El avance en lectura en Colombia: cifras alentadoras pero desafíos profundos
En Colombia, cada incremento en los índices de lectura se celebra como un triunfo cultural significativo. Sin embargo, detrás de las estadísticas optimistas se esconde una realidad más compleja que merece un análisis detallado. Según el más reciente informe del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), publicado a comienzos del año 2024, el promedio de libros leídos por persona anualmente se ubica actualmente entre 3,7 y 3,75 ejemplares.
Un progreso lento pero constante
Esta cifra representa un avance considerable si se compara con los datos de años anteriores, cuando el promedio nacional apenas alcanzaba los 2,3 libros por habitante. El incremento es innegable y refleja esfuerzos institucionales y sociales por promover el hábito lector. No obstante, el ritmo de mejora sigue siendo moderado y plantea interrogantes fundamentales sobre la calidad de esa lectura.
El verdadero desafío cultural persiste intacto, incluso cuando observamos multitudes abarrotando los salones de Corferias durante eventos como la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBo). La aparente masificación de estos espacios culturales puede crear una ilusión de que Colombia se ha convertido en una nación de lectores ávidos, pero la realidad podría ser diferente.
La crucial distinción entre lector y 'leedor'
La pregunta incómoda que resurge constantemente en debates académicos y culturales es: ¿estamos realmente formando lectores auténticos o simplemente estamos acumulando 'leedores' funcionales? Un 'leedor' cumple con una obligación: lee porque debe responder a exigencias externas como preparar una clase, presentar un examen o entregar un informe laboral. Para esta persona, el libro representa principalmente un instrumento utilitario, un medio para alcanzar un objetivo práctico inmediato.
En marcado contraste, el verdadero lector se queda con el texto por una necesidad interior que frecuentemente no puede explicar con palabras simples. Lee por genuino placer, por impulso intelectual, por esa forma particular de intimidad que surge cuando alguien decide invertir horas explorando un mundo literario ajeno al propio. Esta distinción conceptual resulta fundamental para comprender la profundidad del reto educativo y cultural que enfrenta el país.
La visión atemporal de Pedro Salinas
El poeta español Pedro Salinas ya reflexionaba sobre esta cuestión en su ensayo 'El defensor', publicado originalmente en 1948. En esas páginas, el escritor afirmaba con claridad meridiana que el auténtico lector no busca provecho material ni ventaja práctica alguna. Lee exclusivamente "por el gusto puro de leer", movido por un "amor invencible al libro", por el deseo consciente de permanecer junto al texto durante horas prolongadas, de manera similar a quien se queda voluntariamente al lado de la persona amada.
Salinas subrayaba que en el lector genuino no existe ningún ánimo de extraer utilidad práctica inmediata de lo que lee, ningún objetivo que trascienda el libro y su universo literario particular. Esta perspectiva filosófica sobre la lectura como fin en sí misma contrasta notablemente con los enfoques instrumentales predominantes en muchos contextos educativos contemporáneos.
La imposibilidad de obligar a leer
Si un niño o adolescente preguntara directamente por qué debería convertirse en lector, probablemente ninguna respuesta convencional resultaría completamente convincente. No se puede obligar coercitivamente a nadie a desarrollar el hábito de la lectura por placer. Convertirse en lector representa una decisión profundamente íntima y personal que surge desde la curiosidad interior.
En la vida cotidiana, la mayoría de las personas leen principalmente por necesidad práctica: para cumplir con obligaciones laborales, para aprobar evaluaciones académicas, para resolver problemas inmediatos. Rara vez lo hacen por puro disfrute intelectual o emocional. Sin una motivación interna auténtica, cada vez son menos los individuos que se arriesgan a abrir un libro sin saber previamente qué van a encontrar entre sus páginas.
La trampa de la simplificación
Colombia, como muchas otras sociedades contemporáneas, insiste persistentemente en medirlo todo mediante cifras cuantitativas y en promover campañas publicitarias que prometen que "leer es fácil". Ahí se esconde la primera gran trampa conceptual. Decirle a un niño o joven que todo libro será sencillo y accesible equivale a condenarlo a la frustración cuando inevitablemente se encuentre con el primer tropiezo interpretativo.
No es cierto que leer sea siempre simple y lineal. La lectura genuina puede incomodar, puede exigir volver atrás en el texto, releer pasajes complejos, dudar sobre interpretaciones iniciales. El pensador colombiano Estanislao Zuleta advertía acertadamente que no existen textos completamente fáciles ni atajos mágicos para comprenderlos plenamente. Cuando un contenido parece excesivamente claro y transparente, frecuentemente el problema no radica en el libro mismo, sino en la ilusión engañosa de que estamos entendiendo profundamente.
La superficialidad versus la profundidad
No existen autores intrínsecamente sencillos: lo que existen son lecturas superficiales que se conforman con la superficie del texto. Leer implica necesariamente esfuerzo cognitivo e interpretación activa; significa construir sentido desde el texto literario y no simplemente repetir mecánicamente lo que ya pensábamos con anterioridad. A pesar de esta evidencia, seguimos reduciendo la compleja experiencia de la lectura a una meta estadística simplista.
Se segmentan edades demográficas, se ordenan listas de libros recomendados, se trazan trayectorias de lectura como si el deseo literario pudiera programarse algorítmicamente. Como si el asombro intelectual y emocional que provoca la gran literatura pudiera obedecer instrucciones pedagógicas preestablecidas.
La perspectiva sociológica de la apropiación
La reconocida socióloga argentina María Eugenia Dubois sostiene que al leer nos apropiamos activamente de palabras y conceptos que, al integrarse a nuestro universo mental, nos hacen progresivamente más libres. Pero esa libertad intelectual no nace nunca de la obligación externa ni del cumplimiento coercitivo. Nace exclusivamente del descubrimiento personal, del riesgo interpretativo asumido voluntariamente, de la dificultad cognitiva enfrentada con curiosidad auténtica.
La paradoja de los resultados inmediatos
Quizás ahí resida el problema central de muchas políticas culturales y educativas: queremos obtener resultados cuantificables inmediatos en un proceso que es esencialmente íntimo, personal y necesariamente lento. Nos conformamos con formar 'leedores' funcionales —personas que descifran competentemente textos— y olvidamos que un verdadero lector es alguien que se transforma interiormente a través del encuentro con la literatura.
La lectura, como afirmaba magistralmente el escritor argentino Jorge Luis Borges, "debe ser una de las formas de la felicidad humana y no se puede obligar a nadie a ser feliz". Esta reflexión borgiana resume el desafío fundamental: cómo promover el encuentro feliz con los libros sin caer en la imposición contraproducente que termina alejando a las personas precisamente de lo que se pretende acercarlas.
