Jorge Drexler: la anatomía musical del cantautor uruguayo
Jorge Drexler: anatomía musical del cantautor uruguayo

El uruguayo Jorge Drexler creció en medio de una dictadura; estudió medicina para seguir los pasos de sus padres, pero mandó todo al carajo para ser músico. Sus discos no se vendían, sus canciones triunfaban en las voces de otros, pero un día ganó un premio Óscar, y desde hace tiempo no ha parado de recibir aplausos y más premios. Le compuso una canción al amor de su vida sin haberla visto en la vida real y solo varios meses después pudo conocerla. Le gusta Alejo Durán, los Aterciopelados y el Binomio de Oro, y en un bar de Montevideo bailó con la actitud de un fiestero En Barranquilla me quedo. Su nuevo disco se llama Taracá y recupera los ritmos del candombe. Esta es su historia.

Los inicios de un científico musical

En la era del Mesoproterozoico se creó el sexo y el amor. Una célula visionaria, en un acto inaudito, tirando a heroico, tuvo una idea revolucionaria: cansada ya de dividirse sola vio con buenos ojos a otra célula vecina. Se mezcló; se fusionó. Jorge Drexler canta este feliz acoplamiento amoroso en la primera estrofa de El plan maestro, al lado de Rubén Blades. Eso es en lo que cree este científico musical que estudió medicina, se especializó en otorrinolaringología y mandó todo al carajo para dedicarse a la música desde los 30 años.

Con su barba canosa y unas gafitas negras circulares, el uruguayo tiene pinta de prodigio, y lo es. A sus 61 años, tiene 17 Latin Grammys y un Óscar; fue la primera vez que una canción en español obtuvo este galardón. En ese 2005, estuvieron nominadas Accidentally in Love, compuesta por Adam Duritz para Shrek 2; Believe, de Polar Express, de Glen Ballard y Alan Silvestri; Learn to Be Lonely, tema de El fantasma de la ópera compuesto por Andrew Lloyd Webber y Charles Hart; y Look to Your Path, del icónico filme francés Los chicos del coro, creada por Bruno Coulais y Christopher Barratier. El que se llevó el gran galardón fue Drexler, por interpretar y componer Al otro lado del río, el himno de Diarios de Motocicleta, la película sobre el Che Guevara dirigida por Walter Salles, protagonizada por Gael García y Rodrigo de la Serna.

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La dictadura y sus primeros años

Jorge tiene tres hermanos: Paula, Daniel y Diego, y son hijos de una mamá católica y un papá judío alemán que a los cuatro años huyó del holocausto para —años más tarde— caer en otra dictadura en su nueva patria: la de Juan María Bordaberry. Por eso, de los 9 a los 20 años, Jorge Abner Drexler Prada creció con intervenciones militares en su casa, hablando de asuntos políticos en voz muy bajita a la hora de la cena y en un colegio en que a los niños se les medía hasta el largo del pelo con un metro, porque los mechudos eran revolucionarios.

Terminó el colegio y, sin pensarlo mucho, heredó la profesión de sus papás médicos, que, de hecho, se conocieron en la facultad. Tuvo un trabajo juvenil como salvavidas. Otro como médico a domicilio. Seis años de universidad. Cuatro más de trabajo en el consultorio familiar como otorrinolaringólogo. Así, la calma, acompañada de rutina, se convirtió en un caos que lo alejó de los estetoscopios para empujarlo a la música y abrir conciertos de Caetano Veloso en el Teatro Solís de Montevideo, y de Joaquín Sabina en el Teatro de Verano de Montevideo.

Dejó todo tirado a pesar de los: “Estás tirando tu vida por la borda” de Gunther, su padre. Empacó maletas y arrancó para España el primero de febrero de 1995, solo porque Joaquín Sabina, antes de convertirse en su familia musical, le aconsejó de forma descuidada que se mudara a Europa. Al poco tiempo que llegó, abrió uno de los conciertos del también poeta, que terminó en una rumba de 12 horas en lo profundo de un bar que estaba en una cueva del Sacromonte. Entraron a la 1:30 a. m., salieron a las 2 p. m. del día siguiente y, en medio de la jornada, el cantaor Enrique Morente y su familia se unieron con guitarras a la fiesta.

