Bayly comenta el mundial de México 1986 bajo los efectos de drogas
Cuando tenía veintiún años y no sabía qué hacer con su vida, un canal de televisión contrató a Jaime Bayly para comentar el mundial de fútbol que se jugó en México en 1986. Aunque sabía algo de fútbol, su conocimiento era limitado, aprendido viendo partidos en estadios de Buenos Aires. El canal lo fichó porque escribía una columna titulada Zigzag en un periódico.
Los comentaristas del mundial éramos tres y vestíamos el mismo uniforme de traje azul y corbata roja. No viajamos a México; comentábamos desde los estudios de la televisora. En el centro de la mesa narraba el juego un locutor verboso, y a su lado observábamos el partido: un veterano exfutbolista brasileño llamado Didí, inventor de "la hoja seca", un periodista uruguayo apodado El Veco, y yo.
Didí era tímido y tristón; El Veco, una máquina de hablar. El productor había atado una soga a la silla del uruguayo para tirar de ella cuando quería que callara. A mí me gustaba fumar marihuana diario y aspirar cocaína los fines de semana. Antes de entrar al canal, fumaba marihuana en mi auto y llevaba cocaína en la billetera. El productor y mis colegas no sabían de mis vicios.
Las "acotaciones" de Bayly y su adicción oculta
Uniformado y maquillado, me sentaba a la mesa y solo hablaba cuando me invitaban. El locutor, vocinglero y chillón, a veces decía: "Y ahora las acotaciones de Jaime Baylys". Mis acotaciones eran breves apuntes al margen del juego. Risueño y relajado por la marihuana, decía dos o tres pavadas y devolvía la palabra.
Cuando el locutor narraba con voz estentórea, Didí se quedaba medio dormido y El Veco comía con hambre antigua, lanzando salivazos y pedazos de empanadas mientras hablaba. Yo reprimía las risas y me echaba gotas en los ojos para que no se vieran rojos. El problema de fumar marihuana antes de comentar era que no recordaba los apellidos de futbolistas de países remotos, como argelinos o surcoreanos. El cannabis me diezmaba la memoria.
A veces me retiraba al baño para aspirar cocaína, apagando el micrófono. El narrador y los comentaristas pensaban que padecía incontinencia urinaria. El Veco explicaba mi silencio diciendo: "Nuestro colega Jaime Baylys se encuentra miccionando en los servicios" o "El peruano Baylys está evacuando el vientre", provocando carcajadas entre los camarógrafos.
Acotaciones sin sabiduría pero con malicia
Al volver de aspirar cocaína, quería hablar, pero El Veco no me cedía la palabra. Nunca dije nada inteligente; era austero, lacónico. Decía lo que cualquier aficionado podría decir, pero estaba volado de marihuana, elevado de cocaína y turbado por la belleza de tal o cual jugador. Mis acotaciones eran frases exentas de sabiduría pero quizás impregnadas de malicia.
Todo ocurrió hace exactamente cuarenta años. En aquel entonces, el locutor y el uruguayo decían cosas que ahora no se dirían: "Esos morenos corren como bestias salvajes porque desde niños están acostumbrados a que los persigan los leones". No había comentaristas mujeres ni árbitras. Yo escondía una sensibilidad femenina que, desinhibida por la marihuana, me permitía ver el fútbol de otra manera.
Recuerdo que cierta vez el uruguayo se exasperó con un jugador torpe y le gritó: "¡Hijo de la miseria!". Después del partido, nos pagaban en dólares, y sospecho que nadie pagaba impuestos. Didí se retiraba cabizbajo, El Veco caminaba a una cafetería para seguir comiendo y hablando. Yo era el hombre más feliz del mundo: me pagaban por ver fútbol y decir acotaciones bobas.
El productor, argentino, sospechaba que algo raro pasaba en mi cabeza. Cierta vez me preguntó: "¿Vos sos pichicatero?". Le pregunté a qué se refería. "¿Te gusta jalar pichicata?", insistió. "De vez en cuando", le dije. "¿Me invitás un poco?", dijo él. Mientras caminábamos al baño para aspirar las caspas del inca Atahualpa, me prometió: "Estarás en la mesa de la final".



