La eterna duda de un escritor: Madrid versus Miami
Cuando Jaime Bayly regresa a Madrid, como ahora para presentar su novela "Los golpistas" editada por Galaxia Gutenberg, una pregunta recurrente asalta su mente: ¿por qué no vive en la capital española como escritor a tiempo completo? En cambio, prefiere residir en una isla de Miami, disfrutando del clima tropical, durmiendo hasta la una de la tarde como en perpetuas vacaciones, apareciendo regularmente en televisión, sin por eso abandonar la escritura de ficciones, oficio para el cual cree haber nacido.
El inicio en Madrid: un invierno, una primavera y un verano decisivos
Hace más de tres décadas, cuando aún no se consideraba escritor pero soñaba con serlo, Bayly se mudó a Madrid con determinación casi suicida. Gastaría todos sus ahorros, dinero considerable acumulado gracias a sus apariciones televisivas, para dedicarse exclusivamente a escribir una novela. Pasó un invierno, una primavera y un verano cerca del parque del Retiro, ocupando el cuarto de huéspedes en el apartamento de un amigo escritor que fue como un padre para él.
"Hagas lo que hagas, trata de ser tu propio jefe, el dueño de tu tiempo", le aconsejó aquel amigo sabio. Escribiendo en un cuaderno, Bayly sintió entonces que era su propio jefe: del tiempo, de la trama, de los personajes y los diálogos. Experimentó la insolente libertad de recrear el mundo a su manera, ajustando cuentas literarias con sus enemigos: padres homofóbicos, curas homofóbicos, amantes homofóbicos.
Aquellos meses en Madrid, escribiendo con las vísceras ardiendo, sintió de modo poderoso e inequívoco que estaba condenado a ser escritor. No era elección sino destino trágico, batalla desigual, guerra perdida de antemano.
La encrucijada: quedarse o marcharse
Tenía dinero suficiente para escribir un par de años más en Madrid, sin someterse a trabajos ajenos a su vocación. Pero le fallaron los cojones, como él mismo admite crudamente. Temía dilapidar sus ahorros, que ninguna editorial publicara su novela, terminar sirviendo copas en un bar para sobrevivir.
Su amigo, dueño de una editorial académica, se ofreció a contratarlo como asistente. Era noble, generoso, leal. Pero Bayly no tenía papeles para trabajar legalmente en España: había entrado con visa de turista ya expirada, era indocumentado. Mientras tanto, su novela avanzaba como una bomba de relojería minuciosamente diseñada, más conspiración que ficción convencional.
No era novela feliz porque las novelas felices nunca le interesaron. Era triste y amarga, insolente y canalla, como la vida misma. Quería que terminara como suelen acabar nuestras vidas: con desesperada melancolía, sin entender por qué pasó todo lo que pasó.
La tentación de Miami: fama, dinero y traición a sí mismo
Entonces llegó la llamada: dueños de un canal de televisión en Miami le ofrecían un programa con su nombre, compensación económica generosa, visa de trabajo, auto nuevo. Lo mejor: absoluta libertad creativa. Bayly no quería vivir en Miami haciendo televisión. Quería vivir en Madrid como escritor a tiempo completo. Esa era la verdad.
Pero tenía miedo: a quedarse sin dinero, a que su novela fuera ignorada por editoriales españolas, a terminar en trabajos precarios. La oferta de Miami era tentadora: si era valiente e insobornable, debía quedarse en Madrid acabando la novela. Si era cínico y calculador, convenía irse a Miami, hacerse famoso, ganar buen dinero y continuar escribiendo.
Fue batalla entre sueños y apetencias mundanas, entre ideales quijotescos y cuentas por pagar. Agonizó semanas, procurando salvar al escritor dentro de sí, temeroso de que se ahogara en el océano de frivolidades televisivas. Al final se rindió. Aceptó Miami. Acalló al escritor para dar voz al periodista de televisión.
El precio del éxito televisivo
El programa en Miami tuvo éxito, pero Bayly se consideró fracasado. Dejó inconclusa la novela. El circo televisivo lo embobó completamente. El torrente de palabras que decía en pantalla eran quizás las palabras que dejaba de escribir. La fama y fortuna televisivas eran venenos que adormecían al escritor.
Se resignó a pensar que sería celebridad, figurón. Calculó: sería rico, famoso, viviría en mansión, compraría yate. Luego recordó: pero nunca sería el escritor que quiso ser, porque se vendió a la televisión. Se sintió vendido, mercenario. El copioso dinero televisivo había dejado aletargado, en silencio, al escritor. En noches desveladas pensaba: debí quedarme en Madrid, no me sirve el dinero si arrastro la tristeza de ser escritor frustrado.
El renacimiento literario en Washington
El escritor estaba herido, pero no muerto. Dos años después, habiendo ahorrado buen dinero, mandó al carajo la televisión y desapareció del mapa, obstinado en terminar la novela iniciada en Madrid. Por razones de papeles y por perseguir un amor, no regresó a Madrid sino que se refugió en Washington, cerca de la Universidad de Georgetown donde su novia estudiaba maestría.
Volvió a escribir. El escritor salió de coma profundo, renació, redescubrió su voz. Ya no escribía en cuaderno sino en computadora. Pasó dos años más escribiendo la novela vengativa donde ajusticiaba sin piedad a todos sus enemigos. Vivía de ahorros, sin privarse de nada. Ya no tenía miedo. Estaba dispuesto a gastar todo su dinero en el sueño de publicar contra viento y marea aquella novela.
El desenlace: publicación y reconciliación
Así fue. La novela comenzada un invierno en Madrid, abandonada para vender su alma en Miami, reanudada dos años después en Washington, fue publicada por editorial barcelonesa y, contra todo pronóstico, tuvo éxito. Graduada su esposa, nacida su hija, publicada la novela, con pocos dólares en el banco, comprendió que debía volver a la televisión de Miami. Regresó manejando camión con todos los muebles adentro y su esposa enseñándole francés al lado.
Desde entonces, pasadas más de tres décadas, Bayly vuelve a Madrid todos los años, idealmente para presentar novela y firmar libros en la feria del Retiro. Recuerda con emoción que es allí donde comenzó todo lo bueno, donde se aventó al vacío de ser escritor sin saber si se abriría el paracaídas. Se abrió y cayó parado.
Ha publicado muchas novelas, tal vez demasiadas: primero en Seix Barral, luego en Anagrama, después en Planeta, enseguida en Alfaguara y ahora en Galaxia Gutenberg, donde piensa quedarse hasta el final de los tiempos si lo aguantan. Todas han salido en España y América, como ahora "Los golpistas".
La reconciliación final: televisión y literatura
Por lo visto, sí era posible escribir novela cada dos o tres años y, sin herir de muerte al escritor, trabajar en televisión. Pensó que para ser escritor debía esconderse de la televisión. Estaba equivocado. Ahora piensa que su experiencia como periodista en televisiones americanas tal vez enriqueció su voz de escritor. Ahora cree que, gracias a ser periodista desde los quince años, es también escritor.
El dinero ganado en televisión le ha permitido escribir sin preocuparse tanto por la plata y sus odiosas servidumbres. Ahora que vuelve a Madrid, tocará una tarde el timbre del apartamento de su amigo sabio, quien lo alojó hace treinta y cinco años y ya murió, y le dirá a su hija: "Si algún día vendes este piso, por favor escríbeme, que sueño con comprarlo, porque es aquí donde comenzó todo lo bueno".



