En el ascensor me encontré con un señor que llevaba puesta la camiseta de la Selección Colombia. Al verlo, me pregunté con qué intención la vestía: si era en apoyo a la selección, a De la Espriella o a ambos. El solo hecho de que esa pregunta surgiera espontáneamente en mi mente es una muestra de la politización de la camiseta de la selección. Algo que hasta hace poco era uno de los pocos símbolos capaces de unir a un pueblo fragmentado se ha convertido hoy en un signo de identificación con una campaña presidencial específica. Se trata de una apropiación y resignificación que, en lugar de facilitar un sentido de pertenencia, de identificación colectiva, polariza, fragmenta y construye al otro como enemigo.
El precedente de Berlusconi
Lo que está ocurriendo estos días me recuerda cuando Silvio Berlusconi decidió bautizar su movimiento político con el nombre de Forza Italia. Hasta entonces, aquella expresión pertenecía a todos. Era el grito espontáneo que surgía en los estadios, en las plazas y en los barrios cuando jugaba la selección italiana. Era una frase cargada de emoción colectiva, no de ideología. Berlusconi comprendió, como pocos, el enorme poder emocional de los símbolos. Fue una jugada brillante de marketing político. Pero sus consecuencias fueron desastrosas. Comenzó una polarización que mi país nunca había experimentado hasta entonces. El discurso político se trivializó y la identidad nacional quedó atrapada en una disputa partidista.
El peligro de vaciar los símbolos
Durkheim, uno de los padres de la sociología, sostenía que toda comunidad necesita rituales y símbolos capaces de generar cohesión. La politización de la camiseta de la Selección puede terminar vaciando esa communitas que hace posible la convivencia. Esto no sólo es desafortunado; también es peligroso en un país donde, históricamente, desde todos los rincones ideológicos se ha practicado la violencia política con inquietante naturalidad. Se sigue promoviendo, explícita o implícitamente, la idea de que la paz es el resultado de la eliminación del contrario, de que solo es posible mediante la supresión del otro, definido previamente como enemigo.
Los símbolos importan. Trascienden las diferencias y nos permiten sentirnos parte de una comunidad más amplia, precisamente porque nos conectan con algo más grande que nuestras divisiones, los símbolos nos hacen humanos. Benedict Anderson hablaba de las comunidades imaginadas. En Colombia seguimos imaginando la nación sin la presencia del otro. Aún estamos muy lejos de la idea de una paz desarmada y desarmante que hoy propone el papa León XIV, porque se trata de una paz que nace primero en la mente y en el corazón de cada persona. Allí donde esa transformación interior no ocurre, la violencia y la guerra continúan bajo nuevas formas.
Conclusión
La politización de la camiseta de la selección es apenas un síntoma más de la persistencia de una cultura de la violencia. Y, precisamente por eso, hace todavía más difícil la construcción de una nación y de una unidad que nos incluya a todos.



