Teresa Wilms Montt: La rebelde aristócrata que desafió convenciones hasta el final
Teresa Wilms Montt: La aristócrata rebelde que desafió todo

La infancia rebelde de una futura escritora

En lugar de concentrarse en las lecciones escolares, la joven Teresa insistía en hablar sobre mitología griega, mencionando a Venus, Apolo y los frutos de sus uniones. "¡Cópieme veinte veces el verbo obedecer!", le ordenaba su institutriz, un mandato que terminaría cumpliendo cientos de veces, quinientas para ser exactos.

Aquella criatura irreverente y de belleza desgarradora, que llevaba en sus bolsillos terrones de azúcar y hasta un pájaro muerto, podría haber cubierto las paredes del palacio familiar con la repetición de una palabra que conocía bien, aunque nunca se detenía a considerar cómo ponerla en práctica.

La persecución de su pasión lectora

En una ocasión, su madre la descubrió escondida dentro de un armario, en posición fetal y con un libro pegado al rostro. "¿Cuántas veces tengo que decirte que no lees?", le reprochó. Las manos maternas apretaron sus muñecas con la fuerza de trampas dentadas destinadas a lobos.

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El cuerpo de Teresa se agitó violentamente mientras, con los ojos inundados de lágrimas, observaba cómo su madre destrozaba el libro que estaba leyendo. A pesar de todo, como se mencionó inicialmente, la niña persistía en su desobediencia.

El matrimonio temprano y la vida convencional

Esta era la tendencia natural de la segunda entre siete hermanas nacidas en los dominios aristocráticos de la familia Wilms Montt. Su reincidencia en transgredir las normas no cesaría hasta abandonar el palacio para convertirse en el problema de otro.

Su nuevo apoderado llegaría una noche de 1909 a la casa ubicada en la calle Viana 301, en Viña del Mar. Un joven visitante que arribó acompañado de su familia escuchó el canto más dulce que jamás había oído. "Es Teresa", se apresuró a explicar el padre.

Así, La bohème de Puccini se convirtió en el inicio de una conversación que derivó en la fiebre del enamoramiento. Oponiéndose a la voluntad familiar, con apenas dieciséis años, Teresa contrajo matrimonio.

La ruptura con las expectativas sociales

La luna de miel duró poco. Una vez casada, Teresa comenzó a beber en público, a fumar sin reparos y a exponer abiertamente sus ideas anarquistas junto con críticas directas hacia la Iglesia. Para colmo de males, decidió que quería convertirse en escritora.

Con el tiempo, empezó a publicar artículos en periódicos locales y a establecer amistades con hombres de letras. Su escritura contenía dolor y éxtasis, ansias de vida y de muerte, misticismo y un decálogo de pasiones truncadas. Nadie podría afirmar que lo escrito por Teresa carecía de profundidad.

El conflicto familiar y el encierro conventual

A su marido le desconcertaba llegar a casa y no encontrarla doblando ropa de bebé, entusiasmada con los detalles que sostenían los cimientos de un hogar según los mandatos divinos. Teresa sería madre de dos niñas, pero nunca abandonaría la lectura, y su deseo de escribir no era ningún capricho pasajero.

La familia fue alertada por el marido, quien se quejó ante el padre como quien había comprado una muñeca con un defecto terrible. El padre se lavó las manos y aconsejó a su yerno: "Bótela a la calle". El buen cristiano tuvo la consideración de no dejarla a la intemperie, llevándola a un convento donde mujeres de buena familia, locas o acusadas de delitos morales, encontraban ¿un hogar? ¿Un refugio? ¿Una prisión?

Ocho meses de tortuoso encierro

"No escriba, Teresita", le advertía la Madre Engracia, "le va a hacer mal, ya ve, está usted tan débil y de una palidez cadavérica". Teresa respondió: "Madre, no sabe lo que es escribir para mí. Haga usted cuenta que se está asfixiando y llega una persona a darle aire, ¿le diría que se quitara?".

La huida y el exilio en Buenos Aires

La complicidad de su amigo, el poeta Vicente Huidobro, fue crucial para planear la huida. Teresa se vistió de negro, personificando a una viuda afligida. Dejaron atrás el convento del barrio Brasil, ubicado en la capital chilena, y partieron rumbo a Buenos Aires.

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A pesar de los cinco libros que logró publicar y de sentirse querida y celebrada por los círculos intelectuales porteños, Teresa continuó "enferma del extraño mal" que se había apoderado de sus pensamientos. Lo intentó una y otra vez, invocando la vida que soñaba al lado de sus hijas.

El trágico final en París

Un día escribió en su diario que morir debía ser como sumergirse en un baño tibio durante las noches heladas. En París, una fría noche de diciembre, Teresa Wilms Montt introdujo veneno en sus venas, poniendo fin a una vida de lucha constante contra las convenciones que intentaron silenciarla.