La pérdida de la urbanidad en Bogotá: un llamado al cambio
La pérdida de la urbanidad en Bogotá: un llamado al cambio

La tradición oral sostiene que existió una época en la que los bogotanos evidenciaban niveles aceptables de urbanidad y civismo. En ese entonces, el respeto por las normas y la tolerancia eran la regla general, y las instituciones distritales promovían la autoridad, la cultura ciudadana y el respeto por la ciudad como pilares esenciales para la convivencia armónica. En los colegios se impartía formación en ética y convivencia, y el Manual de urbanidad y buenas maneras de Manuel Antonio Carreño era lectura obligatoria. Hoy, esa época parece más una leyenda que una realidad.

El caos actual en Bogotá

En la Bogotá del siglo XXI resulta difícil encontrar un ciudadano que no perciba que vivimos inmersos en el caos. Sobrevivimos en una urbe donde el desorden, la intolerancia y la violencia predominan. Este caos se manifiesta en la basura acumulada en las calles, producto de unos bogotanos que nunca comprendieron ni aceptaron el sistema de aseo diseñado para la ciudad, e incluso se dedicaron a destruir los equipos destinados a su implementación. También se refleja en un sistema de transporte que ha normalizado a los colados, cuya lógica los lleva a desafiar a la autoridad. El caos se nutre de la precariedad de la señalización y el alumbrado de andenes y vías deterioradas e inseguras, y de obras que parecen interminables. Son características propias de una ciudad con ciudadanos y administraciones que no han estado a la altura de sus desafíos.

La cultura ciudadana en el olvido

Los esfuerzos del profesor y exalcalde Antanas Mockus por fomentar la cultura ciudadana quedaron atrás, y hoy los bogotanos parecen haber normalizado el caos. En esta ciudad, los motociclistas circulan como hienas en clanes para los que no existen el orden ni las normas, y su agresividad los hace inmunes al actuar de una autoridad que poco o nada hace para controlarlos. Peatones, conductores y ciclistas desconocen las normas y la señalización de los andenes y vías que transitan. El desorden se favorece de policías que transitan rampantes con sus motos por los andenes, y también contribuyen los escoltas de una clase política que se cree dueña de nuestras calles. Normalizamos una ciudad en la que los violentos, disfrazados de estudiantes y avivados por el régimen de izquierda que padecemos, bloquean día a día nuestras vías, mientras avanzan en la destrucción de infraestructuras que, por ser producto de gobiernos de centro o de derecha, merecen ser vandalizadas. Nuestra falta de amor por lo propio se expresa día a día.

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Un llamado a la acción

Con el panorama planteado, no nos queda nada distinto a cambiar el rumbo y construir las bases para que la tolerancia y el respeto por nuestra ciudad, y por nosotros mismos, se conviertan en el eje central de nuestras vidas. Es hora de que nuestros colegios y universidades retomen la educación cívica como punto de partida de la formación ciudadana: una educación enfocada en el humanismo, la capacidad de sensibilizar a nuestros habitantes sobre el respeto, la tolerancia y la ética del cuidado como ejes fundamentales de nuestra convivencia.

Políticas públicas y autoridad

Ya es hora también de que las instituciones del distrito diseñen y ejecuten, siguiendo el ejemplo de ciudades como Medellín, políticas públicas sólidas y duraderas en la materia, consistentes con las necesidades de la ciudad. Es necesario fortalecer y sensibilizar el pie de fuerza de nuestra policía y dotarla de los elementos necesarios para que prevalezca sobre los violentos. Nuestros gobernantes deben servir de ejemplo, generando en los habitantes de la ciudad la confianza y el respeto que otorga verdaderamente la autoridad. Hagamos de nuestra ciudad una en la que el caos, la intolerancia y la violencia sean parte de la leyenda.

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