La Feria del Libro y la defensa del idioma: cuando 'usted me entendió' no basta
Antes de sumergirse en esta reflexión, una pregunta honesta para los lectores: ¿cuántos de los libros que han adquirido permanecen aún sin abrir en sus estanterías? La anécdota sobre Umberto Eco y su biblioteca de 50.000 volúmenes resulta reveladora: el semiólogo italiano defendía que los libros funcionan como una despensa de medicinas, no se consumen todos de una vez, sino que están disponibles para cuando se necesiten. Una teoría reconfortante, aunque muchos de esos 'remedios' literarios llevan años vencidos en los anaqueles.
El fenómeno de la Feria y la paradoja contemporánea
En la Feria Internacional del Libro de Bogotá, que acaba de iniciar, esta teoría se materializa en cada pasillo: ríos de personas recorren los estands, cargando bolsas repletas de libros adquiridos con las mejores intenciones. Algunos serán leídos, pero muchos engrosarán esa despensa intelectual que mencionaba Eco. Sin embargo, aquí surge una paradoja fascinante: nunca antes en la historia la humanidad había leído y escrito tanto como en nuestra época digital.
El verdadero problema radica en la calidad de lo que se lee y se escribe. Los jóvenes, y no solo ellos, pasan horas consumiendo y produciendo texto en chats, Instagram y X (antes Twitter), pero se trata de textos brevísimos, frases sueltas donde la ortografía, la gramática y la sintaxis no son precisamente las protagonistas. Es como aprender un idioma a través de memes.
El escudo de la mediocridad lingüística
Cuando a alguno de estos usuarios digitales —incluso a periodistas titulados y supuestamente formados— se le señala un error lingüístico, la respuesta se ha estandarizado en una frase que se ha convertido en el gran escudo de la pobreza lingüística contemporánea: "Ah, pero usted me entendió". Y lo más preocupante: se pronuncia con displicencia.
Sí, claro que se le entendió. También se entiende al vecino cuando habla con la boca llena, pero eso no significa que debamos aplaudirle la técnica ni el estilo. El "pero usted me entendió" es la mediocridad disfrazada de pragmatismo. Es decirle al idioma: "Relájate, que lo tuyo no es tan importante". Y el idioma no responde, sino que se deteriora en silencio, como una gotera que nadie repara porque, total, el techo todavía no se ha desplomado.
La estructura fundamental del pensamiento
En un artículo reciente publicado en Un Pasquín, el periodista español Álex Grijelmo —exdirector de la Agencia EFE— afirmaba con claridad meridiana que la primera estructura del ser humano es la lengua. Nos recordaba que cuando esa estructura falla, ninguna otra se sostiene. Y razón no le falta. Al fin y al cabo, quien no domina su idioma no domina sus ideas, y por consiguiente resulta más fácil de manipular, de engañar, de conducir a cualquier corral ideológico.
La Feria del Libro debería recordarnos que leer y escribir bien no es un capricho de anticuados, sino la convicción profunda de que las palabras construyen realidades. La precisión en el lenguaje es una forma de respeto hacia el lector, hacia la verdad y también hacia uno mismo. El idioma no es un mero adorno, ni puede convertirse en un refugio para la imprecisión.
Cuando el lenguaje es claro, hay menos escondites
Cuando el lenguaje es claro y preciso, hay menos rincones donde esconderse. Por algo tantas figuras públicas recurren hoy al mismo pretexto evasivo: "Me sacaron de contexto". Algo que casi nunca les sucede a quienes escriben y hablan con exactitud y cuidado lingüístico.
Este año, el Día del Idioma llega con una ausencia particularmente dolorosa, tras el fallecimiento del profesor Fernando Ávila, uno de esos ilustres colombianos que dedicó toda su vida a algo que hoy suena casi subversivo: que hablemos y escribamos bien. Que nos importe el español. Que cuidemos las palabras como se cuida algo valioso. Que no hagamos con el idioma lo mismo que hacemos con el medio ambiente: explotarlo al máximo sin cuidarlo ni lo mínimo.
La Feria del Libro, más allá de ser un evento comercial y cultural, debería servir como recordatorio anual de que el lenguaje preciso es un acto de resistencia contra la manipulación, la superficialidad y la degradación del pensamiento. En un mundo saturado de información, la claridad se convierte en un bien escaso y precioso.



