unidos permitieron avances significativos en la visibilización del racismo y la violencia policial, y tuvieron un impacto político en las elecciones de 2020 con alcance global. Según estudios del Pew Research Center, BLM demostró que los movimientos sociales ya no dependen solo de líderes visibles, sino de comunidades digitales descentralizadas que moldean la conversación global.

Cambios sostenibles, el reto del activismo digital

A pesar de lo novedoso de estos cambios en el activismo global, según expertos, cada uno está lleno de desafíos y peligros. Un informe del think-tank Colectivo GenEdge señaló que después de la Primavera Árabe, la participación ciudadana digital coexiste con nuevas formas de vigilancia, manipulación y represión. Las tecnologías que facilitan el activismo también permiten “censura de contenido”, “apagones de internet” y algoritmos que amplifican discursos polarizados.

“Los algoritmos funcionan basándose en lo que seguimos o nos gusta, entonces lo que se promueve son valores políticos similares a los que tenemos y eso reduce la tolerancia respecto a otras perspectivas”, explica Minerva Campion, docente de Ciencia Política de la Universidad Javeriana.

Por otra parte, la movilización en redes puede resultar “efímera”, según un artículo de la revista científica Comunicar. Muchas participaciones digitales no pasan de la superficie y no siempre se traducen en cambio duradero, como se observa en las últimas protestas de la generación Z. A esto se suma que, como los nuevos movimientos no tienen un líder visible, “cada vez es más difícil el diálogo con las autoridades”, dice Campion.

José Fernando Serrano, director del Departamento de Antropología de la Universidad de los Andes, señala que también podría deberse a que como sociedad asumimos que los jóvenes de la generación Z pertenecen a un mismo espectro político. Pero “dentro de la generación Z hay jóvenes que se identifican desde el totalitarismo hasta iniciativas políticas enfocadas en lo ambiental. Por eso, hay que tener cuidado en las clasificaciones porque pueden terminar generando ideas estereotípicas u homogeneizantes de lo que es la juventud en un momento determinado”, menciona el docente.

Nepal: símbolo de rebeldía entre los jóvenes

Es casi imposible entender lo que esto implica sin mencionar el caso de Nepal, donde el poder de la organización digital espontánea se tradujo en un caso emblemático. El estallido social de septiembre de 2025 comenzó como un reclamo urgente contra la corrupción, el nepotismo y la desigualdad social, tomando fuerza con el hashtag #NepoKids/#NepoBaby en redes sociales para denunciar el lujo ostentoso de los hijos de políticos frente a la precariedad del pueblo.

La gota que colmó el vaso fue un decreto gubernamental que prohibió 26 plataformas de redes sociales, percibido como un intento de censura. Los jóvenes se movilizaron desde TikTok, Reddit, Telegram y Discord, donde tradujeron su indignación en marchas masivas y exigieron rendición de cuentas al gobierno. En las calles de Katmandú aparecieron murales con el lema “We Are Not Afraid”, carteles con el emoji del puño, la bandera nepalí intervenida con corazones violetas y el nuevo ícono cultural de los Z: el universo One Piece, un manga y anime japonés en el que los protagonistas luchan contra un gobierno opresor. La bandera de esta animación —una calavera sonriente con un sombrero de paja— se transformó en símbolo de protesta, representando libertad, desafío a la autoridad y la idea de que “nadie controla el mar”, metáfora de Internet como territorio sin dueños.

La presión de los Z en Nepal fue tal que el primer ministro K. P. Oli renunció, pero llevó al incendio de la Asamblea Nacional y la imposición de un toque de queda militar en la capital, dejando 70 personas muertas en enfrentamientos con la policía. Luego, a través de la aplicación Discord —creada para gamers pero que ha evolucionado hasta convertirse en una plataforma versátil—, los jóvenes impulsaron el nombre de Sushila Karki, una exjueza reconocida por su honestidad, que terminó siendo designada primera ministra interina.

Aun con ese resultado, el caso de Nepal expuso dos de los mayores dilemas del activismo digital: la capacidad de las redes para generar cambios inmediatos, pero que no necesariamente terminan siendo sostenibles o efectivos, y menos en un país donde el 20 % de los jóvenes están desempleados y un cuarto del PIB nacional depende de las remesas. También, que cuando no hay una estructura definida, tampoco hay quién negocie después.