Resucitar como acto de fe colectiva: Un llamado a imaginar futuros posibles
La historia es conocida por todos: el jueves fue arrestado, el viernes crucificado, el sábado fue un día de silencio e incertidumbre. Pero al tercer día, resucitó. Un domingo como ayer, pero hace veintiún siglos. Las primeras testigos fueron mujeres que lo vieron salir de la tumba y fueron a contarlo. Aclaro, no me interesa debatir si esto ocurrió realmente. Comparto con Borges que "la Biblia es el más bello libro de ficción que jamás se haya escrito". Creo firmemente en el poder transformador de la imaginación, y para mí, la fe no es más que un acto de imaginación cargado de un poder extraordinario.
La pérdida de la capacidad de soñar
Porque, como sociedad, hemos perdido esa capacidad fundamental de imaginar un mundo radicalmente distinto. Un mundo diferente a este que parece decretarse diariamente en las pantallas de nuestros televisores, donde se nos muestra una guerra interminable que parece no tener final. Vivimos como si solo pudiéramos creer en lo que vemos: un presente herido, sin alas, liderado por hombres autoritarios que avivan el fuego del conflicto y amenazan constantemente con la bomba nuclear. Tenemos miedo, y pasmados, nos pasamos las horas pegados al teléfono, inmersos en redes sociales, en conversaciones sin oxígeno, habitando un mundo seco y triste que ha perdido por completo el aliento para soñar.
Un encuentro inesperado en Madrid
Todo esto me atraviesa un Domingo de Resurrección en Madrid, cuando entro a un lugar pensando que es simplemente un café. No lo es. Es una iglesia cristiana ubicada en el barrio de Delicias. La gente sonríe genuinamente, toma café tranquilamente, me dicen "bienvenida" con calidez, y yo respondo "gracias" en piloto automático. Me colocan un plato en las manos y, sin darme cuenta, me encuentro en medio de un buffet donde las personas se sirven torrijas, tortilla de patatas, pastel de yuca. Hay colombianas, brasileñas, estadounidenses, españoles conversando animadamente sobre la comida, el clima. Hay familias completas, mujeres solas, hombres solos, y muchos niños jugando.
Estoy esperando constantemente la trampa. El momento en que me van a robar la cartera, me van a pedir el diezmo obligatorio, me van a interrogar sobre si soy evangélica, bautista o mariana, preguntas para las que no tendré respuestas adecuadas. Pero nada de esto ocurre. La gente es simplemente amable, y en determinado momento, un grupo musical comienza a cantar. Todos conocen las canciones, que son alegres, sentidas y profundas como los versos inmortales de Sor Juana Inés. Yo quiero llorar y me siento un poco ridícula, así que finjo que me entró una basura en el ojo y me rasco, pero nadie me mira con atención y a nadie le importa este brote de sentimentalismo inesperado en una mujer que entró a su cofradía completamente por accidente.
El mensaje del pastor Kevin
Después del canto colectivo, se presenta un pastor llamado Kevin. Explica que es un día para festejar con alegría, pues la resurrección representa un motivo genuino de celebración. Afirma que el pecado no es otra cosa que una muerte simbólica. Cada vez que pecamos, morimos un poco interiormente, sostiene. Pero la suerte que tenemos como seres humanos es que podemos resucitar. Y resucitar significa seguir viviendo con propósito, volver a retomar el camino correcto, volver a creer en los demás y a amar al prójimo sin condiciones. Asegura que Cristo resucitó porque es el único hombre en toda la historia de la humanidad que no pecó jamás, por eso la muerte no supo alcanzarlo definitivamente, porque "la resurrección es el triunfo absoluto sobre la muerte".
Necesitamos desesperadamente un triunfo sobre la muerte
Me pregunto intensamente si no estamos viviendo precisamente un momento histórico en el que necesitamos desesperadamente ese triunfo colectivo sobre la muerte simbólica que nos rodea. Para lograrlo, tendremos que resucitar como sociedad. Y resucitar significa, en esencia, volver a creer. Creer firmemente en que puede haber otro futuro posible, en que la humanidad no está irremediablemente condenada al fracaso y al exterminio, en que las distopías que tememos pueden transformarse en utopías realizables, en que las personas buenas no solo somos más numerosas, sino que podemos contagiar a otros con visiones alternativas de futuros más promisorios y esperanzadores.
Eso es exactamente lo que necesitamos ahora como sociedad, más que nunca en nuestra historia reciente: imaginar activamente un mundo donde resucitar sea posible. Donde otra historia colectiva sea viable. Donde el desenlace final no esté escrito de antemano y el poder de cambiar el guion de nuestra película común sea realmente nuestro. Porque no somos meros extras en esta narrativa, estamos aquí y ahora para recuperar la fe en que el control de nuestro destino no es potestad exclusiva de los villanos. Solo tenemos que resucitar juntos, y ya todo lo demás será considerablemente más fácil y alcanzable.