En ese entonces, compartía piso con casi una decena de uruguayos. Luego, pasó a tener unas pocas cosas, pero propias, como un Renault Clio. En esa época, en la que también tenía una billetera apretada, aprendió a ser papá de Pablo, su primer hijo, que ha seguido sus pasos y es conocido como Pablopablo. Él fue el resultado de su romance con Ana Laan, una cantante que graba sus discos bajo el seudónimo de Rita Calypso.

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La forma que encontró para colarse en la industria fue prestarles su puño y letra a otros que empezaban a figurar en la música. Sus primeros álbumes fueron un desastre, pero insistió, a pesar de que la mayoría de sus colegas le dijeron que lo suyo era estar tras bambalinas, hasta que llegó el álbum Frontera y la canción Todo se transforma. Tenía 40 años.

El amor y la música

No es religioso. Tampoco cree en el matrimonio. Aun así, el segundo gran amor del médico musical es la actriz y cantante Leonor Watling, con la que tiene dos hijos más: Luca y Leah. Para Drexler, la música se categoriza en la que estimula la cabeza; en la que llega al corazón; y otra que es muy física, como el reguetón. En su nuevo álbum, Taracá, intenta borrar las líneas que él mismo trazó y las revuelve con candombe, un género afrouruguayo que une el toque de tres tambores: chico, repique y piano, reconocido por la Unesco como patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad desde el 2009.

Había mucho miedo. Mis padres eran médicos y recuerdo que a veces tocaban el timbre buscando ayuda. Traían heridos a casa. Yo sabía que la hija de la vecina, que me enseñó a tocar piano, estaba presa por tupamarista

De ahí el doble sentido del nombre del álbum. Taracá puede ser el golpe de los tambores, pero también, como se dice popularmente, y en un acento bien uruguayo, ‘estar acá’, porque el disco es una invitación a la fiesta, a vivir el presente y a dejarse llevar. Para presentar el disco, Drexler primero encerró a sus músicos y fanáticos en un saloncito de Elefante Blanco, el estudio musical de la banda uruguaya No Te Va Gustar. Y narró cómo “durante el reinado de Felipe II, en julio de 1583, un decreto de los alcaldes de Casa y Corte de Madrid prohibía bailar la Zarabanda bajo pena de 200 azotes y seis años remando en galeras, por mover las caderas”. Esa fue la intro de Ante la duda, baila, una canción en la que usó la calle de Isla de Flores como su estudio de grabación. “Los compases que sampleamos tienen a un perro de barrio ladrando y quedó ahí. Estaba ladrando en clave. Muy curioso. Los perros están tan acostumbrados a los tambores que van en ritmo”, cuenta entre risas y recuerda que le habían borrado la palabra culo de la canción y luego volvió a un estudio solo a grabarla.

Drexler dice que es un tronco para el baile. Le achaca la culpa a la rigidez dictatorial en la que creció. Pero, luego del lanzamiento, en un bar de Montevideo, se paró a bailar En Barranquilla me quedo sin la habilidad de un salsero, pero con toda la actitud de una persona que se defiende sin esfuerzo en una fiesta. Es cercano a Colombia porque su abuelo se casó con una manizaleña. Ama al Binomio de Oro, Alejandro Durán y a los Aterciopelados.

Tiene un grupo de WhatsApp en donde entrena su creatividad y solo escribe en décimas, que son estrofas poéticas de diez versos octosílabos y que se han convertido en parte de su esencia musical.

Entrevista exclusiva

De los 9 a los 20 años creció en un ambiente bien restringido. ¿En qué momento de esa niñez entendió que estaba en una dictadura?

