El problema de los lugares comunes no es que sean autoevidentes, sino que los repetimos con ansiedad sin cuestionar su veracidad. En la actualidad, periodistas, opinadores, pensadores y políticos repiten como un credo que “tenemos que unirnos”. En tiempos electorales, ningún político deja de presentarse como el llamado a reconciliar la patria. Quizás la evidencia más contundente de que una idea se ha convertido en lugar común es cuando se vuelve promesa de campaña de todos los sectores políticos. Sin embargo, la idea de que debemos unirnos es engañosa. En realidad, la división, y no la unión, es el valor que debemos defender.
La división como valor democrático
No defiendo la división para incitar al odio entre facciones políticas ni para convocar una guerra civil. La defiendo porque es el valor supremo que las democracias están llamadas a proteger. Las democracias solo tienen sentido porque amparan el derecho a la división. Si de estar unidos se tratara, podríamos justificar las tiranías. Por eso, lo único que realmente debe unirnos es el respeto a la libertad de estar divididos.
Cada vez que alguien hace un llamado a la unión, la condición tácita es que sea alrededor de sus propias posiciones. Quien se atreve a diferir es acusado de perturbar la unidad. Así, el llamado a la unión, disfrazado de reconciliación, es realmente un llamado a la subordinación.
La pluralidad radical y la democracia
Las apelaciones a la unión olvidan que, tras siglos de conflictos, lo único que podemos decir con certeza es que nunca vamos a ponernos de acuerdo. La única evidencia sobre la condición humana, aparte de la muerte, es que reina la pluralidad radical: conflictos irreconciliables sobre lo que el mundo es y debe ser. La muerte y la incompatibilidad son las dos consignas que la humanidad ha heredado.
Precisamente por la naturaleza irreconciliable de la condición humana, las democracias son el único sistema moralmente posible. Como sugiere el fenomenólogo francés Claude Lefort, la democracia es el único régimen político que no pretende eliminar el conflicto, sino tramitarlo mediante mecanismos institucionales, en lugar de buscar la eliminación mutua.
De enemigos a adversarios
La filósofa Chantal Mouffe sostiene que, reconocida la inevitabilidad del conflicto, las condiciones mínimas para pasar de una política de enemigos a una de adversarios son dos: el respeto por las reglas de juego y el reconocimiento jurídico y discursivo del derecho a participar de todos los sectores políticos que las respeten. En torno a todo lo demás, bienvenida la división.
La oposición democrática ante el nuevo gobierno
Si el vencedor del pasado domingo, Abelardo de la Espriella, cumple su promesa de perseguir a la izquierda, recortar fondos de la justicia transicional, revertir la reforma agraria, amenazar los derechos de las minorías, recortar el Estado en un 40%, militarizar el país soslayando los derechos humanos o aislar a Colombia del sistema multilateral, lo que le corresponde al progresismo no es la unión, sino la oposición democrática.



