El 12 de octubre de 1936, un oscuro militar llamado José Millán-Astray levantó su único brazo en el paraninfo de la Universidad de Salamanca y gritó: “¡Viva la muerte!”. Algunos historiadores agregan que también exclamó: “¡Muera la inteligencia!”. Con esas palabras armadas, honraba su odio hacia la supuesta conformidad académica con la república española. Años después, el escritor colombiano José Antonio Osorio Lizarazo, tan importante entonces como olvidado hoy, publicó una novela titulada El día del odio, de la cual se desprende que el 9 de abril de 1948 convirtió a los adversarios en enemigos y nos acostumbró a las palabras armadas.
Miguel de Unamuno, rector de la universidad, respondió de inmediato: “Acabo de oír el grito de ¡viva la muerte! Eso suena lo mismo que ¡muera la vida!”. Como Cervantes, aquel general era un inválido de guerra. Pero Unamuno sabía que “un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes se sentirá aliviado al ver cómo aumentan los mutilados a su alrededor. El general Millán-Astray no es un espíritu selecto: quiere crear una España a su propia imagen. Desea ver una España mutilada, como ha dado a entender”.
En Colombia, el expresidente Darío Echandía hizo lo propio en los días del Frente Nacional: “Todo el complejo de pensamientos y emociones que llamamos justicia, libertad, orden social, está condicionado a la posibilidad de mantener a los ciudadanos dentro de ciertos cauces (para evitar) el retorno de la barbarie”. Tales cauces se sustentan en la ética y en el derecho para garantizar la vigencia de la concordia social. Unamuno y Echandía, dos grandes maestros del mundo hispano, sabían que la inteligencia no es para vencer sino para persuadir.
El domingo pasado, los dos candidatos ganadores en la primera vuelta electoral abusaron de las palabras armadas. Pronunciaron discursos en total contravía de lo que el país necesita oír. Probablemente Cepeda se inspiró en el viejo lenguaje supérstite de la guerra fría que, por desgracia, se niega a desaparecer. Abelardo de la Espriella, en alocuciones de ciertos líderes extranjeros bien conocidos o, tal vez, en su propio talante, rompió todos los límites de la compostura política. Pronunció un discurso incendiario, como tal vez no ha habido otro en los labios de un candidato presidencial en la historia reciente. Para completar el espectáculo, gritó desde una barcaza que defendería sus logros “por la razón o por la fuerza”.
Semejante aserción es un atropello gigantesco porque maximiza el derecho de la fuerza e invalida la fuerza del derecho. Nadie puede quejarse de la violencia de otros si suscribe palabras armadas y las promueve o secunda. La Conferencia Episcopal colombiana llamó la atención de candidatos presidenciales y de ciudadanos: desarmar la palabra es el presupuesto para desarmar a Colombia. Los candidatos olvidan algo clave en política para vivir en una sociedad sin sobresaltos: la moderación. Es, simplemente, un imperativo para gobernar. Como editorializa El País de Madrid, a propósito de Colombia: eso no es una renuncia a las convicciones, es una necesidad democrática.
Por Augusto Trujillo Muñoz



