La cocina como expresión profunda de afecto y cuidado
Mi mayor muestra de amor es cocinar para alguien o por una buena causa; pero también me conquistan con una buena comida, un condimento nuevo, o incluso con una receta horrorosa hecha con amor. Mi concepto de amor parece de hace siglos: la comida sana, brinda afecto y, de alguna manera, nos hace mejores personas.
La creatividad nace de la necesidad y el momento
La base de esa cocina siempre es la creatividad, que no siempre nace del ingenio sino de la necesidad, del momento en que abrimos la nevera, miramos lo que hay y entendemos que, con eso, debemos hacer algo que alimente. Ese gesto —aparentemente simple— es uno de los actos de amor más profundos que existen.
Durante años hemos repetido que la comida es amor, pero quizás la frase debería unirse a lo esencial: el amor también se cocina, y no solo en una estufa. Se corta en trozos pequeños, se mezcla con paciencia, se prueba, se ajusta y se comparte. La creatividad aparece justo ahí, en el punto donde el afecto se convierte en acción.
Creatividad que sostiene la vida cotidiana
No se trata de técnicas complejas ni de platos que busquen impresionar. La verdadera creatividad en la cocina es la que sostiene la vida cotidiana. La que reinventa una receta para que alcance para todos, la del amigo que prepara un café a tiempo o la de quien, aún cansado, decide cocinar porque sabe que alimentar es cuidar y, muchas veces, sanar.
Cocinar es un lenguaje silencioso. No necesita traducciones ni discursos largos. Un plato caliente puede decir “te pienso”, “te cuido”, “aquí tienes un lugar”. En medio de la velocidad en que vivimos, detenerse a preparar algo para otro es casi un acto de priorización. Es elegir el tiempo lento en un mundo que vive de afán.
La transformación en momentos difíciles
En ocasiones, la creatividad aparece cuando el amor exige soluciones: no están todos los ingredientes, el presupuesto aprieta o el ánimo está bajo. Ahí la cocina demuestra su capacidad de transformación. Un arroz sencillo puede convertirse en celebración, si se prepara con intención. Una sopa puede ser consuelo. Una torta puede ser memoria, porque la comida también es recuerdo.
Todos cargamos con un mapa emocional construido a partir de sabores. Hay platos que nos devuelven a la infancia, otros que nos conectan con quienes ya no están, y algunos que nos enseñan a empezar de nuevo. Esa memoria es una forma de amor que se transmite de generación en generación.
Reinterpretar y adaptar con atención constante
La creatividad en la cocina no es solo inventar; es reinterpretar ese “toque secreto”. Es tomar lo aprendido y adaptarlo al presente. Cambiar ingredientes, ajustar tiempos, probar combinaciones. Como el amor mismo, la cocina necesita atención constante. Repetir sin pensar no basta: hay que observar y entender qué necesita el momento.
También hay creatividad en cocinar para uno mismo, en prepararse algo que alimente incluso en los días difíciles, y no conformarse con sobrevivir a punta de domicilios o soluciones rápidas, sino en elegir nutrirse. Ese gesto íntimo es una forma de respeto propio, porque alimentarse bien, cuando se puede, también es decirse “yo importo”.
La fragilidad y fortaleza de comer y amar
Comer y amar se parecen en su fragilidad. Ambos pueden fallar, ambos requieren cuidado y ambos se fortalecen con la práctica. Pero cuando funcionan, sostienen. Una mesa compartida puede recomponer un día entero. Un plato preparado con cariño puede cambiar el ánimo de una casa.
La creatividad permite que esos gestos no se vuelvan rutina vacía, sino presencia consciente. Tal vez por eso, cuando alguien nos cocina, sentimos que hay un lugar seguro. Y cuando cocinamos para otros, fortalecemos vínculos. La comida se vuelve puente, y el amor, sustancia. La creatividad es entonces el hilo invisible que los une.
Un acto honesto en un mundo acelerado
En un mundo que insiste en la rapidez, cocinar es una de las formas más honestas de amor. Requiere tiempo, manos y entrega. No siempre se ve espectacular, pero siempre deja huella. Quizás no haya que decidir si la comida es amor o si el amor es comida. Basta con reconocer que cuando ambos se encuentran, algo se ordena dentro de nosotros.
Y en ese orden silencioso y profundamente humano, la creatividad encuentra su mejor lugar: el de alimentar la vida.
Llamado a la solidaridad en tiempos difíciles
Último hervor. Estamos con el agua hasta el cuello, y más que buscar culpables en funcionarios, cortes o gobernadores, necesitamos manos y corazón. Donemos lo que podamos: alimentos, útiles de aseo, colchonetas, tiempo, apoyo para refugios y comida para animales.
No hay excusas: el Banco de Alimentos y la Fundación Solidaridad por Colombia garantizan procesos transparentes. Sigan también a la reina vallenata para información actualizada desde Córdoba. Es momento de ponernos las botas, sumar voluntades y atender a Colombia.
Nadie se salva solo: cocinar, donar y acompañar también es amar, pues el país nos necesita unidos.