El viaje de los libros del galeón San José a los Andes
Libros del galeón San José: un viaje a los Andes

En 1706, un comerciante navarro embarcó en Cádiz un cargamento de libros rumbo a Cartagena. Esos libros tardarían años en atravesar océanos, ríos y cordilleras, antes de llegar a su destino en los Andes de Suramérica. Esta historia comienza con Juan Bautista de Cortejarena, un rico comerciante de comienzos del siglo XVIII, proveniente de la villa de Ituren, en Navarra, al norte de la península ibérica.

El inicio del viaje

Por sus negocios, Cortejarena se trasladó a Andalucía, específicamente al Puerto de Santa María, en la bahía de Cádiz, desde donde salían regularmente las embarcaciones hacia América. Allí se asoció con Juan Vizarrón y Araníbar, un importante comerciante navarro con amplios vínculos familiares, perteneciente a dos destacadas familias de navegantes y armadores vasco-navarros: los Vizarrón y los Araníbar, que mantenían un contacto constante con América.

Cuando en 1706 se preparaba para salir hacia América la Flota de Tierra Firme, que capitaneaba el galeón San José, una de las embarcaciones era dirigida por un familiar de Juan. Se trataba del barco llamado el Sol de la Divina Gracia, cuyo capitán era Juan Martín de Vicuña y Araníbar. Esta nave cumplía la función de “patache de Portobelo”, es decir, que recurrentemente cubría la ruta entre ese puerto panameño y Cádiz transportando mercancías, pasajeros e información.

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La oportunidad comercial

Esta oportunidad comercial fue aprovechada por la sociedad de Juan y Juan Bautista. Cortejarena se embarcó en el Sol de la Divina Gracia poniendo a su nombre varios fletes de “frangotes”, como se les llamaban en la época a los bultos de carga. Para identificar su contenido y los destinatarios a quienes iba dirigida cada encomienda, estos frangotes tenían marcas distintivas y tamaños diferentes, distinguiendo entre los números “uno, dos y tres”. Antes de partir, y previendo un posible accidente o enfrentamiento armado que hiciera que Juan Bautista perdiera la vida, este comerciante dejó un corto poder que facultaba a su hermano, a su sobrino y a su socio Juan para disponer de sus propiedades en España.

Los negocios de la sociedad Cortejarena-Vizarrón en el Caribe fueron ampliamente exitosos, y se tiene registro de que sus fletes fueron vendidos tanto en el puerto de Cartagena como en el de Portobelo. El Sol de la Divina Gracia no participó en la batalla de Barú en la que fue hundido el galeón San José en junio de 1708, por lo que los caudales y personas que transportaba no fueron afectados, entre ellos nuestro comerciante navarro. Al volver a España, Juan Bautista de Cortejarena disfrutó de los beneficios de su éxito comercial. En 1715 se tiene registro de que residía en Navarra y no sólo poseía el castillo de su Ituren natal, sino que le fueron concedidos la hidalguía y un escudo de armas.

El rastro de los libros

Pero lo más fascinante de esta historia es que en los archivos sobreviven los recibos con los que se puede rastrear el destino de uno de los frangotes que Vizarrón envió y que Cortejarena entregó en el Caribe. Francisco García, residente en Cartagena, recibió uno de los frangotes “número uno” provenientes directamente de Europa. Está registrado que parte de su carga eran libros, muy valiosos en la época y que les permitían a los residentes en América estar al tanto de la producción intelectual europea.

Los libros eran una mercancía valiosa, pero también peligrosa y engorrosa, pues tenían que pasar por constantes controles de vigilancia imperiales y religiosos. Francisco García tuvo que iniciar embarazosos trámites burocráticos y pagar pesadas cargas impositivas para que apenas en 1709, tres años después de que el Sol de la Divina Gracia llegara a Cartagena, el frangote con libros saliera por el canal del dique y el río Magdalena hacia Mompox. Este tránsito se hacía en las canoas de grandes proporciones que, por comparación con las embarcaciones de origen chino, se conocían en la época como “champanes”.

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El destino final

En Mompox, Francisco García tuvo, de nuevo, que realizar trámites y pagar impuestos para que la carga siguiera, en septiembre de 1711, a Honda, actual departamento del Tolima. Allí, García comisionó a Francisco Antonio Criales para que recibiera la encomienda y la trasladara por tierra a “Santa Fe [actual Bogotá], Popayán o Quito”. El último registro de esta carga se tiene el 31 de octubre de 1711, en Honda, cuando Criales recibió por fin la carga de libros y empezó su trayecto para llevarla a las alturas de la cordillera de los Andes.

Así, los libros embarcados por Cortejarena en Cádiz terminaron en las montañas de Suramérica. Difícilmente los impresores de estos libros imaginaron que terminarían cruzando el Atlántico, remontando el río Magdalena en canoas y subiendo por tierra hacia los Andes. Sin embargo, de esta manera circulaba el conocimiento en el siglo XVIII: lentamente, entre puertos, impuestos, ríos y cordilleras, pero decididamente a escala global. Fue gracias a barcos como el galeón San José y los de su flota que en los poblados de la cordillera de los Andes se podían leer los libros publicados en las imprentas europeas.