Un francés descubre la idiosincrasia japonesa en un cine porno de Tokio
Convencido de que visitar un cine porno en una capital extranjera revelaba mejor que cualquier libro de antropología la verdadera esencia de un país, un trotamundos francés llamado François, de unos cincuenta años, decidió emprender una investigación única durante su visita a Tokio hace algunos años. Este hombre, presentado a través de un correo electrónico por amigos españoles, era guapo, gay y, gracias a haber heredado una pequeña pero próspera perfumería en el sur de Francia, podía permitirse explorar anualmente un país lejano, a menudo con solo su ubicación en el mapa como conocimiento previo.
El escenario: un cine destartalado bajo las vías del tren
El cine que encontré para François estaba situado a apenas cinco minutos de la céntrica estación de Shimbashi en Tokio, un área conocida por su intensa vida nocturna y oficinistas. El teatro, ubicado justo debajo de las vías de una línea de tren, experimentaba sacudidas continuas cada vez que pasaba un convoy, garantizando una experiencia sensorial única. Que un recinto dedicado a proyectar contenidos ampliamente disponibles en internet siguiera funcionando en una gran capital del siglo XXI era ya una señal elocuente, según François, quien anticipó una clientela de edad avanzada.
Eran las diez de la mañana cuando llegamos, y desde la calle se podían ver varios carteles que mostraban a tres actrices japonesas maquilladas al estilo de los años sesenta y vestidas con ropa interior. Estos anunciaban las tres películas que se proyectaban en bucle, con precios que oscilaban entre los 8 dólares para adultos y los 7 dólares para estudiantes mayores de 18 años y adultos de más de 65 años. En la sala, dispersos en diversos lugares, había quince hombres, algunos de pie cerca de la entrada con maletines de trabajo o mochilas en la espalda, lo que hacía parecer el espacio más grande de lo que en realidad era.
Observaciones antropológicas en tiempo real
François me explicó que, al poder entrar a cualquier hora, cada uno de los usuarios, casi todos en edad laboral, iniciaba la película en un punto distinto, creando así su propio arco narrativo personalizado. Sin embargo, cuando compartió sus conclusiones, la trama de la cinta fue lo de menos. Aparte de notar que los actores podrían haber sido cualquiera de los japoneses maduros presentes en el público, François describió la sesión como una burbuja de tiempo en medio del vértigo productivo nipón.
Solo percibí un tono condescendiente en su voz cuando recordó que la vibración del tren, acompañando dos veces por minuto la tórrida acción de la película, servía como un recordatorio constante de que fuera los esperaba la rutina diaria. Esta observación subrayaba cómo este espacio ofrecía un escape temporal de las exigencias de la vida laboral japonesa, revelando aspectos profundos de la cultura local.
Una lección excéntrica y perdurable
Al final de la experiencia, François me obsequió un agua de colonia que usé durante varios veranos, donde el refrescante aroma a bergamota evocaba constantemente lo que él consideraba la más excéntrica lección de antropología que haya recibido hasta hoy. Este encuentro, narrado por el periodista y documentalista colombiano Gonzalo Robledo, radicado en Japón, destaca cómo los espacios aparentemente marginales pueden ofrecer insights valiosos sobre la idiosincrasia de una sociedad.
La historia no solo explora la persistencia de cines pornográficos en la era digital, sino que también reflexiona sobre la vida urbana japonesa, la rutina laboral y las formas en que las personas buscan momentos de fuga. François, con su perspectiva única, demostró que a veces las verdades culturales más profundas se encuentran en los lugares menos esperados, lejos de los libros académicos y en el corazón de la experiencia cotidiana.



