La noche de luna llena y el conocimiento que guía a Uday
Era una noche de luna llena, aunque densas nubes ocultaban su brillo, pero Uday conocía las señales. Las hormigas anunciadoras revoloteaban alrededor del fogón, evitadas por los humanos pues, según la sabiduría de los abuelos, comerlas causaba sordera. Este conocimiento ancestral, transmitido en noches al calor de las fogatas, predecía un fuerte aguacero y un sol radiante al día siguiente.
Uday completó su última comida nocturna y preparó todo para despertar antes del amanecer. Una larga jornada lo esperaba, requiriendo alimentos energéticos pero ligeros, pues la travesía sería agotadora pero valiosa. Aunque logró descansar, su sueño fue interrumpido por lluvias confirmando sus predicciones, y por una pesadilla donde veía sus planes derrumbarse bajo las burlas de la comunidad.
El amanecer en el cañón del Chicamocha y la búsqueda de hormigueros
Al despertar, Uday comió rápidamente y cargó su mochila con arepas de maíz pelado, nacumas asadas y agua. Sabía que debía caminar más de dos horas a paso firme para encontrar hormigueros disponibles, pues los más cercanos estarían ocupados por Guary, el hijo del cacique, quien había contratado ayudantes con generosos pagos. Uday comprendía que no podía competir en cantidad, pero sí en estrategia y dedicación.
El cielo se despejó tras la lluvia, revelando un paisaje imponente. La luna, reflejada en las aguas del río Chicamocha, creaba la ilusión de una serpiente dorada serpenteando entre montañas. Uday observó a lo lejos una montaña de punta blanca, de la que se decía convertía el agua en piedra, anhelando algún día explorar sus misterios. El canto de las aves anunciaba el festín inminente: la salida de las hormigas culonas.
La recolección bajo el sol ardiente y las leyes de la naturaleza
Cuando el sol ascendió, el fresco matutino dio paso a un calor sofocante. Uday racionó su agua cuidadosamente y, al llegar a su destino, usó hojas de borrachero para protegerse de picaduras de insectos. Los hormigueros parecían un tapete café, con pájaros capturando hormigas en el aire. Uday respetó la norma ancestral: no recolectar aquellas hormigas que, tras aparearse en vuelo, regresaban a tierra sin alas, pues habían ganado su libertad.
Solo al llenar su recipiente, Uday notó el descenso del sol y su hambre. Comió arepas, nacumas y unas hormigas crudas, sintiendo su sabor como un manjar. De regreso, vio a vecinos preparando hormigas para Guary, sabiendo que esa tarea también le esperaba.
La preparación con sal del norte y los sueños de un "aguigua"
Uday usó una sal costosa obtenida mediante trueque con viajeros del norte, necesaria para resaltar el sabor. Sumergió las hormigas en salmuera mientras el olor a partes quemadas impregnaba el caserío. Agotado por la caminata, la recolección y el regreso, durmió soñando con dejar de ser un hombre solitario y convertirse en un "aguigua", hombre con mujer en casa.
El tostado perfecto y la ofrenda en el árbol de las ofrendas
Al amanecer, Uday tostó las hormigas en un tejo de barro grande, removiéndolas hasta que sus culos se inflaron, señal de perfección. Seleccionó los mejores culos y los colocó en un poporo de barro amarillo decorado con figuras de achiote rojo, mostrando tres momentos clave de las hormigas culonas.
Antes del mediodía, Uday llegó al cruce donde Yama, la única "tygui" de la tribu, pasaría con las mujeres. Sabía que su rival, Guary, había dejado cinco vasijas llenas de hormigas, suficientes para toda la comunidad. Uday ató su poporo a una rama del árbol de las ofrendas, a la altura de los ojos de Yama, con un nudo seguro pero fácil de soltar.
La elección de Yama y el triunfo del amor sobre la cantidad
Bajo la sombra de una ceiba, Uday observó en silencio mientras las mujeres se acercaban. Yama detuvo su mirada en las cinco vasijas de Guary, suspiró, y luego tomó el poporo de Uday. Risas estallaron cuando las otras mujeres repartieron las vasijas de Guary, mientras Yama seguía el consejo de su abuela: "quédate con el que te haga sentir hormigas en el estómago". Ella prefirió iniciar una historia de amor de pie, no arrodillada.
Uday vio a Guary retirarse con sus ayudantes, sabiendo que las reglas tribales eran claras: Yama lo había elegido. De regreso al caserío, risas y cantos celebraron la unión próxima, con una canción que decía: "Vuelan mis hormigas en tu estómago, porque has aceptado mi ofrenda de amor".