Hace algunos años, Colombia firmó un Acuerdo de Paz. Recuerdo ese momento con mucha esperanza, porque durante décadas habían pasado distintos gobiernos y líderes que prometían defender la democracia, pero ninguno había logrado sacarnos de la violencia que marcó nuestras vidas en Bojayá. Tampoco encontraron, en más de cincuenta años, la forma de garantizar derechos fundamentales como la salud, la educación o el acceso a oportunidades de empleo para nuestras comunidades.
La falsa promesa de la guerra
Lo que sí hicieron muchos fue creer, equivocadamente, que la violencia y la guerra eran el camino para resolver las diferencias. Con el paso del tiempo, las consecuencias de esa decisión fueron devastadoras. Nosotros vivimos la masacre de Bojayá; miles de familias colombianas sufrieron el horror de más de cuatro mil masacres, el desplazamiento forzado y la pérdida de sus seres queridos.
Yo ya viví la falsa promesa de que “con plomo se solucionan las cosas”. Hoy sigo conviviendo con las consecuencias de las decisiones que tomaron otros. La diferencia es inmensa: mientras mi comunidad perdió a más de un centenar de sus habitantes, quienes promovieron o decidieron la guerra no pusieron ni un solo muerto de los suyos. No se trata de desear que hubieran perdido la vida; se trata de reconocer que quienes más sufrieron los costos del conflicto fueron quienes nunca eligieron la guerra y, sin embargo, cargaron con todo su peso.
El momento de decidir
Hoy, cuando Colombia vuelve a debatirse entre los extremos políticos, mi pensamiento regresa a ese pasado. Tal vez en aquella época nunca tuve la oportunidad de escribirles a los colombianos y colombianas que hoy tienen en sus manos la posibilidad de decidir el rumbo democrático del país.
Ustedes son libres de elegir. Esa es la esencia de la democracia. Pero les pido que, antes de hacerlo, piensen en esa Colombia profunda que durante décadas ha reclamado, sin ser escuchada, mejores oportunidades y una vida digna. Piensen en quienes todavía esperan un puesto de salud, un médico, un medicamento, una escuela de calidad, una vivienda digna, agua potable y oportunidades para construir un futuro en paz. Piensen también en la urgente necesidad que tenemos como nación de enfrentar las profundas desigualdades que nos dividen, de desterrar el racismo y la exclusión que aún persisten, y de construir un país donde el lugar de nacimiento, el color de la piel o la condición social no determinen las oportunidades de una persona.
El poder del voto
Cada voto tiene el poder de acercarnos a esa Colombia más justa e incluyente, o de mantener las brechas que durante tanto tiempo han condenado a millones de compatriotas al abandono y al olvido.
Recuerden que cada decisión que se toma en las urnas tiene consecuencias reales sobre la vida de millones de personas. Puede significar el acceso a derechos fundamentales como la salud, la educación, el empleo y el desarrollo; o puede significar que muchas comunidades sigan recibiendo únicamente el abandono, la violencia y los ataúdes.
Yo ya conozco el costo de las decisiones equivocadas. Lo pagó mi pueblo. Por eso mi única invitación es que nunca olvidemos que la política debe servir para proteger la vida, no para seguir alimentando la guerra. Que el voto sea siempre una esperanza de paz y de dignidad para todos los colombianos.



