Zinedine Zidane se alejó del fútbol al finalizar la temporada 2005/06 y, en sus aportes tácticos antes de dar el salto a las pizarras, consideró que, si tuviera la oportunidad de dirigir a Juan Román Riquelme, este jugaría en todos sus equipos. Desde el retiro del exmediocampista de Real Madrid y del enganche de Boca Juniors —hoy presidente del Xeneize—, han pasado varios años y el juego cambió. Se aceleró a pasos agigantados y los tiempos de resolución empezaron a demandar velocidad de fibra óptica. El pensamiento quedó restringido y el vértigo del espectáculo pasó a tener una narrativa más atlética.
La pausa como concepto perdido
“Si lo bueno de la intensidad es que aplaca las conciencias, lo malo es que ha dado al traste con uno de los conceptos que más han contribuido al buen fútbol: la pausa”, dice Jorge Valdano en su libro El juego infinito. El nuevo fútbol como símbolo de la globalización. “Para jugar bien hay que correr, por supuesto, pero también hay que saber frenar”.
El rectángulo verde se convirtió en la autopista de los más aptos, en la que solo se admite un estilo de jugador homogéneo, robusto y rápido, y se marginaron los aspectos de vivir el juego con diversión, los principios de ganar por la propia satisfacción de dejarle algo al equipo y congraciarse con el propio orgullo. La intensidad pasó a ser patrimonio de los esquemas y la globalización del fútbol llegó para sistematizar y quitarle protagonismo a la picardía de los potreros.
La rebelión de la creatividad
Los tiempos muertos que antes podían servir para cocinar el qué y el cómo llegar a alcanzar el gol, pasaron a ser enemigo del entretenimiento basado en la lógica de mantener el estímulo constante. Desechado lo artesanal, hacer pases para que florezca la creatividad se convirtió en aburrimiento. De ese diálogo con la pelota, el paradigma viró hacia escenas más cortas para sostener la atención y la dopamina pasó a ser la verticalidad, sin importar cómo regresa la pelota.
Sin embargo, en la sociedad de la aceleración, por parafrasear al filósofo surcoreano Byung-Chul Han, todavía quedan algunos rebeldes que viven sin prisa y evitan que la pelota termine bajo la línea neofordista de producciones seriales sin destino. En este tipo de jugadores, la fugacidad del ataque permanece suspendida por un rato para que tome protagonismo la paciencia de encontrar los espacios por intermedio de la inteligencia y no por la cantidad de pasos dados en la cancha. Juan Fernando Quintero es el claro ejemplo de que en medio de la autopista, el pensamiento puede ser clave y un pase bien dado puede ser crucial para abrir las aguas de una defensa hermética.
La asistencia de Quintero
El 10 —aunque todavía parezca anacrónico hablar de enganche— lo hizo al estilo Toni Kroos y, a partir de esa pincelada, llegó el gol que clasificó a Colombia a los dieciseisavos del Mundial. Una asistencia hecha con el talento de la espera para dejar en claro que lo sencillo sí se puede hacer más lento, aunque el manual de supervivencia de esta época pareciera tener otras pretensiones. Johan Cruyff decía: “jugar al fútbol es muy fácil, pero jugar fácil al fútbol es lo más difícil que hay”.
En este Mundial tripartito, hecho a la medida de los poderes y el concepto del postfútbol —el fútbol después del fútbol—, otro de los factores de resistencia se da en lo imprevisible, en las decisiones sin envasar que se esconden en los hilos de la pelota, mediadora entre la alegría y la tristeza. En el propio juego, todavía territorio autárquico, que se rige por lo indomable del gol y las distintas direcciones a las que puede arribar dentro del campo. De modelos tácticos inamovibles, a la hibridez de la polifuncionalidad; del constante cambio de piezas y la rotación táctica de los intérpretes de acuerdo con el desarrollo de los 90 minutos.
La discusión entre escuelas
La arena de la discusión se hace presente y la pelota pica en la transición por la que ebullen todas las escuelas de fútbol. El fútbol de antes o el de ahora. Qué gusta más. Cómo leer la obsesión en medio de un glosario complejo que se inunda de conceptos y pizarras con pretensiones de verdades indiscutibles, donde se escriben el 4-3-3; el 4-4-2; el 5-3-2; el 4-2-3-1 y tantos números de teléfonos más, como solía bromear César Luis Menotti. La pregunta es: ¿qué se está viendo en este Mundial? ¿Una escuela moderna basada en la presión ultraalta, que busca asfixiar al rival para impedir el repliegue tradicional? ¿O un juego más posicional y evolucionado, en el que se intenta romper defensas muy cerradas mediante la sobrecarga de zonas específicas para generar superioridad numérica en sectores clave del terreno de juego? ¿O, por el contrario, el pragmatismo de un bloque bajo que progresa hacia transiciones verticales, donde la táctica se vuelve cada vez más híbrida?
Ejemplos de estilos
Se pueden ensayar algunas apreciaciones con una Francia pragmática que no está detrás de la posesión obsesiva y mueve sus piezas para transiciones rápidas en donde se puede mutar de un 4-2-3-1 a un 4-4-2, con un Kylian Mbappé siempre libre para que dé rienda suelta al talento de su mente adelantada. O consensuar con el tablero de ajedrez que plantea Lionel Scaloni y la versatilidad de un planteo que puede ir desde un 4-3-3 a un 4-4-2, hasta un 3-5-2, según lo que requieran las situaciones de juego. Y también ser merecedor de críticas por “no saber defenderse sin pelota”, pero congraciarse con las alabanzas que activa el juego asociado en el centro de la cancha para atraer la presión del rival y hacer uso del buen pie para filtrar pases inesperados que desencadenen la composición de ese estribillo que el pueblo futbolero sabe cantar a los gritos cuando la pelota toca la red.
El genio de Messi
Dice Juan Sasturain, escritor argentino, que “la relación con la pelota es como hablar” y da a entender que se aprende, no se enseña. En esa postulación aparece Lionel Messi, el jugador que hace sencillo lo complejo, el 10, el “falso 9”, que hace que el fútbol siga formando parte de una magia inexplicable, donde la pelota se vuelve herramienta del pie del genio. “El fútbol, en cambio, es como leer y escribir —prosigue Sasturain— se puede y se debe enseñar. Pero para eso hay que saber hablar”. Y ahí aparecen los que saben manejar el idioma del gol, los que interpretan lo que otros escriben con los pies. Acá es donde toman protagonismo los Juan Villoro, Martín Caparrós, Roberto Fontanarrosa, el mismo Valdano o Eduardo Galeano, aquel que enseñó que en época mundialista había que poner un cartel en la puerta de casa que dijera: cerrado por fútbol.



