La casa que devora y redime: Luis Suescún redefine el terror infantil colombiano
Luis Suescún redefine el terror infantil colombiano

Hay libros que se instalan silenciosamente en los estantes y libros que patean la puerta. La casa embrujada tiene hambre (Planeta Junior, 2024), del escritor caleño Luis A. Suescún, hace ambas cosas: llega con la discreción de quien sabe lo que trae y, una vez abierto, no permite cerrarlo con indiferencia.

Con esta novela, Suescún da el salto más ambicioso de su carrera: de la autoedición o la edición a pequeña escala, al sello más poderoso del mundo hispano, y lo hace sin traicionar ni un milímetro de su voz. Para quienes no conocen su trayectoria, conviene ponerse al día. Luis Alberto Arenas Suescún nació en Cali en 1978 y se crió en Bogotá, ciudad que impregna buena parte de su imaginario más oscuro. Estudió Comunicación Social en el Politécnico Grancolombiano y durante años construyó su obra desde los márgenes del sistema editorial colombiano, con la disciplina callada de quien confía en el trabajo antes que en la industria. Ese camino le dio una libertad estética que pocos escritores de su generación poseen: nadie le dijo cómo debía sonar el miedo, y él inventó el suyo propio.

El resultado de ese proceso independiente es una bibliografía de más de 24 títulos que abarca novela, cuento y poesía, y que tiene como columna vertebral la trilogía Relatos MacabrosLa Casa de la Bruja, El Poseído Bajo Los Árboles y Cuando los Nidos se Rompen—, más de 1.100 páginas que recorren el vampirismo, la fantasmagoría y la brujería con escenarios tomados directamente de la biogeografía colombiana: los bosques de niebla del Quindío, los farallones de Cali, los inquilinatos del sur de Bogotá. No es el terror trasplantado de otra latitud. Es el espanto de aquí, con todo lo que conlleva.

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Los premios han acompañado esa apuesta. Suescún acumula más de 14 reconocimientos nacionales e internacionales. El más resonante llegó en 2019, cuando su relato Cuando los nidos se rompen obtuvo el primer puesto en el Festival de las Ánimas de España —un concurso que rinde tributo al poeta Gustavo Adolfo Bécquer—, distinción que lo instaló en el radar de la crítica latinoamericana especializada en literatura fantástica. Antes había sido finalista del certamen Cuentos de Terror: El Gato Descalzo en Perú (2018) y beneficiario de una beca del Ministerio de Cultura colombiano por su novela Lázaro. El Libro de las Muertes (2011). Su novela Carne de Astronautas obtuvo también un reconocimiento del Instituto Caro y Cuervo. Más recientemente, ha incursionado en el terror de la mano del experto Esteban Cruz para crear lo que describen como un recorrido enciclopédico por la historia de las brujas —las reales, las simbólicas, las literarias—, ejercicio que anticipa, en retrospectiva, la profundidad con la que aborda el personaje central de esta novela.

La historia arranca en Piedra Seca, un pueblo de nombre casi alegórico —la sequedad de la piedra como opuesto del agua que nutre, que lava, que perdona— donde cada Halloween la casa embrujada del barrio cobra su tributo. Esta vez, 13 niños y un gato desaparecen en una sola noche. Entre las víctimas está Tony, que salió disfrazado de fantasma y no volvió. Su hermana Antonella, de once años, es quien asume la búsqueda con la urgencia de quien sabe que los adultos a su alrededor —sus padres, aplastados por un duelo que los paraliza— no pueden llevarla a cabo. Antonella no está sola: cuenta con el Club Mysteria, una pandilla de niños que se autodenominan el grupo de detectives más importante de Piedra Seca, aunque sea el único y no haya resuelto ningún misterio todavía. La ironía es deliberada y funciona. Suescún entiende que el humor y el terror no son géneros opuestos sino aliados naturales, y maneja esa tensión con la soltura de quien ha dedicado años a estudiarla.