Teníamos discusiones políticas sobre el Uruguay de los 70. Era un país en donde el conflicto estaba muy a flor de piel. Una vez, cuando yo tenía 6 o 7 años, entró el Ejército a mi casa a buscar libros o a ver si había armas. Mis padres no estaban, pero sí una chica que nos cuidaba a mis hermanos y a mí. Yo era consciente de que mi papá tenía un arma. Me preguntaron, dijimos que no y se fueron. Mi padre nunca usó un arma, pero era una época de tanto conflicto que tenía una pistola guardada. Había mucho miedo. Mis padres eran médicos y recuerdo que a veces tocaban el timbre buscando ayuda. Traían heridos a casa. Yo sabía que la hija de la vecina, que me enseñó a tocar piano, estaba presa por tupamarista (el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, MLN-T, fue una guerrilla urbana marxista-leninista activa en Uruguay entre los años 60 y comienzos de los 70, con figuras como Raúl Sendic y José ‘Pepe’ Mujica). Mis hermanos y yo éramos muy conscientes. Tengo en mente imágenes mías previas a la dictadura, antes de los 9 años, en las elecciones del 71 de Uruguay, participando en las manifestaciones políticas y en las primeras caravanas que había. Me crie en un entorno hiperpolitizado. Sabíamos perfectamente qué votaban en mi familia, con 7 años sabíamos hasta qué votaba cada vecino del barrio. Nos dimos cuenta inmediatamente cuando empezó la dictadura. La mitad de mi familia se exilió, mi casa se llenó de familiares que habían echado de su trabajo en el interior y se vinieron a vivir con nosotros, en Montevideo, antes de irse a Venezuela. Hablábamos en voz baja en la mesa, a la hora de la comida en casa. También sabíamos qué no se podía hablar en la calle, en la escuela.

¿Luego de eso vino Israel?

Ahí escribí mi primera canción. Di mi primer beso, fui a mi primera manifestación, que fue por el sueldo de los maestros. Tenía 14 años, fue un año iniciático para mí desde muchos puntos de vista. Antes de irme, había empezado la secundaria en Uruguay. A la entrada, había una persona parada en la puerta con una tijera y si el pelo te tocaba el borde de la camisa, te lo cortaba sin más. Pac, pac. Adiós al pedazo de pelo. Las chicas entraban por un lado y los chicos por otro. Lo que les tocaba a ellas era el dobladillo del uniforme. Había una mujer con otra tijera, encargada de deshacer la altura de las faldas para que les cubriera la rodilla. Yo veía que cuando pasaban el control se iban para el baño antes de que empezaran las clases para coserse otra vez el famoso dobladillo (cuenta entre risas). Todo el tiempo fue formación militar. Agarras a un chaval así a los 14 años y lo llevas a vivir a un Estado que en ese momento estaba en un periodo de ocupación. Porque Israel todavía no se había vuelto una locura, no había perdido esa aura de idealismo que tenía al principio y funcionaba como una democracia, al menos para los ciudadanos israelíes. Me pareció increíble, la verdad, había una libertad sexual, política, artística muy grande.

¿Con su nuevo álbum hace las paces con el movimiento y el baile?

Mis primas se exiliaron en Venezuela, cuando el país prestaba ese tipo de ayuda. Al volver traían los casetes de música. Mi abuelo me traía los vallenatos de Alejandro Durán y poníamos a Alejo y al Binomio de Oro. Todos ellos se ponían a bailar y todos los que nos habíamos quedado en Uruguay los mirábamos como si fueran aves coloridas de otros mundos. Cuando la música me regaló a Iberoamérica, empecé a recorrerla y me di cuenta de lo que me había perdido. Hasta Taracá, mi nuevo disco, llega ese intento de quitarme la rigidez.

La décima es uno de sus sellos musicales, ¿en qué influyó Joaquín Sabina?

Yo sabía de la existencia de la décima y sobre todo del octosílabo, el verso de ocho sílabas que constituye cada uno de los escalones de la décima. Porque encontré unos versos en la secundaria míos que estaban escritos todos en octosílabos sin saber lo que era eso. Joaquín me hizo sentir vergüenza por no saber la estructura de la décima. Me dijo, “tú eres latinoamericano, escribe en décimas, tienes que saber hacerlo. En tu país se usa la décima”. Y ahí me volví más consciente, a través de la carencia, de lo que yo no tenía, me fui a aprender, a buscar en Google cómo se escribía una décima. Fui autodidacta, como en todo lo que hago en literatura. Yo no tengo una formación sistemática de literatura.

¿Cuando estudió medicina sabía que se había equivocado?

