El Mundial de Fútbol de 2026, que se celebra en Estados Unidos, México y Canadá, ha llegado a una fase en la que las 48 selecciones participantes ya han mostrado su nivel en el terreno de juego. Este torneo no solo ofrece emociones deportivas, sino también valiosas lecciones que pueden aplicarse en el ámbito empresarial y en la formulación de políticas públicas.
Decepciones y equipos sin evolución
Por un lado, algunas selecciones han resultado ser grandes decepciones deportivas, a pesar de contar con ligas nacionales competitivas y un fuerte respaldo publicitario de empresas que invierten en los clubes y en los eventos multitudinarios de cada fin de semana. Por otro lado, hay equipos que participan constantemente en los mundiales pero no muestran mejoría alguna, ni en lo deportivo ni en la formación de jugadores destacados. En esencia, no han logrado fortalecer su recurso humano, que es el factor determinante en este tipo de competencias.
Las selecciones de 'masas animadas'
Finalmente, están aquellas selecciones que se destacan por el entusiasmo de sus aficionados, siendo las más sorprendentes, curiosas o esmeradas. Sin embargo, son invitados que quizás no repitan en el próximo mundial, ya que sus mercados aún no alcanzan el nivel de consumo y entretenimiento necesario para ser competitivos.
Colombia: un caso de estudio
En este contexto, la Selección Colombia de Fútbol vive uno de los mundiales más exitosos de su historia, mostrándose más madura y competitiva que nunca. La mayoría de sus jugadores militan en equipos de alto nivel en Europa, Norteamérica y Suramérica, y son jóvenes que han dedicado su vida profesional al negocio del fútbol.
Pero más allá del rendimiento deportivo, lo que realmente ha llamado la atención es el fervor nacional de los colombianos. Se estima que 75.000 asistentes al Estadio Azteca de México, y cerca de 150.000 colombianos que asistirán a los diferentes partidos, demuestran que el fútbol no solo es un movimiento de cohesión social, sino también un potente motor económico. Este fenómeno solo es superado por el impacto del deporte en Estados Unidos, el fútbol en Inglaterra, Alemania, Francia o España, y la pasión de Brasil y Argentina.
Un símbolo de unidad nacional
La Selección Colombia se ha convertido en un motor de unidad nacional, y su camiseta distintiva es un símbolo de propósito común como país, a diferencia del 'florero de Llorente' que dividió. Esta realidad debe dejar grandes enseñanzas a profesores universitarios, empresarios y formuladores de políticas públicas. Lo sucedido hasta ahora en el mundial no puede ser un episodio efímero; es un auténtico caso de estudio que solo se aprecia cuando se mira el bosque desde la cima.
La disputa política por la camiseta, el estruendoso cántico del himno nacional en estadios extranjeros y las multitudes de colombianos haciendo turismo con epicentro en la selección son datos relevantes. Estos elementos deben ser objeto de estudio, análisis y comprensión para ponerlos en práctica como sociedad. Este ha sido el mundial de la inteligencia artificial y del poder de las apuestas, pero para Colombia debe ser el certamen sobre el cual se construyan muchas cosas buenas de cara al futuro.
Colombia ha carecido de un propósito nacional claro; el fútbol a nivel local divide, pero en el exterior une. Este fenómeno palpable no puede pasar desapercibido y debe capitalizarse para impulsar el desarrollo social y económico del país.



