La teoría de los tres encuentros: cuando el alma de la locura se manifiesta en Cartagena
La primera vez que escuché sobre la "teoría de los tres encuentros" pensé que era exclusiva del ideal romántico de creer que un alma puede aparecer en varios cuerpos. Algunos convertimos esta teoría en la metáfora de almas que se nos aparecen para trastocarnos. En mi caso, ocurrió con la locura, me la he tropezado ya tres veces en diferentes formas y circunstancias.
El primer encuentro: Alma depredadora en Turbaco
Tenia siete años la primera vez que vi a Alma. Ya me habían advertido. A la salida del colegio les dijeron a las madres de familia que un hombre que estuvo internado en un centro psiquiátrico, supuestamente andaba captando niños; los metía a la casa de su madre recién fallecida. Mi madre apenas tenía tiempo para llegar del trabajo y hacer la comida. No alcanzaba a llegar a reuniones, explicar tareas, o pensar en si me iba solo o no.
Me decían que era un machito y ya sabía defenderme. Esa armadura me acompañó mientras tanto. Porque una mañana cuando salí del colegio y cruzaba por Aroyolejos, un barrio periférico de Turbaco, me encontré con una figura de espaldas; un hombre que sostenía con su índice la manija de una ollita con sopa hirviente y con el resto de dedos apretaba una cubeta de hielo. Sostenía con la otra mano una sombrilla que ocultaba su cara.
Traté de adelantarme pero su voz me alcanzó. Me pegó en la oreja con un susurro afeminado: "Niño, ¿a dónde vas?". Yo le miré y me encontré con el rostro del hombre del panfleto. Le brillaban los ojos, y lo brotaba una sonrisa ansiosa. Comenzó a acercarse disimuladamente. Me dijo que le sostuviera la cubeta y caminara con él hasta su casa.
Un alma que rompía con su forma siniestra me miraba desde sus ojos; una figura liminal fuera del pacto social, la fragilidad del orden que creía normal en el barrio, o una forma de burlarse de la carreta que me echó mi madre sobre la armadura.
El susto fue tan grande que corrí lo más rápido que pude, tanto que no recuerdo cómo lo perdí de vista y llegué a mi casa tras tomar un atajo donde me puyé las manos con un matorral de limón.
El segundo encuentro: Alma rebelde en Pie de la Popa
La segunda vez que vi a esa alma fue dentro de otra cara. Yo era un joven universitario y vivía en una de esas pensiones que alquilan señoras amargadas del Pie de la Popa, donde la indigencia coexiste con la "gente de bien". Ellos solían acomodarse afuera de casas que en su momento fueron preciosas, pero con el tiempo se volvieron un despropósito habitable donde la mugre de las paredes los hacía pasar por camaleones de las ruinas.
La gente se había acostumbrado a la compañía de estas personas sin nombre, tanto así, que con el tiempo crearon todo tipo de mitos:
- Algunos supuestamente fueron malos padres y ahora pagaban el karma
- Otros eran víctimas de permisiones y brujerías
- Gente a la que se le corrió la teja de un día a otro
- El clásico: promesas del deporte consumidas por las drogas
Una mañana, de camino al gimnasio me encontré con una espalda musculosa. Se metió a una casa abandonada y con un carbón estaba rayando las paredes. Me picaba la curiosidad por saber qué escribía, o qué tendría para decir alguien que vive al límite. Me aproximé, pero fui tan evidente que me pilló.
Me miró a los ojos y pronunció un par de barbaridades. En lo único que pude fijarme fue en su pantalón destrozado por las púas, en su dentadura intacta y unos abdominales que no pude conseguir en años de gimnasio. Le sonreí nervioso y le di todas las monedas que tenía. Me dejó ver lo que escribió: "Ay k llorar y ay k reir en esta bida".
Semanas después me dijeron que se metió dentro del conjunto preguntando por mí. Y una madrugada, estando yo solo en el apartamento, lo sentí detrás de la puerta. Después de tanto pensarlo, le abrí. Me dijo que necesitaba unas chancletas porque el pavimento caliente le estaba pelando los pies. Le regalé unas abarcas que mi mamá me había regalado y me quedaban horribles.
Se las di cuando le vi el pie hinchado como un sapo. Pero tiempo después me decepcioné cuando lo vi caminando descalzo por La Ermita. Supuse que las había vendido por vicio, o que me había visto la cara, o que tenía tanta dignidad que no quería comportarse como un pobre agradecido.
Nunca se lo reproché. Meses después me mudé y hace poco vi que era viral en redes sociales porque a alguien se le ocurrió crearle una cuenta de Instagram donde lo graba diciendo locuras.
El tercer encuentro: Alma confusa en el Centro
La tercera vez que vi a Alma fue hace poco. En la portería del trabajo me dijeron que una turista francesa tenía un enredo que ni siquiera en la Fiscalía le habían solucionado. Me senté a hablar con ella. Me dijo que estaba secuestrada, que fingió ir a la tienda y se escapó. Que necesitaba contactar a una amiga suya en la embajada de su país.
Se había quedado sin dinero, pero supuestamente su padre, un monje budista, tenía una suma desbordada congelada en su cuenta. Esta nueva cara en la que Alma se había instaurado era tan convincente que me quedé escuchándola por horas. Nos reímos, me contó lo lindo que le parecía el Centro, las murallas y Tierrabomba, donde me confesó que se pegó una borrachera con un nativo de la isla.
Luego recuperamos la compostura y la vi llorar a moco tendido por su falta de dinero. Finalmente me dejó una carta a mano: veinte páginas donde narraba toda su tragedia en Cartagena, y una guía sobre cómo podía ayudarla.
Cada página era más confusa que la anterior. Las letras se desbarataban a medida que avanzaba; sin aire, sin descansos, todo en mayúscula. Desde la página cinco las palabras comenzaron a atropellarse entre sí, y curiosamente todas tenían el mismo margen curvilíneo.
En la Embajada me dijeron que no conocían a tal francesa, y en los bancos no figuraba en los registros con el nombre que me había dado. La semana siguiente la mujer se aparecía todas las tardes en la portería preguntando por mí. La última vez que llegó noté que algo no encajaba, un detalle tan simple como que ya no hablaba como francesa. Su acento costeño era tan atravesado como el mío.
Reflexión final sobre la delgada línea
¿Y si eso que llamamos cordura no es más que una forma elaborada, neurótica y socialmente aceptada de negar la locura con la que convivimos? Esa pregunta me surgió días después, cuando en una película vi a Ofelia, la pintura de 1851-1852 de John Everett Millais.
Cada elemento pintado con un detalle minucioso, casi obsesivo, con la quietud absoluta de Ofelia, quietud que es solo una ilusión. Por eso ese tercer encuentro con Alma me parecía el más perturbador, porque dentro de esa francesa delirante había alguien fuera del lenguaje; inabarcable, difícil de comprender, haciendo la línea que separa la cordura de la locura, o la estabilidad del derrumbe, más delgada de lo que había visto anteriormente.
Me había vuelto a topar con esa alma cansada, buscando algo que todavía no encontraba. O probando, una y otra vez, distintas formas de caerse sobre mí, demostrando que la locura no es ajena a nuestra realidad cartagenera, sino que convive con nosotros en cada esquina, en cada barrio, en cada persona que se sale del guion socialmente establecido.