No lo sabía entonces y no lo creo ahora, para ser más justos. Pensé que la había cagado durante mucho tiempo, que había perdido 10 años de mi vida en la facultad de Medicina estudiando una serie de disciplinas científicas como bioquímica, biofísica, matemática, fisiología, anatomía, fisiopatología, clínica, etc. Veía a mis colegas de la música como Andrés Calamaro, Fito Páez, que desde los 17 años estaban en la carretera y subidos en un escenario. Yo recién empecé a vivir de la música a los 30, o sea, empecé mucho más tarde. Exactamente desde los 30 que dejé la medicina, hasta los 40 que saqué el disco Eco, estuve pensando que había cometido un error. Cuando cumplí 40 escribí una canción que se llamaba Todo se transforma. Ahí es la primera vez que integro las dos tradiciones y que digo: “Bueno, a ver, si hay algo que aprendí en estos años de bioquímica, la ley de conservación de la masa y de la energía, es que puedo utilizar mi visión del mundo y traducirla en canciones”. Integré eso y de golpe sentí que no solo me completaba como persona, sino que al estar vibrando yo entero no escondía ninguna parte de mí. Fue como si saliera del armario. Me confesé: “Yo soy esto” y ya está. Durante mucho tiempo me avergoncé de lo que era, porque los músicos pensaban que si vos no sos un bohemio artista, no sos un artista completo, lo cual no es cierto. Yo soy el hijo mayor de un matrimonio de dos médicos que tenían muchas diferencias en su origen, porque fueron dos familias muy diferentes que se juntaron, pero que tenían una comunión en la intención profesional. Para los dos, la universidad y ser universitario y trabajar como médico era lo más grande a lo que podías aspirar.

¿Qué tal la llegada a España?

Después de tener mi futuro resuelto, porque mis padres tenían una clínica privada de otorrinolaringología donde yo tenía mi propio consultorio, con mis pacientes y un futuro económico completamente resuelto, tiré todo por la borda. Después de 6 años de experiencia de cirugía con mi madre y con mi padre, me fui a España a compartir piso con ocho uruguayos. En ese momento, también me enamoré de una mujer que compartía piso con otros cuatro. Realmente, no es que la música fuera una opción económica. Mi padre se agarraba la cabeza y me decía: “Estás tirando tu futuro por la borda, yo no te voy a acompañar en eso”. Después de que vio que era feliz me perdonó, pero al principio hubo una reacción como de: “Tú sabrás lo que haces con tu vida, si la quieres tirar a la basura, yo ahí no te voy a seguir”.

¿Cómo era sobrevivir sin ser médico en su lucha por entrar en el mundo de la música?

Esos primeros 10 años fue un periodo en el que la gente no suele fijarse. Era un momento de malestar económico. Al llegar a Europa, enseguida empecé a grabar canciones para otros artistas: Ana Belén, Víctor Manuel, Pablo Milanés, Ketama, Rosario Flores. Ellos sí vendían muchos discos, porque los cuatro primeros álbumes que saqué en España: Vaivén, Llueve, Frontera y Sea fueron un fracaso profundo desde el punto de vista industrial. Hubiera sido muy difícil subsistir solo con esos discos en España, con un hijo, además. Llegué en el 95 y en el 97 nació mi hijo Pablo. Tenía que mantener una familia. Nos tuvimos que ir del centro de Madrid porque no podíamos pagar un alquiler y vivimos en Escorial, que era más barato. Nos compramos un auto de tercera mano, un Renault Clio chiquitito. Aun así, siempre me sentí bien, porque estaba ganándome la vida con lo mío, con la música. Estaba orgulloso de haber tomado un riesgo y tenía un ingreso por derechos de autor que me permitía no vivir holgadamente, pero apretarme el cinturón cada tanto y aflojarlo a cada rato. Nunca tuve realmente problemas graves económicos, tuve suerte. Todo el mundo en la industria me preguntaba: “¿por qué insistes en tener una carrera solista? Si eres un compositor que todo el mundo le pide canciones, no saques más discos. Quédate ahí escribiendo para los demás y quédate en tu casa tranquilo. Para qué quieres salir de gira”. Pero yo sentía que tenía algo por decir.

Entonces, ¿cuál fue la puerta del éxito?

Llegó Frontera, que lo puse dentro de la lista de los discos que fueron un fracaso en España, pero aquí, en Uruguay, no. Aquí lo entendieron y en Argentina también. En esos dos lugares la gente dijo: “aquí hay una personalidad, un tipo que tiene algo para decir”. Después llegó Eco, que es donde está Todo se transforma. Ahí hice un saneamiento personal e incluí todo de mi ser y eso me dio una personalidad compositiva.

