Mientras se escriben estas líneas, en La Guaira continúan rescatando cuerpos entre los escombros. Los dos terremotos del 24 de junio, de magnitudes 7,5 y 7,2 en la escala de Richter, ocurrieron con apenas 39 segundos de diferencia, un fenómeno conocido como "terremotos gemelos". Hasta el momento, han dejado 1.943 muertos, más de 10.000 heridos y decenas de miles de damnificados en Caracas y su franja costera. Organismos internacionales que asisten al país califican el desastre como "algo que se produce una vez cada siglo". Ante cualquier lectura política, la solidaridad elemental es prioritaria: hubo padres que salieron a buscar a sus hijos entre los escombros, y algunos aún no los encuentran.
La tragedia venezolana como espejo para Bogotá
La tragedia en Venezuela obliga a Bogotá a mirarse al espejo. No porque Colombia sea Venezuela —los contextos institucionales son distintos y la comparación política sería tramposa—, sino porque la vulnerabilidad física, medida en columnas mal ancladas y muros sin refuerzo, se parece más de lo que se cree. Bogotá ha crecido de espaldas al riesgo desde hace medio siglo. En muchas laderas del sur y del suroccidente, las viviendas han sido levantadas por "maestros" de construcción, piso por piso, solo con ladrillos y recursos limitados, sin cálculo estructural, bajo la lógica comprensible pero peligrosa de "ir subiendo" cuando llega un segundo hijo.
El profesor Daniel Ruiz, de la Pontificia Universidad Javeriana y miembro de la junta directiva de Asosismica, ha estimado que cerca del 60% de las edificaciones de la ciudad no serían sismorresistentes. Esto significa que podrían sufrir daños graves o colapsar ante un sismo fuerte. Ruiz agrega un dato relevante: un edificio alto en los Cerros Orientales tiene más probabilidades de resistir un temblor que uno en la carrera 30, porque el suelo lacustre de la sabana amplifica las ondas sísmicas, mientras que el de los cerros, con base en piedra, las atenúa.
El antecedente sísmico de 1917 en Bogotá
El antecedente que rara vez se recuerda ocurrió el 31 de agosto de 1917, a las 6:36 de la mañana. Un sismo de magnitud estimada entre 6,7 y 7,3, con epicentro en el Piedemonte Llanero, sacudió una ciudad de apenas cien mil habitantes durante quince segundos. La torre de la iglesia de Lourdes, en Chapinero, se derrumbó y mató a seis personas. El Capitolio, el Palacio de Nariño, los hospitales San Juan de Dios y La Misericordia, y el claustro del Colegio del Rosario quedaron gravemente averiados. En Villavicencio, la devastación fue tal que las autoridades plantearon reubicar la ciudad. En total, más de trescientas edificaciones sufrieron daños en Bogotá.
Han pasado ciento nueve años. La ciudad ha multiplicado por setenta su población y por sesenta y ocho su área. La normatividad sismorresistente colombiana solo empezó a ser exigente después del terremoto de Popayán en 1983, y su versión vigente, la NSR-10, apenas rige plenamente desde hace una década y media. Todo lo construido antes —una porción enorme del centro y de los barrios consolidados— vive en un limbo técnico. Más importante aún, la energía de las fallas se suele liberar cada varias decenas de años, por lo que el próximo evento, con seguridad, ocurrirá dentro de la próxima generación.
Medidas existentes y riesgo real en Bogotá
La ciudad ha realizado tareas: existe microzonificación sísmica, el Idiger (Instituto Distrital de Gestión de Riesgos y Cambio Climático) y simulacros anuales. Sin embargo, los mapas no salvan a quien vive en una casa levantada solo con ladrillos, sin licencia y sin acero, y los simulacros no refuerzan muros. El riesgo real no está en la falla geológica, que hará lo suyo cuando le corresponda; está en el estado material de la ciudad cuando eso ocurra.
La pregunta no es si Bogotá puede temblar. Puede. Ya ha temblado. La pregunta es cuántos de los siete millones de habitantes duermen esta noche en un edificio que no aguantaría un sismo de magnitud 7,2. Venezuela acaba de recordar que un terremoto no mata a todos por igual: mata, sobre todo, a quien vive en lo mal construido. Y en Bogotá, lo mal construido no es una anécdota estadística. Es, según los expertos, la mayoría. El tiempo, como siempre en estos temas, se acaba antes de que la tierra empiece a moverse.



