La cultura desaparece del mapa político en campañas presidenciales colombianas
Setenta candidatos a la presidencia de Colombia han logrado lo que durante décadas no consiguieron ni los recortes presupuestales ni la burocracia estatal: hacer invisible completamente el sector cultural en el debate político nacional. Mientras en algunas campañas se discute intensamente el modelo económico, en otras todo gira en torno a la seguridad ciudadana, y en las más optimistas aparece la educación como una vaga promesa sin mayores desarrollos.
El silencio perfecto sobre bibliotecas, cine y teatro
La actual contienda presidencial colombiana ha marcado un hito preocupante: aspirantes de todas las tendencias han convertido la cultura en un tema prácticamente inexistente. Ella no figura en los discursos de campaña, no aparece detallada en los programas de gobierno y no se traduce en preguntas específicas por parte de los moderadores de debates ni en demandas concretas desde amplios sectores de la opinión pública.
En decenas de peroratas, entrevistas televisivas, debates formales y publicaciones en redes sociales, lograr no decir absolutamente nada sobre bibliotecas públicas, producción cinematográfica, desarrollo musical, teatro nacional o formación artística supone una disciplina comunicacional que ya quisieran para sí otros sectores del Estado. Ni una frase comprometedora, ni siquiera una promesa vacía que después pueda incumplirse sin mayores consecuencias políticas.
La docilidad electoral de los entes culturales
Este silencio perfecto tiene una explicación política cruda pero realista: los libros no bloquean carreteras, las orquestas sinfónicas no organizan paros armados y los museos nacionales rara vez alteran el orden público de manera significativa. Los entes culturales son, electoralmente hablando, criaturas de una docilidad conmovedora que no generan crisis inmediatas ni capturan titulares de manera constante.
Mientras tanto, ese mismo sector que pretenden hacer invisible continúa produciendo una parte nada despreciable del Producto Interno Bruto nacional, exportando contenidos audiovisuales a mercados internacionales, sosteniendo festivales culturales que llenan hoteles y restaurantes durante temporadas completas, y ofreciendo en barrios populares algo más eficaz que muchos planes de seguridad tradicionales: espacios comunitarios donde la gente puede reunirse sin miedo a la violencia.
La paradoja del impacto sin traducción electoral
La gran paradoja del momento actual radica en que toda esta actividad cultural ocurre en un plano que no parece traducirse directamente en votos que se puedan contar el día de las elecciones. Lo más lamentable de esta situación es que la omisión casi total del tema cultural no genera escándalo mediático ni movilización ciudadana significativa.
Estamos presenciando campañas presidenciales llenas de planes detallados para el futuro económico y social del país, en las que nadie parece genuinamente interesado en eso que explica fundamentalmente quiénes somos como sociedad colombiana. Una campaña electoral sin cultura es esencialmente una campaña sin proyecto de país coherente, porque hablar seriamente de cultura implica hablar de:
- Memorias históricas compartidas y conflictivas
- Educación integral más allá de lo utilitario
- Lenguas vivas y en peligro de extinción
- Diversidad étnica y regional reconocida
- Acceso democrático al conocimiento
- La manera en que una sociedad imagina colectivamente su futuro
Más allá de festivales y eventos puntuales
No se trata simplemente de pedir promesas retóricas a los candidatos ni de llenar los programas de gobierno con listas interminables de festivales y eventos culturales. La discusión profunda que se evade sistemáticamente gira en torno a modelos de desarrollo cultural sostenible, asignaciones presupuestales consistentes, fortalecimiento institucional del sector y reconocimiento de derechos culturales como derechos fundamentales.
El hecho concreto de que setenta aspirantes a la presidencia de Colombia no hayan dicho una sola palabra sustantiva sobre estos temas no es una simple anécdota curiosa del proceso electoral: es el síntoma evidente de una jerarquía de valores políticos en la que la cultura sigue siendo considerada prescindible, decorativa o secundaria. Lo cual, sin duda alguna, es una reflexión que no habla muy bien de la profundidad democrática de los candidatos ni de la madurez política del debate nacional.