¿Cómo es estar en los Óscar sabiendo que no puede cantar su propia canción?

Mucho menos dramático de lo que la gente piensa. Te da un poco de bronca, pero nunca me gustó ser una víctima. Ni quejarme. El victimismo viene de un sentimiento de inferioridad y yo nunca me sentí inferior a la gente de los Óscar. Cuando empecé a averiguar, descubrí algo que nadie quiere decir en voz alta. En todas las ceremonias de los Óscar, las canciones no siempre son cantadas por su autor. Tal cual me dijeron: “Bueno, no es inhabitual. Son siete canciones nominadas y la tuya y otras dos no son cantadas por sus autores originales porque las va a interpretar una persona famosa. Esto es una ceremonia mediática. La Academia de los Óscar tuvo el curioso gesto de nominar una canción en español por primera vez en la historia. Pero, el productor de la gala, que es un señor que se dedica a la televisión y se fija en el rating, no te va a poner dentro del principal espectáculo mediático de Estados Unidos. Menos te van a dar 4 minutos de tiempo a ti que no te conoce nadie. Y no es algo personal”, remataron. “Tienes razón, no lo soy, no soy una cara conocida”, pensé. También les dije: “me hubieran consultado y les hubiera recomendado a Caetano Veloso”. “He is not good”, responde el tipo (recuerda Drexler entre risas). El tipo se llama Gilbert Cates. Luego completa: “He's been already”. Claro, Caetano había estado en una ceremonia de los Óscar anterior, cantando una versión de otra persona. Es un mundo sumamente delirante.

Y fue el primer Óscar a una canción en español.

En algún momento se planteó retirar la candidatura de la canción de los premios, pero por alguien dentro de la película. Averiguamos y no se podía. Iban a seguir y ahí frené y les dije: “No, hasta aquí llego, yo no la voy a retirar”. Era la primera nominación que me daban en toda mi vida y era a los Óscar. No podíamos ser ingenuos. En ese entonces pensaba que había escrito muchas canciones y Al otro lado del río la habían elegido. Es una buena canción, estaba contento y orgulloso de ella. El asunto no era solo por mí, tenía que ver con el rol que iba cumpliendo el idioma español en Estados Unidos. Era un voto de confianza. Devolvámonos unos años y pensemos en una estación de servicio de gasolina en Oklahoma, en donde trabaja un señor que no tiene papeles, tiene que ir a limpiar después que cierran de noche porque no lo pueden ver trabajando. No habla inglés porque llegó de forma clandestina al país y prende la televisión mientras limpia la estación. Ve en el principal espectáculo mediático norteamericano a alguien cantando en su idioma. Todo eso tiene un rol dentro de la comunidad hispana en Estados Unidos, en la historia del arraigo del español y del camino hacia el bilingüismo. Me siento honrado de algo que me dijeron muchas veces en los últimos días: que veían un paralelismo entre hacer una Superbowl en castellano y haber estado en la ceremonia de los Óscar con una canción en el mismo idioma. Sí que creo que las dos cosas forman parte de un camino que está realizando el bilingüismo dentro de Estados Unidos y la multiculturalidad. Mi granito de arena es muy pequeño comparado con los otros, pero es un granito de arena en esa misma playa.

¿Se anima a responderme con una décima en qué se inspira su nuevo álbum Taracá?

Te voy a responder con una décima, pero preescrita, por no ponerme a improvisar en este momento. El disco atravesó muchos momentos de pérdida del timón y reencuentro, de errores, de marchas para atrás y para adelante, de cambio de perspectivas y cambio de ideas. Entonces, hay una décima que yo escribí que se llama El ojo en la diana. Está dedicada a una cámara de fotos que se llama Diana. Eran buenas porque eran imperfectas, o sea, sacaban imperfecciones. Eran unas cámaras rusas muy baratas. Entonces dice:¡La gracia de lo imperfecto!¡La bendición del error!Cada cual es quien esPor lo que hace de sus defectosLa bruma de los afectosQue gobierna el alma humanaNos libre de la tiranaFiebre de perfeccionar¡Que a veces solo al errarAcierta uno en la diana!

También tiene un montón de Grammys, ¿cuál es el más especial?

