Francisco José Lloreda Mera rinde homenaje a una vida de lucha y libertad en emotiva columna
Lloreda Mera homenajea a luchadora por la libertad en columna

Una vida que fue un grito de libertad: el emotivo homenaje de Francisco José Lloreda Mera

El firmamento se rasgó sin previo aviso, tal como se quebró una existencia marcada por la intensidad y la rebeldía. Una lluvia torrencial oscureció aún más la noche, ya vestida de profunda tristeza. Resultaba imposible aceptar lo ocurrido, cuando la persona evocada parecía invencible, alguien que había desafiado a la muerte en múltiples ocasiones y recorrido el mundo con una determinación indomable y surrealista.

Un carácter único e irrepetible

Nada ni nadie podía detenerla, solo un trombo fulminante logró interrumpir sus sueños más audaces. En un mundo de personas únicas, ella pertenecía a otra especie: una mezcla de toro bravo y tortuga, animales que coleccionaba con devoción. Su capacidad para amar y tratar a todos por igual, su valentía al expresar sus ideas y su libertad para desnudar el alma ante el mundo no tenían comparación.

Su terquedad visceral al defender sus opiniones y su poder para transformar realidades se combinaban con una afición por los toros y un amor profundo por los libros. Poseía una gallardía insolente para nadar contra la corriente, acompañada de un humor mordaz y una capacidad infinita para reírse de sí misma, de sus ocurrencias, sus torpezas y hasta de sus "pies horripilantes y martirizantes".

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La lucha contra los demonios personales

Harán falta sus carcajadas que provocaban lágrimas en los ojos, su zapateo flamenco con braceo y floreo, su ineptitud culinaria que sucumbía ante un simple huevo frito, su habilidad para esparcir sus pertenencias en habitaciones de hotel y la costumbre de rociar con tinte para el pelo las paredes de baños ajenos.

Pero detrás de esta personalidad vibrante se escondía una luchadora incansable. Se arrastró por la alcantarilla del alcohol y las drogas, perdió temporalmente a sus hijos e intentó quitarse la vida no una, sino varias veces. En ese lodazal personal buscó ayuda y la encontró, escribió un libro, creyó estar curada y recayó. La fama pudo con ella, se veía imbatible pero no lo era.

Sin embargo, se puso de pie nuevamente, atravesó el desierto emocional y rehízo su vida, pegando las piezas de una porcelana rota con una valentía monumental, un día a la vez.

Una presencia que llenaba espacios

Era imposible no advertir su presencia: copaba el espacio, la conversación y la palabra. Intimidaba y provocaba deliberadamente, le gustaba pisar fuerte. Este carácter recio forcejeaba constantemente con un corazón de algodón que escuchaba a la gente y hacía suyas sus causas más sentidas.

En su mesa se sentaban por igual el rico y el pobre, el negro y el blanco, el instruido y el iletrado. Los abrazaba sin distinción. Le importaban los demás de manera genuina y se batía en duelo por ellos sin vacilación.

Transgresora por naturaleza

Los límites y las reglas la asfixiaban, le estorbaban, era transgresora por naturaleza. Todo lo cuestionaba sin temor. De ahí surgió su amor por el periodismo, la literatura, el arte y la cultura; encontró en ellos trazos, versos y senderos de inconformidad que le permitían volar más allá de las convenciones.

Su vida fue un grito de libertad permanente; aborrecía la inequidad, la injusticia y la violencia, la mordaza y los extremos. Por eso rehuía la política convertida en estiércol, le producía un profundo asco.

Un legado de valentía y compasión

Al repasar su vida y la de quienes la rodeaban -hermanos, hermanas, sobrinos, nietos, familiares, amigos y los miles que seguían sus escritos- solo se puede llegar a una conclusión: fueron afortunados. En un mundo donde prevalece la tibieza y el temor al qué dirán, la codicia y el egoísmo, ella enseñó a no tener miedo y defender las ideas propias, a ser desprendidos y desear el bien ajeno, a ser solidarios y compasivos con los más afligidos.

¿Qué más podemos pedirle a la vida, a ese instante 'en que las cosas brillan más'? ¿Cómo paliar el dolor cuando nos ha prohibido llorar? ¿Cómo agradecer a la existencia cuando nos ha arrebatado lo más querido? ¿Cómo llenar este hueco helado si es irremplazable? ¿Cómo salir indemne de esta anestesia emocional que hoy permite escribir estas líneas?

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Miraré el horizonte y sus colores rojizos, azul celeste y naranja, contemplaré el mar y abrazaré los árboles en su nombre. Quizá así pueda convertir mis lágrimas en risa y encontrarla más dentro de mí, donde su esencia permanece viva e indomable.