En Guadalajara, México, mujeres caminan con camisetas que parecen de la selección mexicana, pero al mirar bien, el escudo del águila ha sido reemplazado por una imagen de tierra removida y una pala cavando. En la parte trasera, en lugar del nombre de un jugador, se lee: “¿Dónde están? +133 mil personas desaparecidas”. Es un símbolo de la labor de las familias buscadoras que recorren el país en busca de sus seres queridos.
La crisis de desapariciones en México
En marzo de 2026, el gobierno mexicano reconoció que existen 132,534 personas desaparecidas en el país, cifra obtenida tras revisar el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO). Sin embargo, el Ejecutivo admitió que los registros no son “consistentes” debido a datos incompletos. Las organizaciones sociales coinciden en que la realidad supera esa cifra por el subregistro y las denuncias que nunca llegan a las autoridades. La impunidad es evidente: frente a la magnitud de las desapariciones, las fiscalías estatales solo han abierto 3,869 carpetas de investigación.
Las causas de esta alta cifra son diversas, pero las organizaciones señalan principalmente al crimen organizado y la militarización. Por un lado, la llamada “Guerra Sucia” entre finales de los sesenta y los ochenta, cuando el Estado reprimió militarmente a movimientos de oposición. Por otro, la militarización iniciada en 2006 con Felipe Calderón y su “guerra contra el narcotráfico”, que, lejos de resolver el problema, incrementó las violaciones a derechos humanos, incluyendo las desapariciones.
Creatividad en medio del Mundial 2026
Mientras el Mundial 2026 pone los ojos internacionales sobre México, las familias buscadoras aprovechan la visibilidad para enviar un mensaje de no indiferencia. En estadios y calles ondean la bandera mexicana con orgullo, pero también instalan letreros que dicen “Tu familia te sigue buscando”, “México campeón mundial en desapariciones y feminicidios” o “México tiene los suficientes desaparecidos para llenar más de un estadio Azteca”.
“Es resignificar el dolor, resignificar la lucha. Porque a muchas de las familias también les gusta el fútbol. Dicen ‘a mí me gustaría estar sentada con mi familiar viendo los partidos y festejando, celebrando a mi país, no tendría por qué estar yo acá buscando’”, cuenta Andrea Horcasitas, coordinadora del Programa de Derechos Humanos de la Universidad Iberoamericana de Ciudad de México, en entrevista con El Espectador.
Las fichas de búsqueda, tradicionalmente pegadas en paredes, se han transformado en láminas de fútbol con la cara de una persona desaparecida en lugar de un jugador. “Es increíble porque estas familias, estas mujeres buscadoras, más allá de que tienen una experiencia inmensa en búsqueda forense, en litigio estratégico, en incidencia política, ahora se están volviendo personas expertas en marketing”, dice Georgina Díaz Martínez, investigadora del Centro de Justicia para la Paz y el Desarrollo, que acompaña a familiares en Guadalajara y Jalisco.
Acciones pacíficas y logros históricos
En Ciudad de México, las buscadoras organizaron “cascaritas” (partidos callejeros) antes de la inauguración del Mundial. La noche anterior, realizaron la movilización “Iluminemos la búsqueda” con antorchas hacia el Estadio. También adaptaron la mascota oficial del Mundial, el ajolote, para llevar sus propios mensajes en las marchas.
Estos movimientos de mujeres ya tienen logros históricos. Fueron clave para impulsar la Ley General en Materia de Desaparición Forzada, promulgada en 2017, que busca fortalecer la capacidad del gobierno para investigar y buscar. También aprendieron a excavar la tierra y encontraron a algunos de sus desaparecidos, hasta que la búsqueda se volvió una preocupación nacional. Muchas se convirtieron en defensoras de derechos humanos, estudiando litigio y criminología.
El día a día de la búsqueda
Gabriela Alonso Villarreal, del colectivo Luciérnagas Buscadoras de Ciudad de México, relata que la búsqueda comienza con la presunción de vida: pegan afiches pagados de su bolsillo, difunden en redes sociales y recorren hospitales y cárceles. Cuando esas opciones se agotan, inician las “búsquedas forenses”: “Es ir al campo, a los cerros, las fosas, las lagunas”. Allí compran sus herramientas para excavar y entregan la información a las autoridades. “Mientras el Estado no pueda hacer bien su trabajo de buscar en todos lados, las familias van a tener que seguir haciéndolo”, afirma.
La búsqueda de Alonso terminó hace dos años, cuando hallaron el cuerpo de su hermano menor. Aunque ya obtuvo respuestas, decidió acompañar a otros. “Es muy agridulce todo porque, por un lado, conoces gente muy bonita, muy valiosa y muy valiente con la que se entablan cariños y amistades. Pero, por otro lado, ¿por qué tenía yo que conocer a esta mujer tan hermosa en esta situación?”, reflexiona.
Violencias y falta de reconocimiento
Las desapariciones afectan a diversos grupos: niñas, niños y adolescentes víctimas de reclutamiento forzado y trata; hombres en edad laboral; mujeres víctimas de feminicidio que se reportan como desapariciones; y migrantes. El Comité de las Naciones Unidas contra la Desaparición Forzada (CED) concluyó en 2026 que las desapariciones en México podrían equivaler a crímenes de lesa humanidad, por ser ataques sistemáticos cometidos con conocimiento o tolerancia de autoridades. El gobierno mexicano rechazó el informe por considerarlo tendencioso.
“Tristemente, desde acá hemos inaugurado e innovado distintas formas de resistencia que no tendrían por qué existir, pero existen, y al final del día creo que eso también ha vuelto a las familias referentes en la región, que lo siguen intentando frente a un país que ha decidido taparse los ojos ante lo que está ocurriendo”, dice Horcasitas. Además, buscar es una forma de cuidado que recae casi siempre sobre las mujeres.
Díaz menciona el caso de Naty, una buscadora de Jalisco que recibió una disculpa pública del gobernador. “Se quedó a cargo de su nieto, que entonces tenía 3 años y hoy tiene 19, mientras ella, con 68 años, sigue buscando. Naty ni siquiera es de Guadalajara, es de Ahualulco de Mercado, y a partir de la desaparición de Dalia fue desplazada hasta Guadalajara, donde continúa una búsqueda entre dos estados, lo que la hace mucho más compleja”, cuenta.
Las buscadoras enfrentan invisibilización de su dolor, sostenida por la narrativa de que quien desaparece “en algo andaba”, y agresiones durante el Mundial, tanto físicas como comentarios de hinchadas que les recuerdan que su dolor incomoda. “Si algo mueve la búsqueda en este país es el amor de las familias, y principalmente el amor que le tienen las madres a sus hijos, las hermanas a sus hermanos, las esposas a sus esposos, las madres a sus hijas, las hijas a sus madres, a sus padres. En el centro de todo hay un dolor muy profundo, pero también hay mucho amor y mucha esperanza”, concluye Horcasitas.



