Fallece Liliana Angulo, pionera en la denuncia del racismo desde el arte y la dirección del Museo Nacional
Muere Liliana Angulo, directora del Museo Nacional y referente antirracista

Fallece Liliana Angulo, directora del Museo Nacional y referente en la lucha contra el racismo

En la noche del 21 de febrero, la comunidad cultural colombiana se estremece con la noticia del fallecimiento de la artista Liliana Angulo, quien se desempeñaba como directora del Museo Nacional de Colombia. Se pierde a una pionera y figura paradigmática en la denuncia del racismo y sus estereotipos, a través de una plástica que incorporaba rasgos de humor y una aguda observación tanto de la cotidianidad como de la historia.

Un legado artístico que trascendía fronteras

Angulo construyó una obra que exploraba profundamente la etnodiversidad afropacífica, cimentada en la fraternidad entre las personas y la naturaleza. Su trabajo destacaba el refinamiento en las maneras de pensar y relacionarse de estas comunidades, utilizando medios conversacionales y estéticos para promover convivencias no violentas. Sin embargo, su visión panorámica también alertaba sobre amenazas como la expansión de cultivos de coca, la minería ilegal, la tala indiscriminada, el contrabando de maderas finas y fauna silvestre, así como el tráfico de personas, factores que ponen en riesgo esas formas de convivencia ancestral.

Memorias que inspiran: la historia de Caché y la zotea

En sus escritos, Angulo recurría a personajes como Caché para tejer relatos que reflejaban la riqueza cultural afrocolombiana. En una visita al arrozal de su abuelo Justino, Caché intentaba recordar las enseñanzas sobre hojas, tallos, raíces y hongos, añorando las "cantaletas" que antes consideraba aburridoras de su madre Estela. Ella narraba las dificultades para montar una zotea en Urabá, donde la tradición chocaba con la modernidad: ya no había potros labrados en madera, sino lanchas de fibra.

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Estela, resignada con la lancha más pequeña, enfrentó el desafío de encontrar materiales para el drenaje. Los hormigales, fuente tradicional de bolitas de arena, habían desaparecido por los fumigantes del banano. Recurrió entonces a la hojarasca, mezclándola con ceniza y tierra, pero la siembra de cebolla de rama no prosperó debido a la contaminación de las hojas viejas, que ya no generaban los honguitos necesarios como abono.

Fue la señora Fidelina quien finalmente envió tierra de hormiguero desde Istmina, permitiendo que la cebolla creciera y con ella, un jardín de albahaca blanca y morada, cilantro, jengibre, poleo, limoncillo, azafrán, llantén y tomate. Estela incluso soñaba con sembrar un coco que germinara junto a un posible embarazo, enterrando la placenta del bebé con la palmerita como un "ombligo" simbólico.

La tragedia de la sabiduría ancestral

El conocimiento de Estela, sin embargo, se volvió su perdición. Cuando una alumna llegó con "mal de orín", ella preparó una infusión de llantén que la sanó, pero este éxito desencadenó rumores de brujería. Acusada de favorecer a grupos guerrilleros con sus secretos, tanto ella como Federico fueron secuestrados por paramilitares, quienes gritaban al padre acusándolo de promover la Ley 70 para que las comunidades negras escrituraran las tierras de sus abuelos. Caché reflexionaba que ambos "terminaron mal por ser buenos".

El poder de la amistad y la resistencia cultural

En contraste, Angulo también destacaba rituales como el de "hablar mierda" entre amigos íntimos, donde el ron, la música de Los Beatles y la magia culinaria de Josefina creaban un pegamento de amistad, ternura y humor. Esta amalgama amorosa, presente en la obra de Leonardo Padura, representa una resistencia cultural que ni figuras políticas como Trump o Marco Rubio podrían destruir, incluso frente a intentos de "genocidio a cuentagotas" contra regímenes opresivos.

Nota: Este relato se nutrió de notas de campo, aportes del exalumno Carlos Andrés Meza Ramírez y el estudio clásico "Zoteas: biodiversidad y relaciones culturales en el Chocó biogeográfico colombiano" (1999), editado por Jesús Eduardo Arroyo, Juana Camacho, Mireya Leyton y Maribel González, con apoyo del Instituto de Investigaciones del Pacífico-IIAP, Fundación Natura y Fundación Swissaid-Colombia.

Jaime Arocha Rodríguez, doctor en antropología cultural y miembro fundador del Grupo de Estudios Afrocolombianos de la Universidad Nacional, es el autor de este conmovedor homenaje.

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