La infancia en la Casa de Bolívar: cuando un museo fue hogar para una familia santandereana
Infancia en la Casa de Bolívar: cuando un museo fue hogar familiar

La disciplina de un hogar dentro de un museo histórico

En la memoria de Martha Susana Plata, la Casa de Bolívar no comienza con la palabra "Libertador", sino con el brillo meticuloso del piso. Su padre, Rito Antonio Plata Ardilla, aparece en su recuerdo agachado, concentrado en la faena diaria del pulimento. "Mi papá era el encargado de los horarios de visita. Él era muy estricto con eso. Era quien pulía y brillaba los pisos", relata Martha. Y cuando evoca los patios, no menciona primero bustos ni placas conmemorativas, sino las piedras que relucían bajo el cuidado constante.

Una infancia entre corredores históricos

Martha nació en 1966 y es la menor de nueve hermanos que vivieron en la casona del centro de Bucaramanga entre 1957 y 1969 aproximadamente. La familia completa incluía a José Atanasio, Ana Mercedes, Lucía Cristina, Jorge Enrique, María del Rosario, Antonio María, Claudia Isabel, Margarita y finalmente Martha. Un décimo hermano, Félix Francisco, murió a los seis meses de edad.

Para estos niños, el museo fue simplemente su hogar: el jardín servía como cancha de juego, los salones como escondite perfecto, y los corredores históricos como pasillos familiares. La casona que normalmente se describe mirando hacia arriba -con sus techos altos y retratos solemnes- en su relato se cuenta a la altura de la infancia.

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La rigidez jesuita en la vida cotidiana

Rito Antonio Plata, nacido en Zapatoca en 1895, había sido seminarista jesuita antes de convertirse en administrador y cuidador de la Casa de Bolívar. Aunque abandonó el seminario, mantuvo el rigor de la formación religiosa en la vida diaria. "Nunca lo vimos en pantalones... Nunca una grosería", recuerda Martha sobre su padre, quien no fumaba ni bebía.

La disciplina era estricta: los niños se acostaban a las 7:00 p.m. y a las 5:00 a.m. ya estaban en rutina de misa, marcada por un padre que trasladó esa formación, sin sotana, a la vida cotidiana del museo. El horario se cumplía con precisión militar, reflejando la formación casi clerical del patriarca familiar.

El trabajo invisible detrás del patrimonio

Ana Francisca Gómez Durán, madre de Martha, nació en La Fuente en 1933 y quedó huérfana a los siete años. Llegó a Bucaramanga para trabajar como empleada doméstica, donde conoció a Rito Antonio cuando tenía 17 años. Tras casarse, se mudó a la Casa de Bolívar donde su vida se repartió en tareas complementarias: él controlaba el reloj y las visitas; ella sostenía el jardín.

"Mi mamá era la encargada del jardín. Ella cuidaba las flores", explica Martha. En esa frase aparece lo que casi nunca entra en la versión oficial de un museo: el trabajo invisible de mantenimiento. Martha guarda una anécdota reveladora: un visitante asiduo, "un doctor" como se decía entonces, era alérgico a las telarañas y llegaba mirando el techo, no el piso. "No podía ver una telaraña. Mi mamá era la encargada de que no hubiera ninguna".

Para la familia Plata Gómez, el patrimonio no eran solo los objetos históricos, sino también el brillo del piso y la ausencia de telarañas en los techos -señales de que el lugar no sufría abandono.

Fragilidad histórica y accidentes domésticos

Mientras la historia pública sostiene que Simón Bolívar se alojó allí en 1828 y que su edecán Louis Perú de Lacroix dejó registro en el "Diario de Bucaramanga", los historiadores locales han documentado las vicisitudes administrativas y presupuestales del lugar. Armando Martínez Garnica ha escrito sobre estas dificultades, y Miguel José Pinilla Gutiérrez explicó en 2019 que una intervención era urgente por el deterioro de la cubierta.

En la memoria doméstica, esa fragilidad se experimentaba en carne propia. Martha recuerda un accidente significativo: un paredón se vino abajo, una vitrina cayó y le abrió la cabeza a Rito Antonio. Aunque no murió, el susto quedó sembrado en la memoria familiar.

A pesar de los rigores y peligros, la infancia insistía en su propia alegría: trepar la enredadera, reventar flores amarillas en la mano, comer granadas en el patio. En el salón de conferencias había una mesa grande, la que llamaban "la mesa de Bolívar", donde se sentaban en fila para comer "como si el país cupiera en la hora de la comida".

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La transición y el regreso emocional

Con el tiempo, la familia creció y la Casa ya no alcanzó para todos. Compraron vivienda en Girón y otra en La Novena, pero no hubo ruptura completa con el museo. "Venían y iban", describe Martha. Rito Antonio siguió como administrador; los hijos volvían a acompañarlo; Ana Francisca regresaba a regar el jardín y ayudar con el aseo.

Luego vino la viudez. Rito Antonio murió a los 83 años y Ana Francisca quedó joven, con hijos todavía pequeños. La pensión no llegó como esperaban y la precariedad económica apretó. "La mayoría no llegamos ni a bachillerato", confiesa Martha sobre las consecuencias de esa transición difícil.

La crónica vuelve al presente como vuelven los hermanos: caminando despacio por los patios donde alguna vez corrieron. "Quisimos volver a recordar... y a tomarnos las fotos familiares", dice Martha sobre el miércoles 11 de febrero, cuando entró con los suyos a la casa donde fueron niños.

Por un instante, durante esa visita, el museo dejó de ser museo: volvió a ser casa. Y la historia, en vez de imponerse con su peso monumental, se dejó tocar por lo más simple y humano: el brillo del piso cuidadosamente pulido y el agua fresca del jardín meticulosamente cuidado.