Un almuerzo familiar que desató tensiones antes de la boda
En vísperas de la boda de mi hija en la ciudad del polvo y la niebla, compartí un almuerzo con mi madre en su residencia de jardines paradisíacos. Me abstuve de probar los postres porque al día siguiente me exhibiría en sociedad y no quería verme con exceso de peso. Era un día soleado de verano, y mi madre, radiante a sus ochenta y cinco años, bendijo los alimentos y gobernó la mesa haciendo sonar una campanilla, mientras pequeños pájaros de pechos rojos y amarillos se refrescaban en la piscina.
Críticas sobre la apariencia y el vestuario
Pensé que sería un almuerzo tranquilo y placentero, pero no fue así. Con suaves modales pero carácter recio, mi madre me pidió que me cortase el pelo esa misma tarde y que usara una faja para ocultar la barriga durante la celebración. Una de sus empleadas me alcanzó varios ceñidores de tela, pero ninguno me quedaba porque mamá estaba muy delgada. Luego, mi madre hizo tintinear la campanilla, pidió unas tijeras y anunció que me cortaría los mechones allí mismo, sentados a la mesa. Me negué rotundamente a ser trasquilado, lo que le agrió el ánimo considerablemente.
Cuando me preguntó si iría vestido de esmoquin y pajarita, como solicitaba la invitación de mi hija, le dije que no quería vestirme de esa manera. Argumenté que, como yo había pagado la fiesta, me vestiría a mi conveniencia con un traje negro hecho a medida y una corbata negra, la misma indumentaria que había usado en la primera boda de mi hija, celebrada meses atrás en la ciudad que nunca duerme, donde ella y su novio residen y trabajan ocasionalmente.
Desacuerdos y promesas incumplidas
A mi madre le pareció completamente inaceptable que yo asistiera a las dos celebraciones del casamiento, una en la tarde y otra en la noche, con el pelo largo, la panza abultada y exactamente la misma ropa de la boda anterior. Me puse necio y afirmé que, a mucha honra, iría pelucón y barrigón, sin esmoquin ni pajarita, y sentencié que cualquier queja sobre mi apariencia podía enviarse a la Nunciatura Apostólica o directamente al Vaticano.
"Yo no elijo el vestido de la novia ni el traje del novio y ellos no van a elegir cómo debo vestirme", le dije a mi madre, y ella sintió que, una vez más, yo la decepcionaba profundamente. Al despedirnos, me pidió que pasara por ella al día siguiente para llevarla a la boda. A pesar de mi disgusto por sus invasiones en mi libertad personal, le prometí que pasaría a buscarla a las cuatro de la tarde. No cumplí esa promesa.
Complicaciones logísticas y reencuentros tensos
A las cuatro en punto, mi esposa y nuestra hija no estaban listas porque dedicaron horas a ser peinadas, decoradas y maquilladas por un equipo de expertas. Cuando finalmente estuvieron arregladas, le pedí a mi hermano, el ingeniero, un hombre bueno si los hay, que pasara a buscar a nuestra madre. La verdad es que no quería correr el riesgo de que, una vez sentada en mi camioneta, ella siguiera criticando mi desaliñada apariencia con comentarios como "estás pelucón", "estás panzón" o "cómo vas a ponerte la misma ropa".
Manejando hacia el evento, me perdí, tomé una bifurcación equivocada y terminé en los quintos infiernos, llegando tarde a la casa de mi exsuegro, una hermosa mansión en las afueras de la ciudad. Al entrar, quedé impresionado por los numerosos hombres de seguridad que la custodiaban y las decenas de camionetas negras que habían transportado a la familia y amigos del novio, llegados desde el país de las libertades, el país del odioso emperador rubicundo, a quien mi madre admiraba y yo detestaba.
Regreso a un lugar con historia conflictiva
La casa de mi exsuegro parecía una fortaleza imponente. No fue fácil para mí volver a esa mansión porque, hace más de veinte años, cuando publiqué mi novela El huracán lleva tu nombre, mi exsuegro me echó de esa casa entre amenazas e insultos, acusándome de haber dejado "como una puta a la madre de tus hijas" en el libro. Temeroso de que me golpeara, le respondí: "No es verdad, porque si alguien queda como una puta en la novela, soy yo".
