Colombia cuenta, por primera vez en una década, con un mapa detallado de su salud mental, y la fotografía es incómoda. La Encuesta Nacional de Salud Mental 2025 (Ensm 2025) documenta que el trastorno depresivo mayor se triplicó frente a 2015 y la ansiedad generalizada se cuadruplicó. Pero hay un dato que interpela directamente al sistema educativo: los diagnósticos en adolescentes de 12 a 17 años pasaron de 3,4% a 7,2% y, en adultos de 18 a 44 años, de 4,5% a 9,4%, el grupo de mayor prevalencia en la actualidad.
La emergencia golpea a la población universitaria
La emergencia golpea, precisamente, a la población que la educación superior recibe, forma y entrega al mercado laboral. Esa coincidencia no es un detalle estadístico. Cuando la encuesta advierte que uno de cada veinte adolescentes pensó en quitarse la vida durante el último mes, 6,4% entre las mujeres, describe a los primíparos del próximo semestre. La universidad no hereda jóvenes en blanco: recibe trayectorias marcadas por el ciberacoso, la presión estética, la soledad y entornos que muchas veces no protegen, justamente en el momento de mayor exigencia y desarraigo.
Deserción y estrés financiero
A ese cuadro se suma una verdad que el sector conoce: la deserción en primer año, cercana a 22%, no se explica solo por el rendimiento ni por la plata, sino por la intersección entre lo económico y lo emocional. La misma encuesta lo confirma: la situación financiera fue la principal fuente de estrés en los adultos. El estudiante que abandona rara vez lo hace por una sola razón; lo hace cuando la precariedad, la sobrecarga y el malestar se trenzan y nadie llega a tiempo. Y cada deserción presiona a un sistema de salud que ya no da abasto: apenas la mitad de los diagnosticados busca atención y casi tres de cada diez esperan más de un mes.
Doble responsabilidad de la educación superior
Aquí está el punto que la educación superior no puede seguir esquivando: tiene una doble responsabilidad. Es, a la vez, población en riesgo y la fábrica del talento que el país necesita para responder a la crisis. Las universidades forman a los psicólogos, psiquiatras, médicos, docentes y trabajadores sociales que la encuesta reclama para los territorios donde escasean. No hay respuesta nacional sin que la educación superior se asuma como parte estructural de la solución y no solo como el escenario donde el problema se manifiesta.
Apuestas para enfrentar la crisis
¿Cuáles deben ser las apuestas? Primera: dejar de tratar el bienestar como una oficina periférica. La norma exige destinar al menos 2% del presupuesto de funcionamiento al bienestar; el reto es que deje de ser un trámite de acreditación y se convierta en una política de permanencia con metas, datos y rendición de cuentas. La salud mental debe migrar del consultorio al currículo.
Segunda: construir rutas reales de atención. No es aceptable que un estudiante con ideación suicida permanezca semanas en lista de espera; se necesitan canales de priorización inmediata, detección temprana desde el aula y docentes y familias formados para reconocer las señales. El profesor que sabe escuchar suele ser el primer círculo de prevención.
Tercera: asumir el enfoque de género y el diferencial territorial. Si las mujeres duplican la prevalencia a lo largo de la vida, el acompañamiento no puede ser neutro; y si la salud mental no se vive igual en Bogotá que en Chocó o La Guajira, las sedes regionales y la telepsicología deben ser parte del diseño, no un anexo.
Cuarta: formar para el autocuidado emocional, no solo para la productividad.
Quinta, la más estratégica: poner la investigación y la formación de talento al servicio de la emergencia, con más cupos y mejores condiciones para las profesiones de la salud mental.
La Ensm 2025 puso la evidencia sobre la mesa. La educación superior tiene la oportunidad y la obligación de no esperar a que el malestar se vuelva diagnóstico, ni el diagnóstico, deserción, ni la deserción, una vida que se apaga. Formar bien también es cuidar. Lo que el sector haga con estos datos dirá qué clase de país está dispuesto a graduar.



