El Químico Lucho: Un maestro de aromas y palabras en Barranquilla
En el barrio Cabecera de Barranquilla, donde el sol de las cuatro de la tarde cae con determinación, aparece regularmente Luis Aurelio Prada, conocido desde hace décadas en el gremio como Químico Lucho. Este apodo no es casualidad: ha transformado los productos químicos y la creación de perfumes en un verdadero oficio, y de ese oficio ha extraído una ética de vida inquebrantable. Entre matraces que contienen secretos invisibles y fragancias que evocan memorias profundas, este hombre ha construido tanto una empresa como un carácter sólido.
Una amistad que perdura a través del tiempo
El encuentro con Lucho se remonta a casi cuarenta años atrás, en casa de amigos de la familia, cuando las discusiones sobre fútbol tenían la misma intensidad que hoy tienen los debates sobre una tilde mal colocada. Porque si algo le importa profundamente a este hombre, además de un buen clásico dominical, es la ortografía. Corrige con una elegancia natural, comparable a quien organiza la defensa durante un tiro de esquina crucial. Su lectura sigue una disciplina casi monástica, y resuelve crucigramas con la precisión de quien descifra el código genético del idioma español.
Aunque se acerca a los ochenta años, camina con la prisa de un juvenil que disputa la final de un campeonato. Ha recorrido cerca de treinta países, y de cada viaje trae consigo una historia fascinante, un aroma distintivo, una palabra nueva que incorpora a su vocabulario. Para él, el mundo es un laboratorio gigante donde nunca se termina de aprender la fórmula exacta de la amistad verdadera.
Raíces literarias y maestros inolvidables
La vida como escritor comenzó en Barranquilla durante la infancia, observando al bisabuelo Felipe Santiago Rosado Martínez construir meticulosamente sus artículos para los diarios de La Arenosa. Conservador como pocos, era poeta por naturaleza y declamaba con un fervor contagioso. En sus escritos nostálgicos recordaba las cinco ocasiones en que ocupó la silla como primera autoridad de la capital del Atlántico, así como sus duelos orales en el Teatro Emiliano Vengoechea junto a su gran amigo Julio Flórez, el poeta chiquinquireño.
En las tardes calurosas de la tierra que vio nacer a su madre, ingresaba al estudio privado de su bisabuelo, un lugar sagrado para la lectura y el orgullo por sus innumerables libros. Allí recordaba a su bisabuela Maria Luisa Magri con versos hermosos que celebraban su belleza y elegancia. Estos versos, cargados de emoción y devoción, sellaron un amor que trascendió el tiempo.
En su trayectoria como escritor, ha tenido la fortuna de contar con grandes maestros como correctores de estilo, entre ellos Eduardo Muñoz Serpa, Pastor Virviescas, José Oscar Machado y Alberto Galvis Ramírez. Aunque reconoce que no es García Márquez, se permite ciertos lujos literarios. Pero entre todos ellos, destaca especialmente a Luis Aurelio, a quien llama cariñosamente "viejo triple querido".
Tertulias que alimentan el alma
Las tertulias en la oficina de Lucho son momentos especiales, acompañados siempre de un café aromático, una torta casera o una mestiza de El Maná. Las risas y carcajadas son el pan de cada reunión, compartidas también con sus adorables hijos, con quienes el escritor se siente como uno más de la familia. El saludo con un beso tierno, al que Lucho tardó en acostumbrarse pero finalmente aceptó, simboliza la cercanía de su relación.
Lucho corrige con respeto y sabiduría, estudia cada texto con dedicación y le dedica tiempo valioso. Esto, según el escritor, es amor verdadero, ese tipo de amistad que lamentablemente se extingue poco a poco en la actualidad. Mamador de gallo como ninguno, Lucho encontró en él a su otro yo, un halago que llena de orgullo y gratitud.
Esta vez, el escritor no necesitó llamar a Lucho para corregir su escrito, esperando haberlo hecho bien. Estas palabras son un merecido homenaje, porque la amistad se basa en la química que brota directamente del corazón. Un mensaje final: "Te quiero mucho, no lo olvides".



