Campeones Sub-17 reciben migajas de minutos en el FPC: triste premio tras histórico título
Campeones Sub-17 reciben migajas de minutos en el FPC

Campeones Sub-17 reciben migajas de minutos en el FPC: triste premio tras histórico título

Los jóvenes de la Selección Colombia Sub-17 partieron en el más absoluto anonimato y regresaron con un título del Suramericano, esquivo durante treinta y tres largos años, bajo el brazo. Sus compañeros de la Sub-20, que no generaban grandes expectativas en la Copa Mundo de Chile, alcanzaron el tercer puesto. Aunque pueda sonar revanchista, el sabor de la victoria en esa lucha constante contra la desconfianza institucional resulta indudablemente más dulce.

El contraste entre el éxito continental y la realidad local

Lo verdaderamente insólito es que, con semejante camada de jugadores prometedores, un seleccionador nacional, a apenas dos meses de una Copa Mundo de mayores, no encuentre una sola alternativa válida y continúe considerando opciones como Sebastián Villa o Juan Guillermo Cuadrado, entre otros. Lo más triste es que esta situación no sorprende a nadie dentro del ambiente futbolístico colombiano.

Hoy es momento de celebrar que, al menos en las categorías inferiores, el discurso finalmente evolucionó de simplemente ir a competir a ir a ganar los torneos continentales sin discusiones bizantinas ni disputas de egos en el medio. Si el espejo en el que se miran estos chicos es un jugador de equipo como Luis Díaz y no un caudillo cualquiera, la primera batalla cultural ya está ganada.

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¡Dejen jugar a los ‘pelaos’! es el clamor que resuena en las tribunas y entre los analistas.

La guerra interna: el día a día en los clubes

Ahora comienza la guerra interna, la del día a día, la antipática tarea de cada joven talento de abrirse espacio en esos mismos clubes que hoy se frotan las manos cuando observan arder las redes sociales con interés por sus joyas juveniles. A nadie le importará realmente el desarrollo del juego más que los ingresos económicos potenciales. Y está bien. Quien lo niegue pecaría de doble moral.

El problema fundamental radica en que, por cuidar la parcela propia antes que el negocio futbolístico global, prácticamente ninguno de esos prospectos tendrá rodaje significativo en la primera división colombiana. Esto contrasta brutalmente con lo que ocurre con los grandes talentos mundiales, que a los diecisiete años ya conocen profundamente la presión de la alta competencia profesional.

Si lo analizamos caso por caso: Samuel Martínez, la joya de la corona de Atlético Nacional, ni siquiera tiene contrato profesional porque, según la lógica del club, ¿para qué? Escorcia no encuentra manera de desplazar a nadie para arañar minutos valiosos. Luigi Ortiz está lejos de que alguien apueste seriamente por él en Deportivo Cali. Y así, uno tras otro, los campeones suramericanos Sub-17.

Los ‘pelaos’ están listos. ¿A qué le temen tanto los que deciden? se pregunta con razón la opinión pública.

Colombia obliga a hacer fila, el mundo les tira la responsabilidad

En el fútbol moderno global, nadie pone en lista de espera a un talento genuino. NADIE. Kylian Mbappé debutó a los dieciséis años en el Mónaco, Vinicius Junior a la misma edad en un gigante como Flamengo, Lamine Yamal a los quince años y nueve meses en el Barcelona… Estevao era titular del Palmeiras a los dieciséis y jugaba en la selección absoluta de Brasil a los diecisiete. Esta es la realidad porque, quien no abandona el nido antes de los dieciocho años, frecuentemente pierde el tren del desarrollo máximo. Colombia, en su cobardía institucional, ni siquiera ofrece las garantías mínimas para estos jóvenes.

En lugar de respaldarlos decididamente, este país mata metafóricamente la gallina de los huevos de oro al permitir que veteranos enquistados, más que incorporados naturalmente, sigan ocupando espacios en los grandes clubes. ¡Cuánto no tuvo que esperar Juan Manuel Rengifo en Atlético Nacional antes de obtener su oportunidad real!

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El discurso maniqueo de que ‘no hay que quemarlos’ o el cuestionamiento constante sobre qué pasaría si surgiera un caso como Jhon Jáder Durán o Neyser Villarreal (¡como si ambos no fueran presente y futuro de la Selección Colombia, válgame Dios!), cercena el talento innato e impide que estos jugadores se vayan más armados técnicamente y desarrollados tácticamente cuando llega la oferta europea que les cambia la vida.

El problema nunca fue de capacidad, sino de física desconfianza

El problema del joven futbolista colombiano nunca ha sido de capacidad técnica o táctica, sino de una desconfianza física y mental institucionalizada. Un futbolista de diecisiete años que es capaz de mantener la cabeza fría ante la tromba ofensiva de Brasil o la mala leche de Argentina, ¿cómo no va a poder enfrentarse a la delantera de Jaguares, de Alianza Petrolera o de Boyacá Chicó en la liga local?

Pero claro, los primeros que deben sopesar este riesgo son los críticos y periodistas, que con frecuencia enfilan sus baterías contra un jugador Sub-20 con más saña que contra un veterano consolidado porque, en una de esas, lo bloquean en redes sociales y ¡qué susto les da la reacción!

La verdadera crueldad del sistema radica en tener tanto talento juvenil concentrado y no garantizarle un escenario adecuado para su crecimiento. Lo pidieron expresamente los técnicos César Torres y Freddy Hurtado después de destacarse, contra todo pronóstico, a nivel continental y mundial. Serán los primeros decepcionados si se mantiene la política de ‘migajear’ minutos para ‘pelaos’ que ya deberían estar haciendo maletas para Europa después de romperla en la Liga BetPlay Dimayor.

No hay fe genuina en que las cosas vayan a cambiar a corto plazo. Lamentablemente, en este contexto, ya ni siquiera llorar resulta terapéutico…