La vieja casona Quinta Clara, refugio de memorias y corredores antiguos, empezó a caer. Esta ha sido su historia.
El inicio del fin de un ícono urbano
La noticia de su demolición era un secreto a voces. Y ahora, como suelen empezar las despedidas de las cosas importantes, se confirma que sus días están contados. El encierro de la fachada de la vieja casona y el polvo que se levanta sobre este tramo de la carrera 19 con calle 38 eran las pruebas que se requerían para ver el comienzo del fin de la antigua edificación Quinta Clara. Los amantes de la historia y los ciudadanos de a pie estamos estupefactos. Todos nosotros, acostumbrados a verla allí desde siempre, empezamos a observar con incredulidad cómo comienza el proceso de demolición de uno de los últimos vestigios arquitectónicos de aquella Bucaramanga pausada y elegante que alguna vez respiró al ritmo de sus viejas avenidas.
Más allá de que se trate de un predio privado -y nadie discute el derecho legítimo de sus propietarios sobre el inmueble-, resulta inevitable sentir tristeza al ver cómo, poco a poco, van cayendo los predios del ayer. Las casas que guardaban memoria, carácter y relatos terminan convertidas en montañas de escombros antes de que la ciudad alcance siquiera a despedirse de ellas.
Algo de su historia
La Quinta Clara no es cualquier construcción. De hecho, era una sobreviviente de esa mítica vía. Una de las pocas edificaciones históricas que aún resistían sobre la Carrera 19, aquella vía que los mayores todavía recuerdan como la Avenida Camacho, cuando Bucaramanga apenas comenzaba a expandirse y la ciudad se tejía alrededor de quebradas, puentes y casonas amplias de corredores frescos y patios silenciosos. Muy pocas estructuras de esa época permanecen en pie. Muchas desaparecieron sin ceremonia, devoradas por la modernidad, los parqueaderos o las torres impersonales. La Quinta Clara era de las últimas.
Según recuerda el arquitecto Gilberto Camargo, “su historia se remonta a mediados del siglo XX, cuando pertenecía a un sacerdote de la región, recordado por quienes lo conocieron como un hombre correcto y prudente”. “Con el paso de los años, aquella amplia residencia republicana se convirtió en sede educativa y quedó ligada para siempre a la memoria de generaciones de bumangueses. Allí funcionó temporalmente el Colegio de Santander durante una etapa crucial de expansión, después de haber pasado por varias casonas del centro de la ciudad”, añadió.
Pero tal vez uno de los relatos más entrañables sobre la vieja casa quedó consignado en la Revista UNAB del 21 de marzo de 2007. Allí, el ya desaparecido Alfonso Gómez Gómez evocaba la época en que la Quinta Clara sirvió como cuarta sede del Instituto Caldas entre 1956 y 1959. El extinto exalcalde la describía como “una casa más espaciosa”, facilitada por aquel sacerdote que, pese a las críticas y advertencias de quienes consideraban impropio arrendarla a un colegio “masónico”, decidió mantener su palabra. “No había nada pecaminoso sino un esfuerzo de servicio”, terminaría comprobando el religioso, según el mismo testimonio.
El valor de la memoria urbana
Historias como esa parecían quedarse atrapadas entre sus paredes altas y sus ventanas antiguas. Cada corredor guardaba el eco de estudiantes, profesores, rezos discretos y conversaciones de otra época. La Quinta Clara no era simplemente una estructura vieja: era un fragmento físico de la memoria urbana de Bucaramanga.
Para el historiador y arquitecto Antonio José Díaz Ardila, “por el significado de esa casa, sorprende tanto verla caer. Porque con cada demolición desaparece algo más que ladrillo y cemento. Se pierde una manera de habitar la ciudad”. ¡Y sí! Se borra una estética urbana y se diluyen referencias afectivas que ayudaban a entender quiénes fuimos.
Tal como lo ratifica Díaz Ardila, “Bucaramanga, como tantas ciudades colombianas, parece condenada a avanzar dándole la espalda a su pasado, reemplazando casonas centenarias por edificios sin alma ni relato”. Hoy, quienes pasamos por la carrera 19 miran con nostalgia aquel predio herido, que empieza a verse herido por las máquinas. Algunos se detienen apenas unos segundos; otros toman fotografías como si quisieran salvar al menos una imagen antes del derrumbe definitivo. Y mientras el polvo comienza a cubrir la vieja esquina, queda la sensación amarga de que la ciudad sigue perdiendo, lentamente, sus últimas huellas de memoria.



