Tras 16 años de ausencia, Paraguay regresará al escenario más importante del fútbol mundial con la mira puesta en volver a ubicarse como uno de los mejores de Sudamérica y marcar diferencia ante las demás selecciones. La Albirroja aseguró su presencia en el Mundial 2026 y llegará a Norteamérica con una misión que va más allá de disputar partidos: recuperar el protagonismo que alguna vez tuvo entre las selecciones más competitivas del planeta.
El fin de una larga sequía mundialista
Este regreso pone fin a tres eliminaciones consecutivas y confirma la recuperación de una identidad futbolística que parecía haberse perdido tras Sudáfrica 2010. Paraguay se perdió los Mundiales de 2014, 2018 y 2022, mientras intentaba encontrar una fórmula que le permitiera volver a competir al máximo nivel. La llegada de Gustavo Alfaro cambió el rumbo de esa historia.
Gustavo Alfaro y el rescate del ADN paraguayo
Cuando Alfaro asumió la dirección técnica en 2024, la situación era compleja. Paraguay ocupaba la séptima posición de la eliminatoria y acumulaba apenas cinco puntos en seis jornadas. El panorama parecía conducir a una nueva frustración mundialista. Sin embargo, el entrenador argentino apostó por recuperar aquello que históricamente había distinguido al fútbol paraguayo: el carácter competitivo que había convertido a la selección en un rival incómodo para cualquier potencia.
Los resultados llegaron rápidamente. Paraguay sumó puntos en 11 de los 12 partidos restantes de la clasificación y aseguró su presencia en el Mundial antes de la última jornada. El boleto quedó sellado con un empate sin goles frente a Ecuador, un resultado que confirmó la transformación del equipo.
La resistencia como identidad de una selección
Hablar de Paraguay en este Mundial implica hablar de resistencia. Durante décadas, la selección paraguaya construyó su prestigio internacional a partir de la fortaleza colectiva, la disciplina táctica y una enorme capacidad para competir frente a rivales teóricamente superiores. Nombres como José Luis Chilavert, Carlos Gamarra, Roque Santa Cruz y Óscar Cardozo ayudaron a consolidar esa imagen de equipo difícil de vencer.
Esa herencia parecía haberse diluido tras la última participación mundialista. El desafío de Alfaro consistió en volver a conectar a la selección con esa tradición. El capitán Gustavo Gómez expresó esa idea de manera contundente al afirmar que “está en nuestra sangre, rendirnos jamás”; una frase que resume el espíritu con el que Paraguay afrontará su regreso a la Copa del Mundo.
El desafío de volver a competir entre los mejores
Paraguay integrará el Grupo D junto a Estados Unidos, Turquía y Australia. El debut será frente a los estadounidenses en Los Ángeles, una coincidencia histórica que conecta con los orígenes mundialistas de la selección. La Albirroja disputará su novena Copa del Mundo y buscará acercarse a la actuación más destacada de su historia reciente, cuando alcanzó los cuartos de final en Sudáfrica 2010.
El equipo llega con una base consolidada, una identidad clara y la confianza que generan los buenos resultados obtenidos durante la eliminatoria. Sin embargo, el Mundial representa un escenario distinto, donde cada detalle adquiere una dimensión mucho mayor y cualquier error puede resultar definitivo. Más que depender de individualidades, Paraguay parece apostar nuevamente por aquello que lo devolvió a la competencia internacional: la fortaleza colectiva.
Después de 16 años de espera, la selección paraguaya vuelve a una Copa del Mundo con la intención de demostrar que su regreso no es una casualidad. La clasificación puso fin a una larga ausencia, pero el verdadero desafío comienza ahora. En un torneo lleno de potencias y figuras globales, la Albirroja intentará recordarles a todos por qué alguna vez fue considerada una de las selecciones más difíciles de enfrentar y por qué todavía sueña con volver a instalar su nombre entre los grandes del fútbol mundial.



