En medio de la celebración musical que nos convocaba, la noticia de la partida de un socorrano ejemplar llegó para sumirnos en la reflexión. Hoy, la provincia Comunera amanece con un silencio profundo, de esos que solo se sienten cuando se apaga la voz de un hombre que supo ser faro y memoria. El fallecimiento de Pedro Manuel Pérez Villarreal no solo enluta a su familia y amigos más cercanos; priva a El Socorro de uno de sus más preclaros e ilustres custodios, un ser humano que consagró su existencia a descifrar y proteger el alma misma de esta tierra.
Una vida dedicada al servicio y la cultura
Médico de profesión y humanista por vocación, Manolo entendió la vida como un ejercicio de sanación y servicio. Tras colgar el estetoscopio en su jubilación, redobló un compromiso que ya latía con fuerza: la preservación de la identidad socorrana. Durante décadas, al frente de la Casa de la Cultura Horacio Rodríguez Plata, se convirtió en el guardián de la “Cuna de la Libertad”. Bajo su égida, la institución no fue un frío depósito de antigüedades, sino un organismo vivo donde el pasado dialogaba con el presente, salvaguardando los testimonios de la gesta comunera y de la Independencia para las generaciones venideras.
Un legado de fraternidad y compromiso
Nuestros caminos se cruzaron en el fértil territorio de la gestión cultural. Tuvimos, como es natural entre mentes inquietas y de firme carácter, inevitables diferencias de criterio; sin embargo, aquellas discrepancias jamás lograron quebrar los puentes que nos unían. Nos convocaba una misma urgencia: el amor por la música, el respeto reverencial por la historia local y la convicción de que los procesos sociales de nuestra región debían dignificarse. Fuimos, además, hermanos que compartimos escuadras y compases de fraternidad, lenguaje universal que nos permitió entendernos desde la tolerancia, la búsqueda de la verdad y el perfeccionamiento del espíritu.
Hoy, al evocar nuestras tertulias, la música que tanto amaba resuena como el fondo sonoro de un adiós definitivo. Nos queda el consuelo de saber que su obra está blindada contra el olvido. Su labor constante y su terquedad sublime por mantener en alto el estandarte cultural del Municipio son hoy su testamento más vivo.
Sin duda alguna, los lazos que nos unieron —forjados en el intelecto, el amor por la música, la fraternidad y el servicio incondicional a El Socorro— dejan una huella imborrable. Partió el amigo, el hermano, el gestor incansable. A Manolo, la tierra socorrana le debe una parte inmensa de su dignidad histórica. Que su viaje hacia el Oriente Eterno esté lleno de la luz que él siempre buscó, y que las partituras del recuerdo sigan sonando en su honor. Descanse en paz, querido hermano; hoy, la historia que tanto cuidó le abre sus páginas de oro para siempre.



