Sergio Ramírez: Un escritor comprometido con la vida, no con la literatura comprometida
Sergio Ramírez: escritor comprometido con la vida, no con literatura

La eterna vocación de un escritor octogenario

Con más de ochenta años a cuestas, Sergio Ramírez no contempla despedirse de la escritura. A diferencia de su contemporáneo Julian Barnes, quien anunció su retiro al considerar que "ya ha tocado todas sus melodías", el escritor nicaragüense mantiene intacta su pasión por las letras.

Los tres pilares fundamentales

"Quiero ser escritor hasta la muerte", afirma Ramírez, siempre que conserve esos atributos esenciales que considera imprescindibles para cualquier creador:

  • Memoria: La capacidad de recordar experiencias y vivencias
  • Imaginación: La facultad de crear mundos y personajes
  • Curiosidad: El deseo permanente de explorar y descubrir

El autor retoma las palabras de Barnes para subrayar la interdependencia entre memoria e imaginación: "No puedes recordar sin imaginar, ni imaginar sin recordar".

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De la juventud desesperada a la reflexión madura

Ramírez recuerda sus inicios universitarios con nostalgia. Durante sus estudios de derecho, participaba en una revista literaria y aprovechaba cualquier oportunidad para escribir, incluso utilizando tiras de papel de la tipografía para no perder tiempo cambiando hojas en las máquinas de escribir.

"Martillaba las teclas con dos dedos, y corregía muy poco porque pensaba que el mundo estaba ansioso de leer lo que escribía", confiesa con cierta ironía sobre su juventud.

Con los años llegó la reflexión y ese sentido crítico que considera esencial para evitar los peligros de una escritura superficial. Lo describe como el "detector de mentiras" que mencionaba Hemingway, aunque discrepa en que sea innato: "Creo que ese detector se desarrolla con el tiempo, con la experiencia, con la paciencia, gracias a los fracasos".

La evolución de una concepción literaria

En sus primeros años, Ramírez creía firmemente que la literatura podía cambiar la realidad, una visión compartida por su generación en tiempos de lucha política. Publicaba sus cuentos en revistas estudiantiles con tiradas modestas, pero con la convicción de estar contribuyendo a transformar el mundo.

Sin embargo, la madurez le trajo una perspectiva más matizada: "Solo después he aprendido que el peor vehículo para transmitir credos políticos o presupuestos ideológicos es la literatura".

El ejemplo de Dostoievski y la neutralidad eficaz

Ramírez encuentra en Los hermanos Karamazov de Dostoievski el paradigma de cómo abordar temas sociales sin caer en el proselitismo. El autor ruso retrata la injusticia "desde la neutralidad, sin agregados que expliquen la crueldad de los poderosos contra los débiles", logrando así un impacto más profundo y duradero en el lector.

Esta lección fundamental marcó su comprensión de que cuando la escritura es artísticamente eficaz, convence al lector como consecuencia natural de la lectura, no como objetivo primario.

Del lector masivo al lector individual

Con el paso del tiempo, la ambición de escribir para multitudes se transformó en la conciencia de escribir para un lector específico que se refleja en la pantalla del ordenador como en un espejo. Este lector ideal es exigente, vigilante de los tropiezos y errores del escritor.

"Y uno no busca convencerlo, sino hacerlo dudar. Que se abran en su mente mundos distintos", explica Ramírez, subrayando la importancia de mantener el interés del lector por encima de cualquier intención didáctica.

La distinción fundamental: compromiso con la vida

El escritor establece una crucial diferencia que define su trayectoria: "Soy, por tanto, si es posible establecer esta diferencia, no un escritor que escribe literatura comprometido, sino un escritor comprometido que escribe sobre la vida".

Esta distinción resume su filosofía literaria: mientras rechaza utilizar la literatura como instrumento de propaganda, mantiene intacta su conciencia ética y sus principios, que nacieron en su adolescencia y se mantienen hasta hoy, basados en "una permanente inconformidad frente a la injusticia y la opresión".

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Para Ramírez, la escritura sigue siendo un acto vital, una forma de estar en el mundo que trasciende las modas literarias y las coyunturas políticas, manteniéndose fiel a esa vocación que descubrió siendo adolescente y que hoy, octogenario, sigue alimentando con la misma pasión de entonces.