El amor platónico: una evolución conceptual desde la antigua Grecia
El término amor platónico no surgió originalmente para describir la ausencia de relaciones sexuales ni la frustración amorosa. Esta expresión ha experimentado una transformación significativa a lo largo de los siglos, alejándose considerablemente de su significado filosófico inicial.
¿Cómo evolucionó un concepto filosófico a una etiqueta cotidiana?
Resulta casi imposible que alguien recuerde exactamente cómo, por qué o dónde aprendió que un amor platónico se refiere a una relación imposible, lejana, sin sexo y sin contacto físico. Lo hemos convertido en sinónimo de inalcanzable, pero en realidad nunca se trató fundamentalmente de eso.
Los orígenes filosóficos del concepto
Para comprender lo que realmente significa, debemos remontarnos a sus orígenes. Aunque la explicación aparece en boca de Sócrates, fue su discípulo Platón quien plasmó la idea por escrito. Recordemos que Sócrates no dejó nada escrito y lo que conocemos de su pensamiento proviene de quienes recogieron sus ideas.
Comencemos aclarando lo que definitivamente no es el amor platónico:
- Una relación imposible o no correspondida
- Un escenario ficticio que vive en nuestra mente
- Un flechazo mal dado o amor no correspondido
El amor según Platón en El Banquete
Este concepto proviene de las reflexiones sobre el amor que aparecen en El Banquete, el libro de Platón. En esta obra, varios personajes -entre ellos Aristófanes, Agatón y, por supuesto, Sócrates- ofrecen distintas perspectivas sobre el amor, su función y su sentido fundamental.
El amor que nos explica Platón no se plantea como negación del deseo, sino como un proceso que debemos atravesar para comprender lo que realmente significa amar. En ningún momento la atracción física es eliminada o condenada. De hecho, ese suele ser el punto de partida para lo que ocurre después en el desarrollo del amor verdadero.
La transformación del deseo en amor
El deseo no es incompatible con el amor. Lo importante es cómo puede transformarse o motivarnos para encontrar la admiración, el carácter y el aprecio por la inteligencia. Es el empujón hacia una búsqueda más amplia de conocimiento, belleza y verdad. Porque amar, al menos en el sentido platónico, no es simplemente querer poseer a alguien, sino dejarse conducir por ese impulso para crecer personal e intelectualmente.
El amor como ascenso espiritual
El deseo, inevitablemente, comienza por y con un cuerpo. La diferencia con el amor, aunque se complementen, es que este va más allá de la satisfacción inmediata. Lo que sentimos puede ampliarse hacia algo que trasciende lo individual si decidimos no quedarnos únicamente en el placer momentáneo.
La simplificación cultural del concepto
Con el paso del tiempo, esa concepción filosófica se redujo considerablemente. En muchas culturas, el adjetivo platónico empezó a asociarse sobre todo con la imposibilidad: con el amor que no se confiesa, con el que no es correspondido o con el que, por alguna razón, no puede convertirse en relación estable. Fue por eso que también apareció la idea de que una relación platónica es aquella en donde se excluye el sexo, como si lo central fuera la abstinencia y el deseo no pudiera alcanzar ningún otro nivel de profundidad.
¿Por qué ocurrió esta transformación?
Parte de la explicación está en la forma en que las ideas filosóficas se simplifican cuando entran en el lenguaje común. No porque la filosofía deba pertenecer a ciertos espacios o a unos cuantos lectores, sino porque las ideas nacen en un contexto específico y, con el paso del tiempo, cambian los marcos culturales, las sensibilidades y las preguntas que nos hacemos como sociedad.
Esto ocurre con casi todos los conceptos complejos: se adaptan a usos cotidianos y pierden matices que alimentan su discusión y, sobre todo, que alteran su significado original. Además, la cultura romántica moderna ha reforzado la noción de amor como búsqueda de lo que nos falta -que nos perdone Aristófanes por haber deconstruido su idea de la media naranja-, o como una experiencia marcada por la frustración y el anhelo imposible. Eso de platónico encajó fácilmente como etiqueta, pero entendemos que necesitábamos nombrar estas experiencias emocionales complejas.
Volviendo al origen: amor como aspiración, no como renuncia
Si nos remontamos al origen filosófico, no hablamos desde la renuncia sino desde la aspiración. El amor pretende cultivar, a través del vínculo con otra persona, una versión más plena de uno mismo. Esa diferencia nos cambia casi todo, porque lo convierte en una reflexión profunda sobre cómo y por qué amamos realmente.
Quizá por eso vale la pena acercarnos a su estado más puro, a la posibilidad de que el deseo no se agote, sino que se convierta en motor de crecimiento intelectual y ético. Quizá nos hemos equivocado en nuestra interpretación moderna. Porque Platón (o bueno, Sócrates) no hablaba de amores imposibles, sino de amores que hacen posible lo que nos parece inalcanzable en nuestro desarrollo personal.