La vida del colombiano que no entiende el fútbol
Como muchos niños en Colombia que no comparten la pasión nacional por el fútbol, crecí rodeado de la expectativa constante de que debía interesarme por un deporte donde, con todo respeto, solo veía a personas corriendo tras un balón. Reconozco que no comprendo las jugadas estratégicas, que cada equipo tiene su historia profunda con hinchadas dedicadas y camisetas cargadas de simbolismo, y que este fenómeno trasciende la racionalidad para unir a las personas en causas comunes, llenando las calles con celebraciones, gritos, harina y pitidos (para los vencedores, por supuesto). Lo sé todo teóricamente, pero emocionalmente nunca logré conectar.
Los intentos fallidos por entender la pasión futbolera
Intenté jugar al fútbol y mis pies sufrían cada vez que pateaba el balón. Traté de seguir a un equipo específico y lo que más me llamó la atención fue el apodo pintoresco de "El ciclón bananero". Probé con videojuegos como FIFA, pero la historia del juego me pareció decepcionante. Después de suficientes intentos, llegué a una conclusión tranquilizadora: el problema no era el fútbol, era yo. Acepté mi falta de conexión emocional con este deporte sin mayores conflictos internos.
La estrategia de supervivencia en un mundo futbolero
Al reconocer que fingir interés era inútil, enfrenté una realidad ineludible: ocasionalmente tendría que ver partidos de fútbol, y si podía elegir, prefería no aburrirme. Tengo seres queridos que aman profundamente este deporte y, por diversas circunstancias laborales o sociales, he terminado en numerosos lugares viendo encuentros de equipos cuyos nombres difícilmente recuerdo. En cada situación, me enfrentaba a la misma pregunta fundamental: "¿A quién debo celebrarle los goles?"
Inicialmente, me unía al grupo de amigos que me acompañaba, pero pronto descubrí una alternativa más entretenida: convertirme en hincha del equipo con menos seguidores en el lugar donde me tocara presenciar el partido (excluyendo los estadios por razones de seguridad, como me han advertido repetidamente los conocedores). Esta estrategia se basa en dos principios fundamentales que podrían interesar a quienes comparten mi posición ante el fútbol.
Primer principio: contribuir al ambiente como chivo expiatorio voluntario
La primera razón es que se enriquece la atmósfera del lugar cuando uno asume el papel de chivo expiatorio voluntario, aquel a quien todos pueden restregar los goles en la cara. Al final, como el resultado no me afecta emocionalmente, puedo desempeñar este rol de utilería en la obra sin mayor dificultad. Si me designan como "Hincha #4", acepto el papel con naturalidad. Además, si mi equipo improbablemente va ganando, puedo disfrutar de esos momentos excepcionales donde las minorías desafían a las mayorías opresivas, casi como una metáfora política que me resulta más interesante que el propio fútbol.
Segundo principio: el fútbol como ejercicio de solidaridad humana
La segunda razón transforma el fútbol en un ejercicio de pura solidaridad. He tenido la oportunidad de acompañar a chilenos perdidos en un bar de la Ciudad de México durante un partido entre México y Chile. Esta experiencia convierte el fútbol en un pretexto para algo que valoro profundamente: conocer personas nuevas y establecer amistades, incluso si es a través de una pasión prestada temporalmente.
Optimizando el rol del no apasionado en la cultura futbolera
Como persona no apasionada por el fútbol que vive en un mundo intensamente futbolero, he descubierto que la optimización de mi rol en este juego social consiste en sumar al ambiente colectivo y aprender a divertirme a pesar de tener que preguntar repetidamente qué significa que un jugador esté "fuera de lugar". Por lo tanto, si me ven en algún lugar viendo un partido de fútbol, sepan que soy hincha del equipo que tenga menos seguidores en ese espacio específico. La única excepción a esta regla aplica durante los eventos del Mundial, donde las dinámicas sociales adquieren dimensiones diferentes.
Nota sobre el autor: Simón Vargas Morales nació el 24 de octubre de 1993 en Bogotá, Colombia. Se describe como alguien que intenta ser músico, escritor, fotógrafo e historiador, lográndolo en algunas ocasiones y divirtiéndose en el proceso continuo de exploración creativa.