León de Greiff: el poeta del pueblo que pervive en la memoria colectiva
León de Greiff: el poeta del pueblo que pervive en la memoria

Este fue uno de los libros que Hjalmar de Greiff entregó a la biblioteca de la Universidad Eafit. Esta copia vino con una dedicatoria a Belisario Betancur. Foto: Biblioteca Universidad Eafit, Medellín.

Un poeta del pueblo

Cuando un borracho, un estibador enrumbado o un albañil —descendiente de aquellos que construyeron Tebas— declama algunos versos extraños, musicales, casi siempre llenos de palabras altisonantes, entonces estamos ante un fenómeno extraordinario: el poeta pertenece al pueblo. Quién creyera que en bohemias infinitas se recuerde a Rosa del Cauca, la Venus de Bolombolo, la de los “perfectos muslos”; o se cante aquello de “Juego mi vida, cambio mi vida / de todos modos la llevo perdida”. Quién pudiera creer que de Amagá a Titiribí o del Cangrejo a La Pintada, se recite en fondas camineras el Relato de Ramón Antigua (“llegaron a La Herradura, / palacio de zinc y guadua / (y de Mil y una Noches / de Xariar y Xeherezada…”). O que en alguna cantina de noches extraviadas alguien, atiborrado de alcoholes, se deje venir con “Esta rosa fue testigo / de ese, que si amor no fue, ninguno otro amor sería”.

El forjador de Los Panidas

Un poeta descendiente de escandinavos y germánicos (Francisco de Asís León Bogislao de Greiff Hausler o León de Greiff), nacido en el centro de Medellín, en la carrera Bolívar, expulsado de la Escuela de Minas, forjador del grupo juvenil de Los Panidas, trece muchachos que, además de alborotar la aldea de ricos barrigones, clerecía y transacciones bursátiles, suscribieron un pacto suicida. Desde el principio cuestionó a quienes padecen “una total inopia en los cerebros” y a la “gente necia, local y chata y roma”. Hace casi medio siglo murieron Gaspar de la Noche y Leo Le Gris; juntos formaron a ese hombre que fue estadígrafo, contador, administrador de la construcción del Ferrocarril Bolombolo-La Pintada, y que decía que no lo creyeran poeta por su taheña barba y su alta pipa. Era poeta y listo. Era el de los tres mundos, como lo llamó Germán Arciniegas: de Antioquia, de Escandinavia y de sus soledades muy nutridas.

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Un falso solitario

Era también —según Arciniegas— un falso solitario. A sus tertulias de la alta noche asistían Lady Macbeth, Ofelia, Hamlet, Anabel, Ulalume, Sergio Stepansky, Víctor Hugo, el cojo Byron, y por ahí también se aparecían buenos aguardienteros (y grandes escritores) como Carrasquilla y Efe Gómez. Cuando frisaba en los setenta y cinco años, un vagabundo intentó robarle y el poeta lo ahuyentó a puñetazos. La poesía sirve, entre tantas cosas, para espantar ladrones y convocar a los búhos, símbolo de la sabiduría.

Inventor de palabras

De Greiff, inventor de palabras, surtidor de neologismos, hacedor de “acrobatismos prosódicos” (como lo señaló Eduardo Castillo), era un poeta destinado a permanecer en la memoria de la gente. Que es donde deben habitar los grandes vates. Es hermoso escuchar en algún bar a alguien, tal vez un artesano, de aquellos que se atrevían a leer y tenían buen oído, recitar estrofas de Ramón Antigua: “En el alto de Otramina, / ganando ya para el Cauca / me topé con Martín Vélez / en qué semejante rasca…”.

Claro: se ha dicho que es un poeta para minorías selectas. Pero si se irrigara al pueblo con buena parte de sus poemas, tan melodiosos, de Greiff seguiría despierto en el alma popular. “Yo, señor, soy acontista. / Mi profesión es hacer disparos al aire”. En Colombia, como es fama, no ha sido común hacer tiros al aire, sino al “aire de los pulmones”. O, peor aún: es un país donde se convoca, sin vergüenza alguna, a matarnos, porque “bala es lo que hay y bala lo que viene”.

El refugio de la biblioteca

Por estos días, en que se ha vuelto a publicar una Antología de León de Greiff, ha circulado en las redes sociales una fotografía del poeta en medio del caos extraordinario (y organizado en su desorden) de su biblioteca, en la casa de Bogotá. Seguro, en esa inmensidad anárquica, él sabía dónde estaba lo que requería. Y se refugiaba de los ambientes de vulgaridad y huía de los “gansos del Capitolio”, de toda “aquésa gentuza verborrágica” que le causaba hastío, bascas y gelasmo, como lo declara en el Relato de Gaspar.

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Más que para élites

León de Greiff, me parece, no es solo para lectura de unas élites pequeñoburguesas. Es, si hubiera una divulgación más efectiva de su obra, un poeta que, por su musicalidad, sus ritmos, sus orquestaciones wagnerianas, pero, a su vez, por su capacidad de repartir sensibilidad y crear inquietudes trascendentales, un juglar para elevar el espíritu de todos.

Es una muestra del milagro de las palabras cuando, en cantinas y esquinas de la conversación fraterna, alguien dice, como si nada: “Cambio mi vida por lámparas viejas” y entonces aparecen genios miliunanochescos, y Scheerezada revive en las barriadas de siempre. Y así, pese a su vieja muerte, reaparece el poeta de la “alta pipa”, el mismo de “Oh Bolombolo, país exótico y no nada utópico”.

Hace casi cincuenta años la señora muerte se llevó a don León, que con sus musicales versos sigue resonando en la memoria de la gente. Por Reinaldo Spitaletta.