Con una Cali convertida en purgatorio tropical, Llueve sobre Babel irrumpe como una de esas películas raras que no se parecen a nada: un descenso a la muerte, al deseo y a la culpa, contado entre salsa, neón y delirio.
Si usted está buscando una película para ver este fin de semana, Llueve sobre Babel le propone algo poco común: un viaje al infierno, con el toque caleño. Imagínese un purgatorio en donde los cuerpos bailan al ritmo de salsa. Esta es una película de tensiones permanentes, de un ambiente onírico y de una divina comedia que, por momentos, suaviza la complejidad de enfrentarse a la muerte.
Una ópera prima con identidad propia
En su ópera prima, la directora y guionista Gala del Sol se apropia de Cali para construir algo más que una historia ambientada en la ciudad. Hay una intención clara de levantar un universo que mezcla referencias literarias, religiosas y populares sin perder identidad. Se percibe la influencia del imaginario del infierno de Dante Alighieri, no solo en nombres como Dante, sino en la idea de tránsito, de espacios que funcionan casi como niveles donde cada personaje enfrenta sus propias cargas. A esto se suman referencias bíblicas en la forma en que se abordan la fe, la culpa y la redención, junto con dilemas sexuales que se muestran con toda su complejidad.
Todo esto se sostiene porque hay un guion trabajado con detalle. Se nota en cómo están construidos los personajes, en la forma en que hablan, en lo que callan y en cómo se relacionan entre ellos. Cada uno responde a su propia historia y eso le da coherencia al conjunto, permitiendo que la película avance desde las acciones y no desde explicaciones.
El sonido y la edición como pilares técnicos
Esa misma lógica atraviesa lo técnico. El sonido marca el ritmo de las escenas, dialoga con la música y con los silencios, y en varios momentos sostiene la tensión. La edición responde a ese pulso y le da continuidad a la experiencia. Visualmente, la apuesta es clara: neones, contrastes marcados, texturas visibles. La cámara insiste en las miradas y en los gestos, mientras el diseño de arte le da identidad a espacios como Babel, la sala Tánatos o el bar Mi Pequeño Pony, que funcionan como piezas clave dentro del relato.
En ese entorno, los personajes se mueven entre lo simbólico y lo cotidiano sin perder credibilidad. Hay figuras como la Flaca o la Gitana que podrían sentirse lejanas, aunque están construidas desde gestos concretos y decisiones claras. Ese equilibrio evita que la película se quede en lo conceptual y la mantiene anclada en lo humano.
Actuaciones y referencias
En el apartado actoral, hay un punto interesante. Jhon Alex Castillo aparece como la figura mediática más reconocible y su actuación es de las más cuidadas dentro del conjunto. Aun así, al tratarse de un elenco nuevo, en su mayoría caleño, también se perciben ciertos límites en algunos momentos: miradas que no terminan de sostenerse y recursos actorales aún en construcción, especialmente en personajes clave como los protagonistas. No desentona, aunque sí deja ver un margen claro de crecimiento.
Es inevitable pensar en propuestas como The Matrix, de Lana Wachowski y Lilly Wachowski, no por comparación directa, sino por la intención de construir un sistema propio en el que el espectador entra y aprende a moverse. En el contexto del cine colombiano reciente, Llueve sobre Babel dialoga con una línea de películas que han apostado por crear universos desde lo local, como Un poeta, de Simón Mesa Soto, o Adiós al amigo, de Iván Gaona.
La fragilidad del cine colombiano en salas
Más allá de sus virtudes, hay un punto que atraviesa esta película y que tiene que ver con su propia existencia en salas. Llueve sobre Babel ha tenido recorrido internacional, ha pasado por el Festival de Sundance y ha sido vista por figuras vinculadas a Warner Bros. Studios, que han resaltado su carácter. En Colombia, su permanencia responde a una lógica mucho más frágil. Como lo señala la propia directora: “el primer fin de semana define si la película vuelve a estar en cartelera el siguiente fin de semana, dependiendo de la asistencia del público”. Es decir, no hay garantía de permanencia: la película está constantemente a prueba. Mientras grandes producciones pueden mantenerse durante meses en salas, el cine colombiano muchas veces tiene apenas siete días para demostrar que merece seguir.
Llueve sobre Babel es una muestra de hasta dónde puede llegar el cine colombiano cuando decide arriesgar y construir historias con identidad y orgullo por lo que son. A la vez, es un recordatorio de lo fácil que es que estas apuestas desaparezcan si no encuentran eco. Ir a verla no es solo sentarse en una sala. Es confrontarse con la visión de Cali que propone la directora, decidir si uno se deja seducir por ese mundo y si está dispuesto a habitarlo, incluso en sus formas más extrañas. Es también dejarse impresionar, incomodar, incluso asustar. Y eso está bien, porque al final, el cine sigue siendo eso: emociones que se sienten a través de la imagen.



