Día del Idioma: La crisis del lenguaje no es culpa de los jóvenes sino de la banalización de la palabra
Día del Idioma: La crisis del lenguaje y la banalización de la palabra

Coherencia y compostura: Dos pilares para honrar el Día del Idioma y del Libro

Coherencia y compostura. Estas dos palabras resuenan con especial fuerza en este 23 de abril, fecha en que celebramos simultáneamente el Día del Idioma y el Día del Libro. Una coincidencia simbólica que une las muertes de dos gigantes literarios: Miguel de Cervantes, fallecido el 22 de abril, y William Shakespeare, cuyo deceso se registra el 23, aunque bajo un calendario diferente al juliano que hoy conocemos como gregoriano.

El verdadero problema del lenguaje contemporáneo

Con frecuencia, culpamos a la ligera el deterioro de la ortografía y la sintaxis en los jóvenes y adultos, atribuyéndolo al uso masivo de redes sociales que limitan la lectura profunda. Sin embargo, la realidad es más compleja: el idioma no está en crisis por culpa de los jóvenes, ni por las redes sociales, ni siquiera por la influencia de anglicismos. La verdadera crisis radica en que hemos dejado de respetar el peso fundamental de la palabra.

Antiguamente, decir algo implicaba asumir una responsabilidad inherente. Hoy, hemos banalizado el lenguaje hasta vaciarlo de significado esencial: utilizamos "amor" sin amar verdaderamente, lanzamos "odio" sin reflexión previa, y proclamamos "verdad" sin haberla buscado con honestidad intelectual.

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El lenguaje como arma en tiempos de posverdad

En esta era de verdades a medias y posverdad, las arengas políticas que buscan atraer al pueblo sin permitirle pensar críticamente, junto con el trinar incesante de opiniones superficiales, representan un fenómeno que trasciende cualquier corriente política específica. Sin darnos cuenta, el idioma ha dejado de funcionar como puente de comunicación para convertirse en arma de confrontación.

Celebrar verdaderamente el idioma no se reduce a recitar pasajes de Cervantes o citar a Shakespeare. Implica algo más incómodo pero fundamental: hablar con honestidad, escribir con intención clara, y saber callar cuando no tenemos nada valioso que aportar. El problema no radica en que el lenguaje evolucione naturalmente, sino en que hemos dejado de cuidarlo conscientemente.

Consecuencias del descuido lingüístico

Un idioma descuidado no solo empobrece nuestro vocabulario, sino que deteriora directamente la calidad de nuestro pensamiento. Necesitamos recuperar la filosofía como herramienta para aprender a vivir y soportar los avatares de la existencia, así como para contrarrestar la locura de la inmediatez contemporánea mediante el solaz de la lectura profunda.

Reflexiones en contexto político colombiano

En el actual panorama electoral colombiano, observamos manifestaciones concretas de estos fenómenos lingüísticos. Mientras algunos candidatos muestran flema pero renuencia a sustentar propuestas en debates, otros imponen diálogos como verdades reveladas. La coherencia y compostura de ciertas figuras políticas pasa desapercibida frente a la fuerza retórica de otras, otorgándole un valor especial a quienes mantienen consistencia entre palabra y acción.

Resulta particularmente significativo que, ante el caos que encontrará quien asuma el próximo gobierno, nuestro idioma -tan rico en matices y expresiones- parezca insuficiente para describir la magnitud de los desafíos. Como señalan Gavray y Gaëlle en "Cómo convertirse en un filósofo griego", necesitamos centrarnos en el objeto del discurso para extraer su potencial terapéutico y examinar específicamente aquello sobre lo que hablamos, escribimos y leemos.

Los próximos años demandarán precisamente esa coherencia y compostura que honra el verdadero espíritu del Día del Idioma, porque las palabras, cuando pierden su peso, dejan de construir y comienzan a destruir los fundamentos mismos del diálogo democrático.

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