El primer ascensor de Bucaramanga: 80 años de historia y nostalgia en Coltabaco
Primer ascensor de Bucaramanga: 80 años de historia en Coltabaco

El primer ascensor de Bucaramanga: 80 años de historia y nostalgia en Coltabaco

La sección 'Bucaramanga, Ayer y Hoy' evoca con profunda nostalgia aquel primer ascensor que elevó sueños y asombros en la ciudad, un testigo silencioso de una época pausada donde cada viaje parecía un pequeño milagro cotidiano suspendido en el tiempo. Este elevador, que fue toda una sensación en su momento, experimentó una transformación total para cumplir con las normas de seguridad actuales, pero conserva el alma de aquellos días memorables.

Un hito que marcó la modernidad bumanguesa

En el año 1946, hace exactamente ocho décadas, en una Bucaramanga dominada por casas de no más de dos pisos, apareció un aparato singular que sorprendió a todos los habitantes: un elevador que trasladaba personas 'como a otro mundo'. Era la época en que la ciudad comenzaba a crecer aceleradamente y los terrenos se valorizaban rápidamente, haciendo evidente la necesidad de optimizar el espacio urbano disponible.

Así surgió la idea innovadora de los 'edificios de oficinas', un concepto que lentamente empezaba a calar en la mentalidad de los bumangueses. Sin embargo, no fue sino hasta marzo de 1946 cuando se inauguró un hito que marcaría un antes y un después en el desarrollo urbano: la edificación de la Compañía Colombiana de Tabaco, más conocida como Coltabaco.

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El primer "rascacielos" de la ciudad

Situado en la carrera 19, entre calles 34 y 35, este imponente edificio contaba con cinco pisos y un área de 3.000 metros cuadrados, siendo considerado por los historiadores locales como el primer "rascacielos" de Bucaramanga. Su relevancia no solo residía en la altura inusual para la época, sino también en otra innovación sorprendente: el primer ascensor de la ciudad.

Un columnista de la época describió con genuino entusiasmo esta novedad tecnológica: "Bucaramanga tendrá una forma de comunicarse entre 'piso y piso' o 'grada y grada'. Será una cabina que se desplazará a través de un hueco vertical, diseñada para movilizar a la gente y los equipajes entre los pisos de Coltabaco". Para los habitantes de aquellos años, algo así resultaba casi inimaginable y fascinante a partes iguales.

Un símbolo de sofisticación y progreso

Aunque Colombia ya había visto su primer ascensor en 1921, instalado en Bogotá por Manuel Peraza, en Bucaramanga la experiencia era completamente novedosa y cargada de emoción colectiva. Subir a esa cabina dorada se sentía como entrar en un mundo nuevo, donde la altura se transformaba en un símbolo palpable de sofisticación y progreso urbano.

Ubicado estratégicamente junto al parque Santander, el elevador de Coltabaco se convirtió rápidamente en un ícono de modernidad para toda la ciudad. Su diseño, con puerta dorada y acabados refinados, emanaba un aire clásico y elegante que podría competir con cualquier construcción contemporánea de la época.

Inspiración náutica y evolución del uso

Inspirado en la grandeza de los trasatlánticos de la época, como el mítico Titanic, el ascensor se instaló junto a la escalera principal del edificio. Inicialmente, su uso fue exclusivo para directivos y altos ejecutivos, mientras que los empleados continuaban utilizando las gradas tradicionales. Con el paso del tiempo, su uso se generalizó y toda la ciudad comenzó a mirar hacia arriba con asombro y admiración creciente.

De esta manera nació también la profesión del ascensorista, un oficio que en su momento fue indispensable y muy respetado socialmente. Sin embargo, con la llegada de los elevadores automáticos en décadas posteriores, este trabajo ha quedado prácticamente en el olvido, conservándose solo en la memoria histórica de la ciudad.

La voz de los últimos testigos

Carlos J. Benavides fue, hasta hace más de una década, el último ascensorista que se encargó de maniobrar este aparato histórico, como si en cada viaje sostuviera un pequeño mundo entre sus manos experimentadas. Aún recuerda con nitidez el sonido preciso de las palancas, el pulso necesario para detenerse justo a nivel del piso y la mirada confiada de quienes subían sin prisa, entregados completamente a su oficio.

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"Porque los ascensores de antes tenían alma", insiste Benavides con convicción. Eran aparatos con carácter único, con esa antepuerta que se abría manualmente y dejaba ver las rejas plegables que se doblaban con facilidad, como si respiraran junto al edificio mismo. Había un ritmo distinto en su funcionamiento: el traqueteo suave al subir, el leve temblor al detenerse, la luz tenue que parecía envejecer con dignidad junto a los años.

Un viaje al pasado que perdura

Subir a este elevador histórico es, en esencia, realizar un viaje tangible al pasado bumangués. Cada piso, cada movimiento mecánico, evoca la nostalgia de una Bucaramanga que empezaba a desplegar sus alas urbanas, transformándose gradualmente en la ciudad moderna que conocemos hoy. El suave traqueteo de sus mecanismos y el reflejo dorado de sus puertas hacen que la experiencia sea casi mágica, como si cada ascenso nos acercara directamente a los sueños y anhelos de quienes vivieron aquellos primeros días de modernidad.

Ochenta años después de su instalación original, este elevador -hoy reformado técnicamente- permanece como un testigo silencioso de aquellos tiempos, conservando celosamente la memoria colectiva de la ciudad y sus habitantes. Nos recuerda constantemente que el progreso urbano, cuando se realiza con visión estratégica y elegancia arquitectónica, deja huellas imborrables que perduran mucho más allá del simple paso del tiempo.