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Cuando los niños logran entrar a la casa embrujada, la bruja los transforma: uno se convierte en una bolsa de palomitas de maíz, otro en un inodoro, otro en un plato de espaguetis, otro en un cangrejo y el último en un PacMan. La elección de estas metamorfosis no es arbitraria. Suescún escoge objetos cotidianos, comestibles o absurdos, para señalar que el terror más efectivo no es el que viene de criaturas ajenas sino el que desfigura lo familiar. Ser convertido en comida dentro de una casa que tiene hambre es una metáfora que cualquier lector de ocho años puede sentir visceralmente sin necesitar nombrarla.

Antonella es una protagonista construida con una inteligencia que la literatura infantil colombiana rara vez se concede: no es valiente porque sí, sino porque no le queda otra opción. Su valentía nace del vacío que dejaron sus padres al sumirse en el dolor, incapaces de ver que su hija también lo lleva. Los padres no son villanos; son personas rotas, y esa distinción le da a la historia una textura moral que la eleva por encima del simple cuento de sustos. Los miembros del Club Mysteria funcionan como un coro con personalidades bien diferenciadas y Suescún logra con el grupo mostrar la amistad como estructura de supervivencia: el Club no resuelve el misterio a pesar de sus diferencias, sino gracias a ellas. La solidaridad aquí no es un valor enunciado sino una estrategia narrativa en acción.

La figura de la bruja es donde el libro revela su mayor densidad simbólica, y donde vale la pena detenerse más de lo que el propio autor ha hecho en sus declaraciones públicas. Suescún ha hablado de la bruja como antagonista y del amor como su antídoto. Pero, a más de eso, lo que Suescún construye aquí, sin anunciarlo, es una arqueología del resentimiento femenino tal como lo ha codificado la tradición oral latinoamericana: la bruja no nació malvada, fue herida y eligió el rencor como escudo. Este patrón, que aparece desde las leyendas andinas hasta el folclor costero colombiano, convierte a la bruja en un personaje trágico antes que en un monstruo. La maldad no es su esencia; es su cicatriz. Lo que resulta particularmente revelador es que la debilidad de la bruja no es el amor en abstracto —un concepto que a esta altura de la historia de la literatura infantil suena a fórmula gastada— sino la memoria del amor perdido. Los niños no la vencen declarándole afecto: la vencen recordándole lo que fue antes de convertirse en lo que es. La victoria no es sentimental; es casi psicoanalítica.

Esta lectura sitúa el libro en una conversación más antigua y más seria de lo que su empaque de novela juvenil sugiere. Está dialogando, aunque sea intuitivamente, con la tradición de brujas que Suescún ha estudiado junto a Esteban Cruz: la bruja como mujer expulsada, como saber perseguido, como poder que el miedo social convirtió en amenaza. Que esa conversación ocurra dentro de una historia para niños no la trivializa. La amplifica.

Uno de los gestos más interesantes del libro es su uso consciente de referencias culturales estratificadas. Edgar Allan Poe y Stranger Things conviven en el mismo espacio sin que ninguno aplaste al otro. El primero aparece como autoridad literaria del género, el segundo como código generacional compartido con el lector actual. La inclusión del PacMan como forma de transformación de uno de los personajes añade una capa lúdica que remite a la cultura de los videojuegos de los años ochenta, reinventada hoy como estética nostálgica. Esta triangulación —clásico literario, serie contemporánea, cultura del videojuego— no es decoración. Es la cartografía exacta de lo que un niño o joven de hoy considera aterrador y fascinante al mismo tiempo. Suescún no intenta parecer joven; intenta hablarle al lector en sus propias coordenadas, con la autoridad de quien conoce el género desde adentro.

Colombia necesitaba este libro. No porque carezca de literatura infantil y juvenil —la tiene, y de calidad— sino porque carece de literatura infantil y juvenil de terror genuinamente colombiana que llegue a los grandes circuitos editoriales sin perder su identidad. Que su protagonista sea una niña que lidera, que los adultos sean las figuras más vulnerables de la historia, que la victoria final pase por el perdón y no por la destrucción: estas son elecciones que no son ingenuas. Son elecciones ideológicas sobre cómo queremos que los niños aprendan a leer el mundo. Luis A. Suescún llegó a Planeta sin pedir permiso. Y la casa, que tenía hambre, ya está saciada.