La transformación de lo obsceno en la sociedad contemporánea
En tiempos pasados, considerados casi arqueológicos desde nuestra perspectiva actual, existía un concepto claro de lo que resultaba obsceno para la sociedad. Exhibir la intimidad, ventilar los asuntos de alcoba o hacer explícitas tanto la sexualidad como las inmundicias físicas y morales se consideraba completamente inapropiado. Pero el territorio de lo obsceno iba mucho más allá: también incluía pavonear la ignorancia, la bajeza humana, el pillaje y la corrupción institucional.
En términos generales, lo obsceno representaba todo aquello que debía permanecer tapado por pudor básico o por simple higiene espiritual de la comunidad. Sin embargo, con el transcurso del tiempo, este concepto sufrió una reducción drástica hasta limitarse casi exclusivamente al ámbito sexual. Como si la única impudicia posible en la sociedad moderna fuera la exposición de la piel desnuda.
La injusticia de priorizar lo sexual sobre otras miserias
Resulta particularmente injusto que el sexo, siendo una expresión bastante más natural y menos repugnante que muchas otras miserias humanas, haya absorbido casi por completo la categoría de lo obsceno. Mientras tanto, fenómenos como la plata mal habida, la ignorancia deliberada, la maldad sistémica y la perversión institucional se exhiben hoy sin el menor recato en el espacio público.
Lo que en épocas anteriores se consideraba simplemente mal gusto hoy se rebautiza como 'contenido' para las redes sociales. Lo que antes provocaba vergüenza colectiva hoy se celebra como 'tendencia' viral. Incluso a nivel semántico hemos presenciado una erradicación: la palabra obsceno prácticamente ha desaparecido del vocabulario cotidiano.
La era del exhibicionismo desvergonzado
Vivimos inmersos en la era del exhibicionismo completamente desvergonzado, donde el derroche económico se ha convertido en elemento identitario fundamental. El consumo desproporcionado se transforma en competencia pandémica, donde cada individuo busca superar a sus pares en demostraciones públicas de capacidad adquisitiva.
Esta compulsión colectiva por mostrarnos constantemente, por inflar cada acontecimiento ordinario hasta convertirlo en espectáculo mediático, debe significar algo profundo sobre nuestra condición social actual. La necesidad de transformar lo cotidiano en extraordinario revela ansiedades culturales que merecen análisis detallado.
La evolución de las celebraciones sociales
Antiguamente, la gente se graduaba del colegio o de la universidad mediante ceremonias sobrias acompañadas de comidas familiares íntimas. Los matrimonios se celebraban con los seres queridos más cercanos para anunciar un vínculo exclusivo, en una época donde conceptos como el poliamor permanecían en la clandestinidad social y la poligamia consecutiva generaba escándalos considerables.
En aquellos tiempos, el rito en sí mismo importaba considerablemente más que la escenografía que lo rodeaba. Las fiestas representaban principalmente espacios de participación comunitaria, no producciones cinematográficas cuidadosamente coreografiadas para su posterior difusión en redes sociales.
La hipertrofia de las celebraciones modernas
En marcado contraste, los niños contemporáneos se gradúan de preescolar, primaria, bachillerato y cualquier etapa intermedia educativa como si hubieran descubierto la penicilina o realizado algún aporte fundamental a la humanidad. Cada cumpleaño infantil requiere ahora su fiesta temática específica, su fotógrafo aéreo especializado y su decoración conceptual elaborada.
Pero la medalla de oro en esta competencia de excesos se la llevan definitivamente los matrimonios modernos: orquestas importadas de otros países, escenografías estrafalarias que parecen sacadas de películas de Hollywood, gastos descomunales que superan el presupuesto anual de muchas familias y destinos caprichosos seleccionados más por su valor simbólico que por su significado personal.
Resulta particularmente revelador observar cómo parejas de regiones específicas colombianas optan por casarse en destinos tan alejados de su contexto cultural como la árida y plástica Dubái, buscando una validación social que parece eludirlas en sus entornos naturales.
El lenguaje silencioso de los gastos excesivos
Los gastos desproporcionados hablan por sí solos: representan el intento constante del "new rich" o nueva riqueza por comprar, mediante escenografía costosa, la legitimidad social que tradicionalmente poseía el "old money" o dinero antiguo. Esta dinámica recuerda poderosamente a "El gran Gatsby" de F. Scott Fitzgerald, publicada originalmente en 1925.
En la novela, Jay Gatsby lanza luces espectaculares y distribuye champaña generosamente en sus fiestas para rozar apenas la orilla social inaccesible de personajes como los Buchanan. La diferencia crucial es que hoy todos aspiran a ser Gatsby, aunque carezcan de mansiones propias y dependan de crédito rotativo, botines de corrupción estatal o recursos provenientes del narcotráfico para financiar sus fantasías de estatus.
Interpretaciones sociológicas del fenómeno
La sociología contemporánea ha descrito estos momentos de hipertrofia extrema de la imagen pública como síntomas inequívocos de crisis cultural profunda. Cuando la forma suplanta completamente al fondo, cuando la apariencia anula la sustancia, algo esencial se ha agotado en el tejido social.
El filósofo Oswald Spengler ya lo insinuaba en sus análisis: el lujo ostentoso y desmedido funciona frecuentemente como signo de infertilidad creativa colectiva. Representa una mueca grotesca de la estupidez generalizada o del triste vacío interior que necesita constante barullo externo para no enfrentar su propia insustancialidad.
Esta compulsión exhibicionista que caracteriza nuestra época revela no solo transformaciones económicas, sino profundas mutaciones en nuestra comprensión del valor, la autenticidad y la conexión humana genuina en un mundo cada vez más mediatizado y superficial.



