Son Africano: 34 años de fuego, barrio y disciplina en el sur de Barranquilla
La historia de Son Africano comenzó en una sala estrecha del barrio El Pueblito, donde los muebles se arrinconaban para dar espacio a 30 o 40 jóvenes que repetían conteos de baile hasta hiperventilar. Allí, Misael Gómez, un adolescente de 14 años que se enamoró de la danza en la Escuela de Arte Marlene Jaramillo, comprendió que su destino sería enseñar a bailar y a vivir. Hoy, con 54 años, es el maestro y director de esta comparsa que ha convertido el sur de Barranquilla en territorio de baile.
El nacimiento de una comparsa con identidad afrocaribeña
El primer intento se llamó El Divino Niño, con el que debutaron en la Gran Parada bailando mapalé y ganaron un Congo de Oro. Este triunfo fue más una premonición que un trofeo, señalando que la propuesta necesitaba un nombre acorde a su pulso afrocaribeño. En la búsqueda de identidad, llegó el bautizo definitivo: Son Africano. Misael eligió "Son" por su amor a la palabra, complementándolo con la procedencia primaria de los ritmos y danzas que animan su comparsa.
Profesor antes que coreógrafo: la filosofía de Misael Gómez
Ver a Misael en ensayo es observar a un arquitecto del movimiento. Interrumpe la música para explicar el origen de cada paso, por qué la cumbia se baila con cierta postura, y qué comunica el cuerpo cuando el hombro cae y la cadera sigue la corriente. Su frase definitoria es: "Yo soy más profesor que coreógrafo." No se limita a montar bailes; se esfuerza por educar y formar criterio, inculcando exigencia, puntualidad, respeto, estudio y actitud como parte de una escuela integral.
Valery Ruiz Guerrero, de 19 años y bailarina desde los ocho, es una "hija artística" del proceso. Ella describe a Misael como ordenado y correcto, exigiendo que todo esté "derechito". Para Valery, que llegó "impuntual y medio desordenada", la disciplina de Misael fue un punto de inflexión, enseñándole que su obligación no es solo "llegar bonitas", sino "salir transformadas". En boca de Misael, "hermosas" habla de presencia, técnica, limpieza corporal y seguridad, no solo de apariencia.
El sur también es academia: comunidad y formación
El corazón logístico de Son Africano está hoy en la Ciudadela 20 de Julio, diagonal al CAI del Estadio Metropolitano, donde el murmullo del fútbol se mezcla con la percusión. Allí vive Lini Manjarrez, madre de Anthonella Estefane, bailarina infantil de 9 años. Lini confiesa que siempre quiso estar en una comparsa, pero nunca se le dio; ese anhelo encontró salida cuando Misael detectó el talento de su hija en un curso de danza escolar.
Hoy, Anthonella es parte del grupo base infantil, y Lini observa cambios en casa: una niña más responsable, ordenada y segura. "Él les enseña mucho más que baile —dice—; les enseña a ser niños educados." Lini forma parte de la comitiva de 60 padres que sostiene esta comparsa sin ánimo de lucro, organizando rifas, bazares, bingos, ollas comunitarias y gestionando donaciones. Para Misael, estos padres son su apoyo fundamental.
Economía solidaria y 34 años en movimiento
Son Africano opera sin patrocinios, con una economía basada en la solidaridad. Aunque le gustaría tener patrocinadores y hacer menos sacrificios, la comparsa depende de "vacas" para ayudar a quienes no tienen medios. Han enfrentado temporadas de deudas poscarnaval y logística cuesta arriba, pero Misael lo resuelve con determinación: "Yo dije: ya no puedo más… pero se me quitó apenas miré a mis bailarines."
El camino no ha sido una línea recta: nació en El Pueblito, pasó por Soledad 2000, regresó a El Pueblito y hoy se establece en la Ciudadela. Misael lo expresa sin adornos: "Los bailarines son prestados." Muchos vienen, otros van, algunos vuelven; por eso, el proyecto se centra en formar, asegurando que quien parta lleve técnica, método y una ética de trabajo.
La dimensión actual impresiona: 80 bailarines y 60 padres activos, con ocho Congos de Oro en 34 carnavales. En esta época de pre carnaval, Son Africano es un ejemplo de cómo el baile contagia a toda una comunidad, transformando el sur de Barranquilla en un vibrante territorio de danza y disciplina.



