Adiós a Hayek: el gato que me enseñó el amor verdadero
Adiós a Hayek: el gato que me enseñó el amor

Hace cinco años, cuando tenía apenas 15 años y empezaba a formar mis opiniones políticas, comencé a leer a Friedrich Hayek, premio Nobel de Economía e inspiración de muchas de mis ideas. Pero no solo eso. De él no solo tomé conceptos; también fue por él, en su honor, que nombré a un hermoso gato bebé que llegaba a mi vida al mismo tiempo.

Por eso, esta columna no será sobre el economista. Será sobre el gato.

Mi Hayek llegó a mi vida en medio de una pandemia en la que me sentía sola, para enseñarme lo que realmente es el amor. Cuando llegaba a casa, me recibía en la puerta para que lo alzara, le diera besos en el cuello y, si mi mamá estaba, para que entre las dos hiciéramos “sándwich de Hayek”. Apenas me sentaba en el sofá, se acomodaba sobre mis piernas y se dormía de inmediato.

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Mi Hayek fue siempre un bálsamo para mi alma. Si estaba triste, se acostaba conmigo y su ronroneo me hacía sentir que, al final, ningún problema era tan grande si lo tenía a mi lado. Si estaba feliz, él, desde algún rincón de la casa, me observaba.

En mi tránsito por la adolescencia se convirtió en el mejor ‘compañerito’ que Dios me pudo dar.

Cuando grababa mis videos, en todos se atravesaba para que lo consintiera. Cuando estudiaba, se acomodaba —aún pasando encima de mis cuadernos y de todo— sobre mis piernas. No hubo un solo partido de Nacional en el que no se acostara a mi lado para acompañarme. Y debo decir también, a pesar mío, que no hubo un solo gol en el que no se asustara cuando yo celebraba.

Hayek se convirtió en una parte muy importante de mí. Familia.

El 11 de junio, esa parte de mí se fue al cielo y dejó en mí una tristeza y un vacío inimaginables.

Siempre había pensado que Hayek conocería a mis hijos. Imaginaba que viviría más de 15 años y que estaría presente durante mis embarazos. Me ilusionaba viendo videos de gatos acompañando a sus dueñas en esos momentos.

Hoy mi gato está en el cielo y no pude cumplir el sueño de que ese ser tan importante conociera mi descendencia.

Pero estoy convencida de que allá, en el cielo, acostado sobre las piernas de Dios, podrá conocerlos. Los conocerá antes que yo y seguramente les dará todo el amor que me dio a mí.

A ti, mi vida hermosa, mi Mayek, mi Hayek Armani, mi Pedro Pablo, mi Tatito, te amaré toda la vida.

Le agradezco inmensamente a Dios por la dicha de amarte y sé que mientras escribo esto, y como siempre lo hacías, estás acostado a mi lado acompañándome.

Dime, ¿ahora quién va a despertar todas las mañanas a mi mamá para que le dé ‘comidita de mamá’? ¿Quién le pedirá a mi abuelita las ‘galletitas de Hayek’? ¿Quién me pedirá que le abra las ventanas? Nos dejas un vacío en el alma, mi amor.

Sé que Dios te está abrazando, dando besitos en el cuello, consintiéndote mientras duermes en sus piernas y diciéndote que eres el gato más guapo del mundo.

Descansa, mi niño. Espérame, que nos volveremos a ver. Cuando llegue ese momento, recíbeme con tu ronroneo.

Te prometo que cuando nos volvamos a encontrar, no nos volveremos a separar jamás.

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