Hubo uno que fue especial por mi dedicatoria. Por el disco Salvavidas de hielo nos dieron —creo— cinco Grammys en ese momento. Con el último álbum, Tinta y tiempo, tuvimos siete, que fue una locura, la verdad. Estoy muy contento de decirlo. En Salvavidas de hielo hubo un momento en que yo ya no esperaba que nos fueran a dar más y ya no tenía más nada que decir. Creo que fue cuando me entregaron el megáfono a mejor canción o mejor grabación. En el penúltimo premio que se entregó en la noche ya no tenía nada que decir y subí y le dediqué ese premio a mi primera guitarra. Mi abuelo había vivido en Pátzcuaro (México) y había comprado una guitarra de Paracho. Primero se la había regalado a mi tío y mi tío me la dio a mí. Fue la primera guitarra que tuve. Mexicana. Y el disco Salvavidas de hielo estaba todo hecho con guitarras. Las percusiones inclusive. Cuando volví a México, 6 meses después a tocar en CDMX, me dijeron: “ha venido una delegación de lauderos constructores de guitarras de Paracho a traerle una guitarra de regalo”. Y la tengo todavía. Me habían traído una guitarra construida por la Asociación de Constructores de Guitarra de Paracho.

¿Qué relación tiene la canción Raquel con su esposa? Bueno… con su pareja, novia, amor de la vida...

Es muy curiosa. Raquel es una canción que escribí antes de conocer a Leonor. Un amigo mío, David Broza, un músico maravilloso que ha sido muy importante en mi vida, a quien le dediqué el disco La edad del cielo, me dijo: “Mira, nos han encargado una canción para una serie de televisión, se llama Raquel busca su sitio y tenemos que entregarla dentro de 2 horas”. “¡¿Cómo?!”, le respondí. “Tenemos que hacerlo ya, venga, ya, nos sentamos”, me apuró. “Bueno, pero espérate, cuéntame algo de qué va la serie”, lo detengo. Me dice: “Nos han dado un dosier con un resumen argumental de la serie”. Lo tomo, lo abro en cualquier foto, tenía las fotos de los actores y las actrices. Veo la foto de Leonor y digo: “ya está, ya sé de qué escribir. Y la guardé”. Solo con ver esa foto dije un montón de cosas de ella que decían, “Princesa herida. El teatro de la vida cambia tu papel. Toma mi mano, acércate. Este es tu sitio. Esta es tu taza de café”. Lo hice pensando en el nombre de la serie y ella hacía de Raquel. Bastante tiempo después, como un año después, la conocí en la presentación de la producción. Eso fue todavía mucho antes de que nos conociéramos como pareja, porque yo estaba con otra pareja y nos vimos solo un momento en un concierto así. “Hola, ¿qué tal? Encantado, mucho gusto” y nada más. Años después yo me separé y nos volvimos a reencontrar. Ahí, Leonor me preguntó que de dónde había sacado toda esa información para escribir la canción de la serie, que siempre se había cuestionado si había hablado con alguien de su familia o qué. “No tenía ninguna información, tenía solo una foto y sobre ella escribí la canción”, le respondí.

¿Cuál fue el último desastre fabuloso que le pasó?

En un concierto en Guadalajara se fue la corriente, se fue el sonido. El equipo técnico me dijo que se había cortado la electricidad y que tenían que reiniciar todo el audio. Me decían: “Sal del escenario”. Les dije que no y canté una canción a cappella. Era Al otro lado del río. Esas cosas que te pasan, que son como un inconveniente horrible en un concierto, acaban siendo lo único que recuerdo del concierto y que mucha gente también recuerda después.

¿Y cuándo necesita 12 segundos de oscuridad?

La verdad lo necesito cada día en la madrugada. Yo suelo despertarme con el primer sol, pero intento volver a dormir después y la oscuridad es muy importante para mí. Esta es una anécdota que no tiene nada que ver, pero tengo una colección de tapaojos y los guardo y viajo con ellos de acuerdo con la efectividad real que tienen. Tengo unos que puedes abrir los ojos dentro. No te presionan los globos oculares. La primera vez que me los puse me desperté y pensé que me había quedado ciego, no me di cuenta que los tenía puestos. Me di contra una pared, me di contra la otra, hasta que me di cuenta que tenía puesta la máscara. Tan buenos son.