Jairo Ojeda, el reconocido padre de la canción infantil colombiana, fue homenajeado durante la Feria Internacional del Libro de Bogotá (Filbo) por su legado musical y pedagógico. Su vida, marcada por la fantasía y la superación, ha inspirado a generaciones de niños.
Un viaje de fantasía y realidad
El día más feliz de Jairo Ojeda también fue el de su mayor fracaso. Al abrazar a su madre, Diomisiana, intentaba recuperar los casi tres años que llevaba sin verla, desde que escapó camuflado entre sacos de maíz en un camión de Mercaderes, Cauca, hacia Medellín. Tenía nueve años y soñaba con encontrar tesoros y liberar princesas. Al llegar a Esparta, Risaralda, trabajó recogiendo café y enseñando a los hijos del dueño de la finca. Cuando su madre lo encontró, sintió vergüenza por no haber cumplido sus sueños infantiles. Hoy, su verdadero tesoro son sus centenares de canciones, rimas, poemas y relatos que lo convierten en el 'Padre de la Canción Infantil Colombiana'.
Inicios humildes y aprendizaje temprano
Jairo nació en una familia humilde. Su madre se casó a los 13 años para escapar de la esclavitud doméstica. A los cinco años, su padre murió de tuberculosis. Creció en un lote frente al caserón familiar, con techo de paja y piso de tierra. Aprendió a leer antes de los cinco años gracias a las novenas y librillos religiosos. Su tío Gerardo, profesor del pueblo, fue su mentor. Al ingresar al colegio, ya sabía leer y matemáticas, por lo que lo adelantaron a tercer grado.
La aventura que forjó su destino
Cansado de ver platos vacíos, Jairo decidió buscar reinos de oro. Viajó escondido en un camión a Medellín, donde trabajó cuidando puestos en el mercado. Luego fue a Pereira a recoger café, pero sus manos pequeñas no daban abasto. La maestra del pueblo había huido por la violencia, así que Jairo se convirtió en profesor de los hijos del dueño de la plantación y de otros niños vecinos. Allí lo encontró su madre.
Formación y carrera pedagógica
De regreso en Mercaderes, lo enviaron a un internado agrícola en Tunía. A escondidas, aprendió a tocar guitarra. El gobernador le ofreció una beca universitaria, pero su madre le dijo que era mentira. A los 16 años, pidió trabajo y fue destinado a Coconucos para enseñar a la comunidad indígena. Esos fueron años felices. A los 18, se fue a Bogotá, terminó la secundaria y estudió antropología en la Universidad Nacional, mientras enseñaba en un colegio. Allí descubrió que la precariedad del lenguaje infantil era la causa de las dificultades de aprendizaje. Comenzó a dar clases en el parque, donde los niños interactuaban con la comunidad y creaban historias que luego se convertían en canciones.
Nacimiento de un legado musical
En 1976, el actor Jaime Barbini lo visitó y le propuso grabar sus canciones. Como Jairo no era conocido, su hija Hitayosara cantó los temas. Así nació 'Todos podemos cantar'. Su nombre se posicionó, y Unicef financió su tercer disco. Ha recorrido el continente, recibiendo reconocimientos en Brasil y Uruguay. En Santander de Quilichao, Cauca, creó una imprenta manual basada en el proyecto del pedagogo francés Célestin Freinet, donde imprime los relatos de los niños.
Filosofía y visión
Jairo afirma que el país que queremos se construye en la primera infancia. Priorizar la formación en esa etapa es la mejor inversión. Su obra incluye temas como 'Chontaduro maduro', 'Gotica de lluvia', 'La cocodrílica' y 'Juguemos a la sombra', que forman parte de sus clásicos álbumes. En la Filbo lanzó 'El elefante del circo prefiere soñar', una colección de poemas con partituras musicales.
Actualmente, Jairo tiene 78 años, vive en Cali, tiene tres hijas, dos hijos, tres nietos y una compañera. Su legado sigue vivo en las canciones que han acompañado a generaciones de niños colombianos.