Ahora, tantos años después, me preguntaba si debía enterrar el hacha del rencor, olvidar aquel antiguo agravio y regresar a la casa de la que me habían expulsado a gritos. Yo no quería volver, no quería ver a mi exsuegro en ese territorio que sentía hostil y peligroso. Pero tampoco quería desairar a mi hija, quien me había invitado expresamente a ambas celebraciones.
Recepción sorprendente y momento embarazoso
Bien aconsejado por mi esposa, me presenté en la mansión donde años atrás me habían declarado persona non grata. Para mi sorpresa, fui recibido con cariño, pues nadie me hizo un desaire, excepto mi madre, quien me saludó secamente porque no había cumplido mi promesa de llevarla y, peor aún, había llegado tarde.
Mi exsuegro, un próspero empresario hotelero, se acercó sonriendo, me saludó amablemente, me tomó del brazo y, alejándome de mi esposa, me llevó a los asientos de la primera fila, ordenándome sentarme al lado de mi madre. Lo obedecí porque no quería peleas, tensiones ni entredichos, y porque sentí que él también había enterrado el hacha del rencor. Sin embargo, estaba tan subido de peso que el banco metálico cedió, el cojín se deslizó y terminé cayendo de culo en el jardín, provocando las risas de mi madre y mi exsuegro, quien comentó celebrando la caída: "Eso te pasa por estar tan gordo".
Desarrollo de las celebraciones y conversaciones políticas
Terminada la ceremonia matrimonial, que no fue religiosa ni legal, y en la que la madrastra del novio leyó un conmovedor discurso en inglés, hubo una sesión de fotos en los jardines. Me refugié en la compañía de mis hermanos: el ingeniero, el minero, el deportista, el inversionista y el menor de todos, el más culto y refinado, un mago de las finanzas. Al lado de ellos me sentía seguro, pues ninguno me criticó el pelo, la barriga, la ropa repetida ni ningún otro aspecto.
En el club de polo, siendo ya de noche, la fiesta resultó memorable. En una mesa reservada para mi familia, me senté al lado de mi madre y, a pesar del estruendo musical, traté de conversar con ella. Me pidió que votase por su candidato presidencial, un señor del Opus Dei, y le prometí que lo haría, pero mentí descaradamente porque no votaré por él ni por nadie.
Encuesta improvisada y retirada anticipada
Mamá disponía de un mozo asignado exclusivamente a ella, y yo gozaba de la protección de otro señor con corbatín y chaqueta que me cuidaba las espaldas y me servía jugo de naranja tras otro. Hice una encuesta informal entre todos los camareros y los varones de esmoquin que orinaban a mi lado en el baño, y todos me dijeron que votarían por el candidato favorecido por mi madre. Pensé: no deja de ser curioso que yo esté pagando esta fiesta que más parece un mitin del candidato de mi madre.
Cuando me preguntaban por quién votaría, mentía sin reparos: "Yo también votaré por Rafael". Mi esposa me miraba de soslayo, como diciéndome: "Eres un farsante, un embustero, siempre tonteas a la gente". A medianoche, algunos invitados bien pasados de tragos bailaban sin inhibiciones. Yo me encontraba exhausto de tanto gritar para hacerme oír y abrumado por algunas canciones populares cuyas letras me parecían espantosas.
Conclusión del evento y consecuencias financieras
Después de saludar a Mercedes, Gladys, Haydee, Rocío y Laurita, las mujeres que cuidaron a mis hijas cuando eran niñas, le dije a mi esposa que debíamos irnos porque ya era hora de tomar mis pastillas. Nos fuimos sin rodeos porque yo no daba más. La fiesta continuó hasta las seis de la mañana, pero como no bebí licores y había hecho el ridículo bailando, me pareció prudente emprender la retirada, no sin antes despedirme de la novia, que lucía espléndida.
Al día siguiente, ella me escribió un correo informándome de que había algunas cuentas adicionales por pagar. Le respondí que por favor se las enviase a mi madre. "Me he quedado seco de fondos", me disculpé. "Estoy aguja", añadí, que es como los jóvenes en esa ciudad, también llamados flacos, se describen a sí mismos cuando están cortos de dinero.



